Presupuesto 2024: Equilibrando las cuentas. Por Sebastián Izquierdo

Coordinador Académico CEP

La holgura de nuestras cuentas fiscales, como también de nuestra deuda, han desaparecido y no nos queda otra que generarlas. No existe una varita mágica, sino que necesitaremos crecer con transpiración e ineludiblemente recuperando la inspiración, pues el talón de Aquiles es nuestro magro crecimiento tendencial.


Cada octubre y noviembre se desata la discusión del Tesoro Público de la nación: la Ley de Presupuestos. El Ejecutivo despliega sus proyecciones financieras de ingresos y el techo de gastos para el próximo año, antes de que el reloj marque la medianoche del 30 de septiembre. Luego, el Congreso se sumerge en un frenético debate donde cada número y decisión cuenta, literalmente. En 60 días debe surgir una mayoría absoluta de diputados y senadores, y, así, el proyecto de Presupuestos con sus modificaciones se convierte en Ley.

Actualmente, en el Congreso se está debatiendo una propuesta de política fiscal expansiva de $76,9 billones, lo que representa un crecimiento real del 3,5% respecto del 2023. Esto nos lleva a una deuda bruta de 41,1%, rozando en 3,9 puntos porcentuales por debajo del nivel prudencial. Como era de esperar, en el actual contexto de contracción económica (-0,5% o -0,25%, según el FMI o Banco Central, respectivamente) y con casi un millón de desocupados, surge la pregunta sobre si dicho aumento del gasto público es prudente.

¿Por qué este incremento duplica las proyecciones de crecimiento económico? Para dilucidar esta inquietud, debemos recordar que el gasto del Gobierno se fija según los ingresos cíclicamente ajustados. Por lo tanto, en lugar de centrarse únicamente en el aumento del gasto (+3,5%), es más apropiado enfocarse en el ejercicio estructural y en el nivel de deuda. Y aún mejor, considerar la senda del balance estructural.

Analicemos esto en detalle. Por un lado, observamos que las estimaciones de ingresos proyectan un aumento del 5,7%, llevándolo al 24% del PIB, superando con creces las ya optimistas estimaciones de crecimiento del propio Ministerio de Hacienda. Sin embargo, como se ha señalado, no debemos centrarnos únicamente en los ingresos efectivos, sino en los ingresos cíclicamente ajustados al PIB, al cobre y al litio, según corresponda. Esto se refiere al resultado que el Gobierno habría obtenido en un año determinado si el PIB estuviera en su nivel de tendencia y los precios del cobre y el litio fueran los de largo plazo. Así, se proyectan ingresos cíclicamente ajustados de $71,26 billones para 2024, reflejando un aumento real anual del 7,2% en comparación con las proyecciones de 2023. Este incremento se debe principalmente al aumento proyectado en los ingresos estructurales de los contribuyentes no mineros, que experimentan un crecimiento del 9,6%. Este aumento se explica en gran medida por el fin del beneficio tributario de depreciación instantánea relacionado con la pandemia.

Sumando y restando, con aquel incremento del gasto del 3,5%, se llega a un déficit efectivo del 1,9% del PIB. Y con los ajustes cíclicos se obtiene un déficit estructural del 1,9% del PIB también, apenas un 0,2% inferior a la meta del ejercicio pasado y lamentablemente mayor en 0,1% al objetivo de 2024. Esta discrepancia conducirá a la revisión de un nuevo decreto de política fiscal, que además incluirá una nueva y menos exigente meta de balance estructural a partir de 2026, incrementando el déficit objetivo en un 0,2 puntos porcentuales. En resumen, la consolidación de las finanzas públicas tomará más tiempo para convertirse en una realidad, no solo por dicho cambio, sino que por las dudas que genera cumplir un próximo aumento del gasto a la mitad y un subsiguiente prácticamente nulo para la siguiente administración.

En cuanto a estabilizar la deuda pública, aún no hemos alcanzado ese objetivo. Este año, proyectamos una deuda del 38,2%, y el próximo año aumentaría casi 3 puntos porcentuales, llegando al 41,1%, el nivel más alto desde 1990. Según las últimas proyecciones, se estabilizará en el 41,3% a partir de 2026. Difícil de creer, pues hace cuatro años, nadie imaginaba que estaríamos cerca del límite prudente de deuda, ya que se pronosticaba que se estabilizaría por debajo del 30% el 2024. Si bien factores como el estallido social y la pandemia tuvieron un impacto, la deuda de ese entonces estaba lejos de estabilizarse producto de los reiterados déficits. En 2007, teníamos una décima parte de la deuda actual.

El Consejo Fiscal Autónomo (CFA) considera varios escenarios plausibles en los cuales podríamos superar ese límite prudencial de deuda. Esto podría ocurrir si nos enfrentamos a una nueva crisis económica sin una convergencia fiscal adecuada o si la recaudación efectiva del pacto fiscal resultara ser menor de lo previsto, sin haber ajustado los gastos de manera apropiada.

El 3,5% es ambicioso, pero lo que preocupa es más bien la capacidad de la política en detener la evolución alcista de nuestro gasto, como también de tener que enfrentarnos a nuevos escenario adversos. En definitiva, la holgura de nuestras cuentas fiscales, como también de nuestra deuda, han desaparecido y no nos queda otra que generarlas. No existe una varita mágica, sino que necesitaremos crecer con transpiración e ineludiblemente recuperando la inspiración, pues el talón de Aquiles es nuestro magro crecimiento tendencial.

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