Diciembre 7, 2022

FTX: Nuevas inversiones y viejas lecciones. Por Héctor Lehuedé

Socio de RAZOR Consulting

Gobernanza, cumplimiento, control, contabilidad y auditoría son elementos indispensables en la revisión de debida diligencia de cualquier inversión. No serán novedosas, ni seductoras, ni generan utilidades por sí solas, pero reducen riesgos.


Cada startup tiene su historia. Apple eran dos hackers en un garaje de Los Altos. Google eran dos estudiantes de posgrado en un dormitorio de Stanford. Alameda Research era solo un tipo en un departamento de Berkeley, haciendo un solo trade (transacción) de criptomonedas. Ese tipo era Sam Bankman-Fried, o SBF para sus amigos. Sin embargo, el trade que hizo, que finalmente dio origen a la plataforma de trading de criptomonedas FTX, está lejos de ser el cuento de origen estándar de Silicon Valley. En 2017, cuando solo tenía 25 años, SBF colapsó el llamado “kimchi premium”, un delta (diferencia de precio) anómalo entre el precio de Bitcoin en gran parte de Asia y su precio en el resto del mundo. Fue una atrevida hazaña de arbitraje (SBF es el único trader conocido que logró esto de una manera significativa) que rápidamente lo convirtió en multimillonario y alcanzó el estatus de leyenda.”

El párrafo anterior proviene de un artículo publicado en septiembre de 2022 en el newsletter de Sequoia Capital, una exitosa firma estadounidense de capital de riesgo con sede en Silicon Valley, que maneja activos por US$ 85 mil millones. El mes pasado Sequoia informó que dio por totalmente perdida su inversión de US$ 150 millones en FTX tras la quiebra de la plataforma creada por el legendario SBF. También borró el artículo de su sitio web.

La historia de FTX y Alameda Research es una marcada por el aura de la genialidad, la pertenencia a la élite y el éxito de su fundador. Hijo de un destacado profesor de derecho y negocios de la Universidad de Stanford, SBF creció en medio de Silicon Valley y durante su paso por la Universidad de California, Berkeley, ganó fama de genio aprobando sus exámenes sin estudiarlos. Ya en el mundo de las inversiones, se transformó en un promotor de la filantropía y decidió que las criptomonedas eran su nicho, hasta que, como decía Sequoia, con un arbitraje improbable se convirtió en leyenda.

Surfeando esa fama levantó enormes capitales de instituciones y celebridades para sus empresas (FTX llegó a estar valorada en US$ 32 mil millones), las que manejaba entre amigos (diez de ellos vivían y trabajaban juntos en un pent-house de US$ 30 millones en un condominio de lujo en Bahamas). Con una apariencia personal descuidada y una actitud afable, se convirtió en un gurú para el mercado y en voz autorizada en la discusión de políticas públicas en EE.UU., cuya legislación promovía relajar (razón por la que situó sus negocios en jurisdicciones menos reguladas). Por supuesto, no faltó quien lo llamara el próximo Warren Buffett y lo comparara con Mark Zuckerberg. Los inversionistas vieron en SBF y sus empresas una oportunidad dorada que no podían dejar pasar (en el mundo bursátil se habla de FOMO, por su sigla en inglés, sobre el temor a quedarse fuera del próximo gran negocio exitoso).

Fue así como ninguno de esos inversionistas se preocupó de que las empresas de SBF no tuviesen un directorio que pudiese supervisar a la administración; para SBF bastaba un comité asesor de tres personas (incluyendo un representante de Sequoia, donde SBF había invertido US$ 300 millones). Tampoco les preocupó que no hubiese un fiscal (abogado interno), un área de cumplimiento, o un departamento de contabilidad y auditoría (el balance era un archivo Excel en el computador de SBF).  En su ímpetu por invertir, nadie se preguntó si había un control de los conflictos de interés y operaciones con partes relacionadas, lo que terminó siendo la aparente causa del colapso.

Por lo que se ha ido sabiendo, Alameda Research, cuyo CEO es la exnovia de SBF, era uno de los principales traders de FTX y mantenía enormes exposiciones en la plataforma. Cuando las criptomonedas cayeron fuertemente esta primavera, las garantías de Alameda perdieron valor. SBF habría decidido rescatarla rompiendo las reglas de FTX y usando activos de sus clientes. El mercado se enteró  y temió que la situación de Alameda impactara a FTX, por lo que se generó una “corrida bancaria” en la que cada cual intentó retirar su dinero de la plataforma antes que los demás. Ello agudizó la caída en los precios de los criptoactivos, lo que dejó a FTX sin suficientes fondos para pagar los retiros. Game over.

“Nunca en mi carrera había visto una falla tan completa de los controles corporativos y una ausencia tan completa de información financiera confiable”, fueron las declaraciones del nuevo CEO de FTX, John Ray III, quien se hizo cargo de la declaración de quiebra de la empresa. “Desde la integridad de los sistemas comprometida y la supervisión regulatoria defectuosa en el extranjero, hasta la concentración del control en manos de un grupo muy pequeño de personas sin experiencia, sin sofisticación y potencialmente comprometidas, esta situación no tiene precedentes”. Impresiona que lo diga quien fue el ex negociador de la quiebra de Enron.

Warren Buffett, quien ha sido un gran detractor de las criptomonedas, sostiene que “la inversión debe ser racional; si no puedes entender el negocio, no inviertas.” Como recuerda Evan Epstein, en los orígenes del capital de riesgo los inversionistas hacían menos inversiones pero de mayor envergadura, para poder tener un asiento en el Directorio desde donde proteger su inversión. Bill Gurley, otro famoso inversionista, ha desarrollado a partir de sus buenas y malas experiencias, un check-list de banderas rojas del capital de riesgo. Dejarse llevar por el aura del fundador está en primer lugar, la ausencia de un directorio funcional está en segundo, y prácticamente todas las demás fallas detectadas en FTX tienen un lugar destacado.

Gobernanza, cumplimiento, control, contabilidad y auditoría son elementos indispensables en la revisión de debida diligencia de cualquier inversión. No serán novedosas, ni seductoras, ni generan utilidades por sí solas, pero reducen riesgos, velando porque la generación de valor sea sostenible y basada en algo más que el aura de un legendario fundador. Invertir sin ellas no es inversión; es más bien una apuesta.

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Héctor Lehuedé, socio de RAZOR Consulting, es abogado de la Universidad de Chile, magíster de la Universidad de Stanford, certificado como director de empresas del IoD de Reino Unido, y está especializado en gobierno corporativo, integridad, sostenibilidad y asuntos financieros.

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