Marzo 2, 2024

Perfil: Daniel Urrutia, juez Primera Línea. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

El juez Urrutia tendrá en toda suerte de seminarios internacionales el tiempo de explicar sus casos, olvidando que quizás su peor enemigo no es una prensa sedienta de sangre, o un sistema judicial lleno de fallas, sino la falta de cuidado, profesionalismo, paciencia con que algunos de los representantes del estado de derecho hacen su trabajo. 


Día a día, cientos de jueces se sientan en la incómoda testera de una centena de tribunales en todo el país. Escuchan a imputados, testigos, defensores y fiscales durante interminables horas. Revisan pruebas, antecedentes, informes de todo tipo y luego deciden encarcelar o liberar, castigar o declarar inocentes, a padres, hijos, amigos, enemigos, extranjeros, chilenos.

Dan la cara ante miembros de bandas peligrosas que no olvidan a sus enemigos y los obligan a veces a usar guardaespaldas. Deben soportar la presión de una prensa de gatillo fácil que necesita vender miedo. Deben muchas veces, más allá de su sensibilidad, aplicar leyes estrictas, o, al revés, proveer de las garantías que esta ley indica a personajes que les repugnan personalmente. En general tienen que hacer caso omiso de sus sentimientos personales, y ajustar sus convicciones a las de la ley.

De estos cientos de anónimos oficiantes del rito del derecho solo uno logra, cada vez que puede, salir en las primeras páginas de los diarios, y en todos los mentideros de las redes sociales, de las que es también un asiduo usuario. Se trata del Juez Daniel Urrutia, que, para que no lo confundan con otros cientos de Daniel Urrutia que por ahí circulan, prefiere hacerse llamar Daniel Urrutia Laubreaux.

Comunero, latinoamericanista, Exjuez internacional, juez de Stgo, por jueces y juezas promotoras de derechos humanos y la justicia social” como se define él mismo en X, acompañando su perfil de una foto con su mirada llena de sospecha, su barba gris de seis días, saboreando un mate, como el argentino, o el uruguayo que no es, pero quizás, debería ser.

Lo cierto es que la herencia chilena parca, apegada a la exactitud, el rigor sin aspaviento, que heredamos de Andrés Bello, le queda chica al juez Urrutia. Y quizás por eso lo comprenden mejor en el Vaticano o en México o en Hondura, que en Chile donde sus colegas suelen castigarlo por tomar causas que no le corresponden, contradecir fallos previos y fundamentar sus fallos en el apoyo a la “revuelta social”. O por denunciar a todo el poder judicial chileno de encubrir y permitir las violaciones de los Derechos Humanos, no las de la dictadura militar por la que el poder judicial ha pedido reiterado perdón, sino las que se cometieron bajo lo que él llama “revuelta”.

Revuelta de la que es un símbolo perfecto, porque como tantos de sus líderes, pasó de ser un tímido enemigo de los condones en la Facultad de la Derecho de la Universidad Chile y un funcionario que lo hizo todo para recibir un sueldo seguro a fin de mes, a sacarse la corbata y vestirse con camisas ecuatorianas, asesorarse con una machi, y estar siempre a punto del heroísmo, aunque cuidándose de que una tercera amonestación no lo saque del poder judicial. “Autoexiliándose”, como dice, cuando la cosa va a pasar a mayor y seguir en su puesto en el Séptimo juzgado de garantía de Santiago.

Pero la perpetua obsesión de Daniel Urrutia por ser fotografiado, citado, y castigado no nace, como pudiera parecer, de una vocación perdida por el teatro o el cine, sino por una auténtica misión de redención de la justicia chilena. Un intento de purificar a esta de su pecado original, el de la dictadura pero también el de la transición, o quizás del apego demasiado estricto a la letra de la ley y no a la justicia eterna e inaccesible del reino de los cielos que en el San Ignacio de Alonso de Ovalle le dijeron que se podía establecer en la tierra.

Solo eso explica la polémica autoasignación de casos que llevaron a la liberación masiva de la primera línea o de los manifestante de ANDHA Chile. O su tendencia a querellarse contra quienes hablan mal de él en X o sus reiteradas apelaciones a los tribunales internacionales donde siempre alega contra Chile y su sistema de judicial.

El juez Urrutia, como cualquiera de los protagonistas de la elite de octubre, esa que alguna vez alguien llamó “octubrista”, solo elige buenas causas. El problema es que las elige siempre por las razones equivocadas. O más bien que las elige porque se ven bien, o porque él se ve bien defendiéndolas, sin importarle demasiado si los involucrados en ella, los inculpados, la sociedad, conseguirán algo más de justicia.

Así, nadie con dos dedos de frente o algo de humanidad puede negar que el derecho a visita de los reos es esencial a la dignidad humana. Ni nadie puede, si sabe algo de derecho, seguir creyendo, como tantos creen en Chile, que los presos deben ser excluidos del mundo, como motas de polvo debajo de la alfombra.

Procurar que un recluso tenga derecho a hablar con los suyos, que tenga derecho a una defensa efectiva, es algo que cualquier juez. que conoce en que consiste su trabajo, no puede dejar de intentar conseguir. Pero lo que el juez Urrutia hace al mezclar causas de tipos absolutamente distintos, de distinta gravedad, e ignorando a sabiendas la naturaleza especial del crimen organizado internacional y su modus operandi, es conseguir lo contrario de lo quiere lograr.

Instala el tema de la visita de los reos de alta peligrosidad, pero al pelearse con Gendarmería, el Gobierno, y más o menos todos los que saben del tema, consigue que este derecho retroceda en los hechos y que paguen justos por pecadores. Peligrosos jefes de bandas y soldados sin importancia, hijos, esposas, madres que necesitan con urgencia ver a sus familiares, y otros que usarán la brecha para comunicarse con sus cómplices y seguir con su carrera.

En primera línea queda una vez más el juez Urrutia, discutido por columnistas, odiado, amado, cuestionado e incuestionable por eso mismo. Simbólico, demoníaco para algunos, heroico para otros, pero siempre él y solo él. Los presos, sus expedientes, sus familiares, vuelven a la sombra de la que vienen y de la que nadie parece querer sacarlos.

El juez Urrutia tendrá en toda suerte de seminarios internacionales el tiempo de explicar sus casos, olvidando que quizás su peor enemigo no es una prensa sedienta de sangre, o un sistema judicial lleno de fallas, sino la falta de cuidado, profesionalismo, paciencia con que algunos de los representantes del estado de derecho hacen su trabajo.

O peor, los que creen que el trabajo acucioso, discreto, paciente, no es la parte esencial de su deber, que olvidan que la justicia es ciega no solo porque no debe distinguir entre ricos o pobres, o quién es grande o pequeño, sino para evitar también el peligro de mirarse a sí mismo demasiado y, como Narciso, hundirse en su propio reflejo y no salir más.

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