El Presidente y el plebiscito: Una inevitable derrota. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista
Beatriz Hevia, presidenta del Consejo Constitucional, junto al Presidente Gabriel Boric, muestran la propuesta de nueva Carta Magna el pasado 7 de noviembre. Foto: Agencia UNO.

Que el presidente Boric no firme finalmente alguna Constitución nueva, es solo parte de su derrota. La peor parte para él y su generación es haber terminado por desear que continúe en vigencia no solo la de “los cuatro generales”, sino la de Ricardo Lagos. Algo en él sabe, y habla bien del estado de su alma, que esa posible derrota personal puede ser, para Chile, una victoria.


No sé, a la hora en que escribo esto, cuál de las dos alternativas ganará el plebiscito del domingo. Sé, sin embargo, con toda seguridad, que el presidente Gabriel Boric y, con él la centro izquierda, lo perderá. Si gana el En Contra, cosa que deseo con el poco ardor que me han dejado tantas elecciones seguidas, ganará la decepción y el cansancio hacia la política y los políticos.

Si gana el A Favor, no ganará tampoco un texto que hasta sus redactores más fanáticos saben que es débil y contradictorio, sino el hastío hacia un gobierno que ha logrado no ser ni querible ni creíble. Falla central que el caso de Luis Castillo, el indultado imperdonable, vuelve a recordar, cuando no lo recuerdan los interminables devaneos del Caso Convenios.

De muchas maneras el destino del Gabriel Boric está encadenado al proceso constituyente. Su nacimiento político tuvo que ver con su solitaria y valiente firma del acuerdo del 25 de noviembre. Este acuerdo, sabemos ahora, fue una suerte de reconciliación de la elite consigo misma. Su manera de decir, “a pesar de nuestro temor y desconcierto, seguimos existiendo y seguimos dispuestos a gobernar”. Una manera de entender el estallido social que reconoció que algo había estallado, pero que se olvidó justamente que ese estallido era, ante todo, social.

Una interpretación de los acontecimientos de octubre que no tomó en cuenta quizás lo más evidente del fenómeno: Que los que protestaron los primeros días y los que celebraron esas protestas, a pesar de su violencia o por esto mismo, lo hicieron no solo por una incomodidad existencial con la historia pasada de la república, sino porque subió el pasaje del metro y llegar a final del mes pasó, de ser improbable a ser imposible.

El proceso constituyente fue entonces una manera en que la elite le dijo a su pueblo de que lo estaba escuchando. Aunque su manera de escuchar solo lo que estaba dispuesta a escuchar de antemano, hizo ver que su sordera era más profunda de lo que parecía. Gabriel Boric candidato pudo, antes que nadie, saber que el discurso redentor de la primera asamblea no había logrado llegar al corazón del pueblo. El retorno a un sentido común en la segunda vuelta, le permitió ganar esta. Aunque le ayudó más la incapacidad de Kast de conectar justamente con el aspecto social del descontento.

Una vez en el gobierno, Gabriel Boric volvió, de manera que nadie pudo explicarse del todo, a atar su destino con el de una asamblea que todos ya sabían decadente, fuera de cualquier tipo de sintonía con el país que creía salvar de sí mismo. Era, después de todo, imposible que el presidente más joven de la historia no defendiera la adolescente idea de empezar de nuevo todo desde cero.

Los dirigentes universitarios pueden darse ese lujo, porque tarde o temprano se gradúan y dejan de ser estudiantes. Pero los chilenos no podemos dejar de ser chilenos y quien juega con la esencia fugitiva de serlo, solo puede recibir un desprecio que se hizo evidente en las elecciones del 4 septiembre del año pasado.

El mensaje de ese plebiscito no pudo ser más evidente. Sin embargo, el presidente logró evitar verlo. De manera absurdamente literal quiso entender que lo que se rechazaba era solo la propuesta Loncon-Bassa, sin entender que gran parte del rechazo era al proceso mismo. La ilusión de que la Constitución nueva resolvería las urgencias en educación, pensión, transporte, inmigración, cohesión social, se habían evaporado en las primeras sesiones de la asamblea.

Un liderazgo un poco menos enamorado de sí mismo habría simplemente dejado esto en manos de los expertos que habían conseguido, gracias a la ineficacia de los “amateur”, una legitimidad única. Pero el presidente decidió que se completaría un segundo proceso doloroso, costoso e inútil, guiado por esa idea peregrina de que los males de la democracia solo se curan con más democracia. Idea que choca justamente con la esencia de la democracia representativa, que es justamente limitar la soberanía popular para que no se vuelva ella también una forma de tiranía.

Los chilenos hemos recibido todo un curso caro, pero amplio de derecho constitucional. Pero al parecer solo el presidente se dispuso a “echarse” el ramo. Hasta tomar puede ser malo para la salud si se hace demasiado. Tres elecciones en dos años son evidentemente demasiadas elecciones, sobre todo cuando no se elige nada palpable y visible en ellas.

La nueva asamblea, como la anterior, fue más producto de las veleidades políticas circunstanciales que el razonado intento de encontrar los mejores y los más representativos autores de un texto que sobreviva a los años. Consciente de ello, la nueva asamblea sesionó casi en la clandestinidad. Sus debates no consiguieron el delirio de la primera asamblea, pero tampoco la ocasional profundidad de esta.

No se discutió, como lo hicimos en la primera asamblea, la esencia de lo que somos o queremos ser, no se vio ningún espectáculo, pero sin actor ni dramas cada uno aprovechó el pánico para dejar escritos sus caprichos más momentáneos que, pegoteados todos juntos, dejaron detrás de sí un texto altamente tan ilegible como el anterior, pero sin la imaginación de este.

El presidente intentó mantenerse alejado de la campaña del En contra, prefiriendo dedicarse a subir y bajar de la punta del cerro en bicicleta. La campaña, sin embargo, giró en torno a los logros, o la ausencia de tales, de su gobierno. No podía ser de otro modo: es la idea de que Chile comienza de nuevo, que fue el eje central del mandato de Boric, la que nos obliga una vez más a ir a las urnas. Son también los 30 años de la Concertación vistos, o como un error o como una necesidad, lo que vuelve a estar en el centro oculto de esta contienda, como de las anteriores.

Que el presidente Boric no firme finalmente alguna Constitución nueva, es solo parte de su derrota. La peor parte para él y su generación es haber terminado por desear que continúe en vigencia no solo la de “los cuatro generales”, sino la de Ricardo Lagos.

Algo en él sabe, y habla bien del estado de su alma, que esa posible derrota personal puede ser, para Chile, una victoria. Los accidentes de la historia, compleja y muchas veces fea, que terminaron por escribir la Constitución que nos rige son mejor que cualquier deseo, que cualquier fantasía que nos enloquezca por un tiempo. La casa de todos, como la mayoría de las casas en que vivimos, está hecha de parches, añadidos, correcciones y olvido. A no ser que los dados sigan dando vuelta y debamos seguir, por otra década más, en el juego de darnos leyes nuevas y nuevos pactos que nadie quiere del todo firmar.

Sea cual sea lo que las urnas elijan, no tendrá el presidente ya otra incitativa que aceptar un veredicto que, para él, será, en cualquier caso, negativo. La entereza con que asuma ese revés definirá el tenor de lo que le queda de gobierno.

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