En el contexto de la reforma del eje Alameda-Providencia y las iniciativas de recuperación del espacio público vandalizado entre octubre y diciembre de 2019 – que debiera incluir la reconstrucción de iglesias patrimoniales, el museo Violeta Parra, la biblioteca del Parque Bustamante, el cine arte Alameda, diversos edificios, la reparación de los muros, paraderos de buses y veredas de la ciudad, entre todos estos espacios, la recuperación de la entrada principal al metro estación Baquedano – se ha convertido en el principal motivo de controversia.
En efecto, el lugar fue clausurado por aguerridos manifestantes que protestaban contra un hipotético -en realidad manifiestamente falso- centro de torturas al interior de la estación.
El hecho es que, desde hace ya más de tres años, el acceso a la estación del metro se encuentra clausurada y se ha instalado allí una suerte de memorial de las manifestaciones radicales ocurridas en el entorno de plaza Italia o Baquedano: el Jardín de la Resistencia, curiosamente un hermoso nombre para recordar la lamentable Primera Línea.
El subsecretario de derechos humanos afirmó con tono que no dejaba espacio para las dudas, que el gobierno considera la construcción de un memorial al estallido social en plaza Italia.
No es muy claro en qué consiste el proyecto, si tiene o no el obligado acuerdo del Consejo de Monumentos Nacionales, ni quienes de la sociedad civil lo respaldan. Desde luego los ocupantes del “jardín de la resistencia” no estarán nada de contentos con perder el lugar que han resguardado por tanto tiempo.
La alcaldesa de Providencia manifestó que si vamos a recordar, recordaremos las bombas molotov contra carabineros y la destrucción de espacios públicos. Comerciantes del sector dicen que también habría que recordar los sufrimientos y pérdidas que les ocasionaron.
La delegada presidencial, seguramente buscando bajarle el perfil a la polémica, habló de festejar los triunfos deportivos en el memorial. O sea, es un memorial sin un concepto claro, sin idea matriz, sin un propósito definido, sin nada que permita definirlo como un sitio de memoria.
El asunto es que es evidente que un memorial en un punto neurálgico de la ciudad como este requiere de un marco mínimo conceptual que lo justifique y un mínimo de consensos, o al menos de tolerancia, para poder materializarse. A modo de ejemplo de memoriales recientes y que son controvertidos, el Museo de la Memoria y los DDHH, si bien no es compartido en sus principios o manifestaciones por todos los sectores, el parlamento por amplias mayorías o unanimidad aprueba su presupuesto público.
El memorial de Jaime Guzmán, aunque somos muchísimos los chilenos que no comparten sus puntos de vista, valoramos que sus seguidores mantengan un memorial en rechazo del criminal atentado que cegó su vida. En definitiva, la idea básica es que un memorial es un lugar sino sagrado, al menos venerable, noble, respetable por todos, aun por aquellos que no comparten las ideas, los sentimientos o razones que le han dado vida.
Lo que no se puede hacer es construir memoriales que pueden ser indignantes o francamente provocadores o vejatorios para la mayoría de los santiaguinos que sufrieron y siguen sufriendo las consecuencias de la violencia, de la falta de consideración hacia los otros, de la ausencia de respeto a las instituciones, de la anomia que desde octubre 19 se apoderó de las calles.
La alianza fáctica entre ultras, anarquistas, barras bravas y lumpen-consumismo que destruyó los espacios públicos de la ciudad no merece ser homenajeada.
Es difícil entender por qué por enésima vez el gobierno, en medio de un viraje obligado hacia la realidad, no quiera renunciar a validar el mito octubrista. Lo llevan a la Feria del Libro de Buenos Aires como si fuera un gran acontecimiento cultural representativo de la ciudad de Santiago y ahora le quieren dar forma material para convertirlo en un lugar de peregrinación de los que con violencia irracional siguen azotando a los colegios y barrios de Santiago.
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