Marzo 9, 2024

Fin del primer tiempo: La hora de los “quiubos”. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante
Foto: Agencia UNO.

El primer tiempo cierra sin resultados, y el segundo inicia sin prospectivas. A fines de 2024 hay elecciones de gobernadores y alcaldes, y después de eso comienza la carrera presidencial de 2025. El debate se politizará aún más y los extremos se fortificarán. Las promesas de cambios empujarán la agenda hacia los extremos y con eso se degradará la democracia. El gobierno reaccionará sorprendido, pero habrá sido todo menos sorpresa. En fin, a la hora de los quibuos no hubo, ni probablemente habrá, nada que mostrar.


Es la hora de sacar balances. Con el primer tiempo en el retrovisor y el comienzo segundo ad portas, es momento de revisar lo que el presidente Boric ha hecho.

Las noticias son preocupantes. Pues, es evidente que ya no se hizo lo que se dijo que se iba a hacer. El programa de gobierno salió por la ventana antes de entrar a la casa, y no hay forma de que vuelva a tocar la puerta.

Apenas Boric asumió su mandato, hace dos años, se acabó. Se perdió el control de la agenda y nunca se recuperó. El primer gabinete se cayó al poco andar y con ello la garantía de que lo que vendría sería transformador. En su lugar, se instaló un segundo gabinete, con otras personas, pero que tampoco funcionó. Hoy prima la resignación.

En lo material, no se ha logrado empujar más que un par de leyes, pero ninguna en línea con lo prometido. El gobierno que lo venía a cambiar todo no ha hecho más que lo mismo.

Lo que se ha hecho hasta ahora lo podría haber hecho cualquiera. El problema es que probablemente lo habría hecho a un costo mucho, pero mucho menor.

Por eso, es importante no solo mirar cuánto se ha hecho, sino que cuánto se ha perdido por no haber hecho otras cosas, o haber hecho las mismas cosas, pero mucho antes.

Por ejemplo, van dos años perdidos de debate previsional. Si el gobierno no hubiese forzado su suerte desde el comienzo, ya se habría promulgado una reforma agregando un 6% adicional a la cotización de las cuentas de los trabajadores. Pero por empujar caprichos ideológicos, y tratar de satisfacer a los mecenas políticos, ha dilatado el debate hasta el punto de anularlo.

Así, no es que el gobierno ha fallado en el debate de las pensiones, es que incluso ha hecho retroceder la situación de los pensionados. ¿Dónde estaríamos si la ley de 6% se hubiese promulgado hace dos años?

La lista suma y sigue.

¿Dónde estaríamos si el presidente Boric no hubiese negado la crisis de seguridad en agosto de 2022? ¿Dónde estaríamos si el subsecretario Monsalve no hubiese desconocido la llegada del Tren de Aragua a Chile? ¿Dónde estaríamos si el ministro Marcel no hubiese amarrado todas sus negociaciones previsionales a reformas tributarias? ¿Dónde estaríamos si Tohá se hubiese mantenido firme en su formación concertacionista y no hubiese caído cautiva a la mística revolucionaria del Frente Amplio? ¿Dónde estaríamos si la ministra Vallejo hubiese asumido su cargo sin tratar de colgarle todo lo que no funciona al gobierno anterior?

Son todas preguntas contrafactuales, pero que apuntan a la misma respuesta: ciertamente no estaríamos aquí.

A pesar de los costos obvios que trae empujar ideologías muertas y enterradas, hay quienes no lo ven. Es el caso del diputado Gonzalo Winter, un ejemplo de lo que significa querer tenerlo todo sin saber cuánto cuesta nada.

Winter, como otros de la estirpe, siguen pidiendo ideologizar la agenda aun cuando está comprobado que aquello perjudica a los chilenos.

Volviendo al ejemplo anterior, Winter es parte integral de la razón de por qué el gobierno empujó por el 6% originalmente y se ha aplazado tanto tiempo el debate. Si se hubiese comenzado negociando de un piso más razonable, el asunto ya estaría sellado.

Así no se puede. Incluso si Boric quisiera conceder, no puede. Si se va al centro, pierde a la izquierda, y si se mantiene en la trinchera, sacrifica resultados. Un dilema clásico en situaciones de coaliciones amplias y sin experiencia.

El análisis está respaldado en los números. Las encuestas muestran consistentemente que, de cada tres chilenos, dos desaprueban al presidente. Con eso, Boric se ha transformado en el presidente con peor evaluación promedio desde el retorno de la democracia. Ningún otro presidente había obtenido resultados tan paupérrimos en un “primer tiempo” como Boric.

Si alguna vez hubo esperanza, ya no queda nada. Los únicos que siguen respaldando al gobierno son de la izquierda dura. El centro moderado e independiente ya se volcó en contra.

La razón es evidente. Si las prioridades de las personas son la seguridad, la inmigración y las pensiones, las prioridades del gobierno son proteger al régimen venezolano, al Partido Comunista y al pueblo palestino.

Suena exagerado, pero es verdad. A ratos, pareciera que el gobierno le preocupara más mantener sus papeles ideológicos al día que las urgencias de los chilenos.

Lo preocupante es que no hay indicios de que se haya tomado conciencia de todo esto, de lo poco hecho y lo mucho perdido. Tampoco se ven cambios en el horizonte. Presumiblemente, el presidente Boric prefiere salir de La Moneda con su registro ideológico intacto, pero sin ganancias antes que sacrificar sus principios para conseguir resultados pequeños, pero útiles.

No parece haber arreglo. Para resolver el problema se necesitaría un extreme makeover que simplemente no parece estar en las cartas. El Partido Comunista no va a cambiar su línea dura de un día a otro y el presidente lo sabe. De qué otra manera se explica que en el incidente Ojeda el presidente le haya preferido dedicar más tiempo al PC que al asilado asesinado.

El primer tiempo cierra sin resultados, y el segundo inicia sin prospectivas. A fines de 2024 hay elecciones de gobernadores y alcaldes, y después de eso comienza la carrera presidencial de 2025. El debate se politizará aún más y los extremos se fortificarán. Las promesas de cambios empujarán la agenda hacia los extremos y con eso se degradará la democracia. El gobierno reaccionará sorprendido, pero habrá sido todo menos sorpresa.

En fin, a la hora de los quibuos no hubo, ni probablemente habrá, nada que mostrar.

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