Junio 20, 2021

Recomendaciones de Libros: La Cuarta Espada del Comunismo (la biografía de Abimael Guzmán)

Bernardo Solís

La biografía de Abimael Guzmán -de Santiago Roncagliolo- tiene muchas claves del actual Perú: los mundos paralelos entre la sierra y las ciudades, la miseria, la violencia. Y la sobreideologización, que cuenta a partir de cómo fue que Sendero se hizo fuerte usando a los profesores de Ayacucho, donde Abimael Guzmán formó a sus huestes y a sus colaboradores más estrechos. Una pesadilla que vuelve a la agenda con la elección de Pedro Castillo.

El temor a otra pesadilla. “No es que sea comunista, hay que ser más organizado para ser comunista”. Así ha descrito Santiago Rocangliolo al más que probable futuro presidente peruano, el profesor Pedro Castillo. El escritor, autor de la que puede ser la mejor –sino la única– biografía del fundador de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, también ha minimizado la amenaza de los críticos de Castillo, que vinculan al candidato con el grupo guerrillero que en los años ochenta desató un infierno en el país.

  • “La amenaza de Sendero Luminoso es rentable políticamente para todos. En unas elecciones en que prácticamente no ha habido debate de propuestas, los candidatos se están alimentando de las pesadillas de un país”, escribió Roncagliolo en mayo en el New York Times.
  • La biografía de Guzmán, La Cuarta Espada del Comunismo (Debate, 2007, 288 páginas) partió como un perfil que Rocangliolo publicó en El País en el 2005, y que el diario presentó bajo el título de “El loco más peligroso de América”, una gracia que le cerró muchas fuentes al autor a la hora de convertir el reportaje en libro, como pretendía.
  • Y el libro, que partió como respuesta a la insólita falta de textos sobre Guzmán y Sendero Luminoso, hoy ha cobrado una actualidad escalofriante en los últimos meses, con los ataques de los remanentes de la guerrilla y sobre todo con la pasada elección, entre la hija de Alberto Fujimori, Keiko, y un profesor acusado de simpatizar con el movimiento.
  • “Guzmán declaró una guerra contra el estado peruano que duró más de diez años y se saldó con 69.280 muertos y desaparecidos. Pero aparte de eso, poco o nada se sabe de él. Fuera del Perú, ni siquiera se recuerda que hubo una guerra”, escribió Rocangliolo hace casi quince años. Es un esfuerzo contra el olvido. O peor: contra eso que, dice el autor, Perú trata de esconder.
  •  Las imágenes de la guerra volvían para sacudir a quienes la habían vivido y educar a los que no sabían de ella. Así describe Rocangiolo la exposición fotográfica de la Comisión de Verdad: “Muchas de las fotos parecen sacadas de una película gore con cuerpos descuartizados y ensangrentados. En algunas hay tantos cadáveres que no se pueden contar: las armas, los cuerpos mutilados, las cárceles, son motivos recurrentes. En una imagen aparecen soldados encapuchados cargando ataúdes en un camión. En otra, una aldea serrana arrasada por Sendero, aún humeante”.

El Perú desde la cárcel. Para cuando empezó a trabajar en el libro, luego de la publicación de El País, Rocangliolo accedió casi con completa libertad a los senderistas que estaban en las cárceles peruanas. A todos, excepto a Guzmán, claro. Y no solo habló con los presos, y por eso asegura haber podido conocer el lado B de Perú:

