Explicar el ascenso del ahora Presidente electo Javier Milei desde los sets de televisión a la primera línea de la política argentina ha resultado un quebradero de cabeza para la prensa mundial, que no termina de entender el éxito de un personaje totalmente deschavetado en lo personal, y en lo programático, de ideas totalmente inviables. Ante la imposibilidad de dar buenas explicaciones, muchos perfiles se han quedado en las excentricidades personales.
Todas estas frivolidades distraen de lo verdaderamente clave: la miseria de Argentina ha llegado a un nivel inaguantable.
En la tercera economía más grande de América Latina casi la mitad del país está en situación de pobreza. Los ingresos en negro se han vuelto incapaces de compensar el nivel de inflación de alimentos (segundo lugar a nivel mundial). La ONU estima que un tercio de la población sufre de inseguridad alimentaria, y familias dependen de vertederos (sí, vertederos) para alimentar a sus hijos. Provincias plagadas de pobreza extrema (Salta, Tucumán, Santa Fe, Misiones), reportan muertes de adultos y niños por falta de acceso a agua potable y desnutrición.
El hambre en un país que es potencia alimentaria debía provocar una especie de gran estallido social; y esa indignación fue lo que catapultó a Milei. El candidato furibundo, motosierra en mano e insultos a flor de piel, logró encarnar la frustración acumulada contra un sistema corrupto que la gente identificó con el kirchnerismo, así como el deseo de un cambio: el fin de la impunidad, el castigo real a crímenes y abusos. La melancolía y resignación ante una cultura arraigada de incorrección y trampa, que bien recoge la letra del tango Cambalache, tornaron en psicodelia desesperada.
Argentina prefirió al outsider irascible para que imponga el orden que el pueblo pide literalmente a gritos. Mientras sostiene una banderita de taxi “libre” en cada mano, el loco va gritando su apoyo a ideas ídem, como legalizar la venta de órganos humanos o de hijos, o eliminar todas las leyes sobre armas, así como su rechazo al Papa (“un izquierdista asqueroso”), al cambio climático (“un engaño socialista”), y a la Agenda de las Naciones Unidas para el desarrollo sostenible (“marxismo cultural”).
Cortázar decía que la diferencia entre un loco y un piantao está en que el loco tiende a creerse cuerdo, mientras que el piantao continúa su camino por abajo de la vereda y a contrapelo… “y así sucede que mientras todo el mundo frena el auto cuando ve la luz roja, él aprieta el acelerador, y Dios te libre.” ¿Es Milei loco o piantao? ¿Y qué podría salir mal ahora que un congresista aún novato en política, de ideas radicales y sin experiencia ejecutiva alguna, se hace de la Presidencia?
Milei promete cambios drásticos y rápidos, no graduales, incluyendo eliminar el Banco Central, recortar el gasto hasta en un 15% del PIB, y dolarizar una economía que no tiene ni divisas ni acceso al crédito. Pero lo cierto es que hoy no tiene cómo implementar lo prometido. Su coalición (La Libertad Avanza) no tiene gobernadores en ninguna de las 23 provincias de Argentina. Y en el Congreso, ocupará solo 8 de los 72 escaños del Senado de Argentina (el kirchnerismo tendrá 12 legisladores) y menos de 40 de los 257 de la Cámara Baja.
En lo inmediato, Milei debe resolver contradicciones vitales de manera creíble, partiendo por formar rápidamente un pacto improbable, después de haber hecho campaña basureando la cultura de los acuerdos. Esto debe manifestarse en un gabinete que ofrezca gobernabilidad y dé cuenta de una coexistencia con el ex Presidente Mauricio Macri, quien apostó por él tempranamente y aparece como líder sobreviviente de la centroderecha (visto el pobre desempeño de su ex ministra Patricia Bullrich). Milei intentará, apenas asuma el 10 de diciembre, poner en marcha una agenda de reformas radicales. Macri, por su parte, intentará hacer de dique, para que los proyectos más disruptivos de Milei, como el fin del Banco Central, no puedan ejecutarse.
Milei ha invitado a un país quebrado y ya en el abismo, a soñar, haciendo carne la letra de la balada de Piazzolla:
“Loco, loco, loco
como un acróbata demente saltaré
sobre el abismo de tu escote hasta sentir
que enloquecí tu corazón de libertad
Ya vas a ver…
vamos a intentar la mágica locura total de revivir”.
Los giros de este tango son difíciles de adelantar. Sólo resta pedir, por el bien no sólo de Argentina sino de toda la región, que Milei y Macri logren cuadrar el círculo.
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