El gran drama político del gobierno. Por Cristóbal Bellolio

Doctor en filosofía política
Imagen: Agencia Uno.

Haga lo que haga el gobierno en materia de orden público y seguridad, la mayoría de los chilenos ya se hizo la idea de que no las toma en serio. No fue parte de su repertorio original, y ahora les cuesta un mundo revertir esa percepción. Muchos ni siquiera se dan por enterados del cambio de discurso: Hace rato que Boric es social demócrata. En buena hora, debieran decir los paladares demócratas y liberales.


Al presidente Boric le habría gustado gobernar con una agenda cuyos temas fueran la justicia social, los derechos sociales, la denuncia del abuso empresarial, la perspectiva de género y el lenguaje inclusivo. Esa fue la agenda que catapultó a la izquierda millennial al poder en tiempo récord: apenas 10 años desde que marcharon como movimiento estudiantil. En octubre de 2019, todos esos temas parecieron confluir. La mesa estaba servida.

Sin embargo, le ha tocado gobernar con una agenda muy distinta. Desde mediados de 2021, los temas más importantes para el país son economía y orden público, temas más propios del repertorio retórico de las derechas. Es decir, al presidente Boric y su elenco les ha tocado navegar un clima político tan ajeno como adverso. Si esto ya era previsible cuando asumió en marzo de 2022, se hizo evidente pocos meses más tarde cuando se estrelló el proyecto constituyente que contenía todos sus anhelos transformadores.

En ese momento, dijeron los analistas, se acabó el diseño original del gobierno, y comenzó una nueva etapa marcada por el pragmatismo y la moderación. Si bien el frenteamplismo hizo carrera criticando duramente a la Concertación que los antecedió, el presidente no tuvo más remedio que llamar a la hija política de Lagos -Carolina Tohá- a liderar su gabinete, y a la hija política de Bachelet -Ana Lya Uriarte- a negociar con el parlamento. Desde entonces, incluso, ha sido pródigo en elogios a sus predecesores, desde Patricio Aylwin hasta Sebastián Piñera.

Tras el brutal homicidio de tres carabineros en Cañete, la arqueología tuitera hizo lo suyo: desempolvó las juveniles -y destempladas- declaraciones del elenco gobernante contra las fuerzas de orden, especialmente en el contexto del estallido social. La oposición, cuyo discurso de rescatar la grandeza piñerista duró menos de 24 horas, se hizo una cabaña con la madera del árbol -y los arbolitos- caídos. En una maniobra de dudosa lógica pero alta efectividad, ligaron el crimen de los carabineros al mancillado historial de Boric y compañía en materia de seguridad.

Lo cierto es Boric cambió de discurso hace rato. Salvo la torpeza monumental de los indultos -torpeza reconocida vox populi en el oficialismo-, después del terremoto político del 4S el gobierno entendió sin chistar que la agenda giraba en torno a economía y orden público. “No me cabe duda de que la prioridad de todos hoy, independiente de nuestras diferencias, es ponerle freno a la delincuencia… El pueblo chileno abraza a su familia, a quienes no dejaremos solos. Movilizaremos toda la fuerza del Estado para hacer justicia”. Estas frases no son de ahora. Las pronunció el presidente en marzo de 2023 en el funeral de la sargento Rita Olivares.

Este es el gran drama político del gobierno: haga lo que haga en materia de orden público y seguridad, la mayoría de los chilenos ya se hizo la idea de que no la toman en serio. No fue parte de su repertorio original, y ahora les cuesta un mundo revertir esa percepción. Muchos ni siquiera se dan por enterados del cambio de discurso. Otros dicen que no es sincero. Está de moda “sospechar de todos quienes gobiernan las cosas en Chile”, y si no sospecha “usted es un estúpido”, decía Eugenio Tironi sobre el estilo -y la victoria cultural- de Tomás Mosciatti. Otros ponen al oficialismo en una situación imposible, exigiéndole que atestigüe su mano dura aprobando normas que la izquierda -con buenas razones- considera barbáricas, como el retorno a la justicia militar.

Tal ha sido el cambio discursivo de Boric, opinan los lectores de encuestas, que hasta su núcleo duro se está desgajando después de haber negado al Negro Matapacos. Pero lo cierto, una vez más, es que Boric nunca fue un calcetinero acrítico del octubrismo. El frenteamplismo, en general, tuvo una relación ambigua con el estallido social. Si bien avivaron la cueca porque leyeron la protesta en clave anticapitalista -un error común en esos días-, el impacto político de la revuelta callejera les recordaba que ellos tomaron el largo y trabajoso camino de cambiar las cosas por la vía institucional, esa fomedad anticlimática de formar partidos y competir por escaños parlamentarios. El propio Boric fue víctima de la rabia octubrista cuando firmó el acuerdo del 15N para darle un cauce constitucional al conflicto social.

En síntesis, Boric quiso gobernar con un libreto pero terminó gobernando con otro. Lo hizo por la fuerza de las circunstancias. Eso es lo que hacen los adultos responsables: enfrentar, en lugar de negar, la realidad. Gobernar no es educar, ni producir, ni proteger. Gobernar es navegar, y eso a veces implica llevar la nave a un puerto distinto del original. Boric está pagando su madurez política con un desfonde por la izquierda, mientras la derecha le niega la sal y el agua. Dado los escasos incentivos que hay para ponerse de acuerdo -algo que difícilmente resuelven las reformas políticas que traman los partidos-, nadie le tenderá una mano.

El prócer español Felipe González, en una reciente visita a Chile, dijo que Boric se iría decantando hacia la socialdemocracia. Hace rato que Boric se posesionó de ese papel. En buena hora, debieran decir los paladares demócratas y liberales.

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