  • “Las prisiones son buenos lugares para conocer un país, porque guardan todo lo que una sociedad no quiere ver de sí misma (…) Pude conversar no sólo con presos de Sendero Luminoso, sino también del MRTA, reservistas de Humala, asesinos, violadores, narcotraficantes. Toda una visita guiada por aquello que el Perú prefiere mantener encerrado”.
  • La pregunta de todo el libro es quién es el hombre que desató ese infierno. Alguien que, a medida que Rocangliolo se va reuniendo con ex militantes, familiares, periodistas y policías empieza a emerger: un profesor de la sierra que no tenía amigos y que solo una vez casi llegó a llorar, según uno de sus hermanos.
  • Un niño huraño, con madrastra chilena (una mujer “acostumbrada ancestralmente a guardar silencio”) y un viejo chico de adolescente (“No tenía el humor inglés ni la ternura rusa, sólo un sólido cerebro alemán”, cuenta en el libro un ex profesor), que terminó convirtiéndose en el Presidente Gonzalo, una imitación de Mao igual de sanguinaria.
  • El camino del Presidente Gonzalo (“un hombre de ninguna parte”) es el que preocupa a Rocangliolo. Sobre todo por la pugna en la memoria peruana, entre quienes le cargan todas las culpas a Abimael Guzmán y los que se las endosan a la sociedad que lo vio crecer: “Si Abimael es una especie de encarnación del mal en estado puro, no es nuestra responsabilidad. Es sólo mala suerte. La gente así puede nacer en cualquier país. Pero si no es un loco innatamente sediento de sangre, si se volvió así en su contacto con la sociedad, entonces, de un modo u otro, es una creación nuestra, hemos parido y amamantado a nuestra propia bestia negra».

Paralelos con el Perú de hoy. Tiene el libro muchas de las claves del actual Perú: los mundos paralelos entre la sierra y las ciudades, la miseria, la violencia. Y la sobreideologización, que cuenta a partir de cómo fue que Sendero se hizo fuerte usando a los profesores de Ayacucho, donde Abimael Guzmán formó a sus huestes y a sus colaboradores más estrechos.

  • Luis Jaime Cisneros, presidente de la Academia Peruana de la Lengua, aparece comentándolo en el libro, después de analizar los textos escolares que Guzmán y los suyos repartían en los colegios rurales: “En el Perú, los gobernantes nunca han entendido el poder de la educación. Como es abstracta, invisible, siempre la han despreciado. Pero algún día, alguien tendrá que explicar por qué el grupo más sanguinario de nuestra historia estuvo dirigido por maestros”.
  • Otra clave es la de las mujeres, que Sendero tuvo en posiciones de mando como ninguna guerrilla latinoamericana y que el manual de entrenamiento contrasubversivo de la policía describía así: “Son más determinadas y peligrosas que los hombres, tienen conductas absolutistas, y se consideran capaces de desempeñar cualquier misión, poseen la dicotomía de la debilidad y la dureza, son indulgentes, sumamente severas… explotan al prójimo, son impulsivas y arriesgadas”.
  • Hay por ahí una descripción de los días de Abimael Guzmán en clandestinidad que también son muy actuales: “vivía en un mundo más pequeño del que todos imaginaban. Solía levantarse a las seis de la mañana con las noticias de la radio. Entre ocho y diez leía todos los periódicos, y después leía libros, marxistas o no, para preparar documentos del partido. Era un obsesivo subrayador de lo que leía, y en muchos de sus libros y diarios hay más partes interlineadas que en blanco. A mediodía bebía un jugo de naranja, pero sólo se detenía a almorzar a las tres. Continuaba leyendo entre cuatro y diez, hora de las noticias. Al acostarse a medianoche leía literatura. Le gustaban sobre todo las tragedias griegas, que también subrayaba en busca de citas ilustrativas (…) Recortaba recetas de los diarios y veía por la televisión el programa culinario de Teresa Ocampo. Los domingos ponía en práctica sus lecciones. Si recibía a dirigentes de la sierra, solía prepararles cebiche. Sus guardianes sufrían en esos casos, porque él hacía la lista de la compra dando órdenes precisas incluso sobre las medidas que debía tener el pescado”.
  • Aún más meticuloso era para escribir. Entonces abandonaba todas las demás actividades y pasaba días sin leer, redactando instrucciones. Los planes de las campañas estaban minuciosamente descritos. Guzmán detallaba personalmente su preparación, inicio, desarrollo, remate y complemento y luego seguía su cumplimiento, haciendo constar todo por escrito. Sus ‘obras completas’ aún se conservan en el archivo de la Dirección Nacional contra el Terrorismo: treinta y nueve gruesos volúmenes en papel A4 a espacio simple”.

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