Marzo 26, 2021

Opinión: Alguien tiene que poner la pelota en el piso en el gran desorden de la política chilena

Kenneth Bunker
Crédito: Agencia Uno.

Cuando los legisladores dicen actuar en pos de la gente por el retiro 10%, no lo están haciendo. Cuando el gobierno no da claridad sobre la fecha de la elección, introduce incertidumbre sobre incertidumbre. El poder en la clase política está diluido a niveles históricos y, desafortunadamente, no serán los políticos los que paguen el costo de no ordenar el partido, será la propia gente.

El gran desorden. El último año ha sido tremendamente desordenado en todo sentido. Por el estallido social primero y la pandemia después, la planificación y la coordinación política ha sido prácticamente imposible.

  • El gobierno perdió el control del asunto, y la oposición se desordenó. Mientras tanto, el poder legislativo se transformó en tierra de nadie y nacieron una serie de alternativas políticas nuevas y populistas profundizando la magnitud de la confusión.
  • El estallido social fue el agüero del desorden. Solo días después del 18 de octubre quedó inmediatamente en manifiesto que la resolución del conflicto no pasaría por una solución tradicional vertical y hegemónica. Quedó claro que ningún sector por si solo tendría la fuerza para ordenar la calle y canalizar el descontento. De hecho, ninguno pudo y por eso todos (o casi todos) se tuvieron que poner de acuerdo para forjar la salida.
  • El brote exponencial e inesperado de la pandemia no ayudó a ordenar las cosas. Con el estallido social de trasfondo, y con el proceso constitucional en movimiento, ninguna coalición o partido político hizo todo lo que pudo para contribuir al bien común. Ni los partidos de derecha se alinearon con su gobierno, ni los partidos de la oposición se coordinaron entre ellos para proponer una alternativa favorable.

Realineación de partidos. La interacción entre el estallido social y la pandemia, con mayor influencia de lo primero, generó incentivos para una realineación en el sistema de partidos. Con un nuevo escenario político y social, partidos que antes no encontraban razones de cooperar, comenzaron a hacerlo y candidatos que no tenían razones de existir aumentaron su influencia. El nuevo escenario hizo posible todo lo improbable.

  • El ejemplo más claro de realineamiento ocurrió al lado izquierdo del centro. La ex Concertación se volvió a formar, luego de que la DC retornará a casa, pero ahora junto al Partido Liberal (que renunció al Frente Amplio), el PRO (que abandonó su independencia) y Ciudadanos (que por primera vez consintió a formar parte de una coalición grande). En pocas palabras, ocurrió una reestructuración masiva.
  • Lo que pasó en la izquierda, propiamente tal, tampoco fue menor. Tras la seudo-desintegración del Frente Amplio (con la renuncia del PL, además de varios de sus parlamentarios), se fundó Apruebo Dignidad, una coalición entre el Partido Comunista y una serie de otros partidos de izquierda. En solo un par de meses nació la alianza de izquierda más poderosa que se ha visto desde el retorno de la democracia.

Desanclaje de candidatos. Si fueran solo los partidos políticos los que se estuvieran realineado, el mapa no sería tan caótico. Pero no fueron solo ellos. También fueron los candidatos presidenciales, partiendo por Joaquín Lavín, quien inesperadamente se declaró un ferviente socialdemócrata. Un hecho que antes del estallido social y la pandemia hubiese generado un remezón mayor, pero que cuando ocurrió no generó ni la mitad del oleaje esperado.

  • En la centroizquierda ocurrió algo similar. Ninguno de los candidatos de Unidad Constituyente (salvo, quizás, Heraldo Muñoz) están anclado en su sector. Por ejemplo, Paula Narváez, la candidata del Partido Socialista que viene de la línea mas tradicional de la socialdemocracia ha hecho una campaña derechamente de izquierda, proponiendo hasta nacionalizar los fondos de pensión.
  • La desalineación del los presidenciables ocurre con casi todos los candidatos de todos los sectores tradicionales, desde Mario Desbordes a Ximena Rincón, que proponen temas que nada tienen que ver con los votantes tradicionales de sus partidos. Pero también ocurre por fuera. En el último año las opciones populistas, desacopladas de todo sentido de responsabilidad fiscal y democrática, han surgido con más fuerza que nunca. Es el caso, por ejemplo, de Pamela Jiles.

El costo del desorden. La pregunta es si este desorden es necesariamente negativo. La pregunta es si la desalineación de los partidos de sus nichos tradicionales, y el consecuente desacople de sus principales figuras, podría tener un efecto negativo sobre la dirección de la democracia. Una pregunta contra intuitiva, pues para muchos esto es precisamente lo que se necesitaba. En el espíritu del estallido social, urgía un remezón mayor.

  • Lo anterior puede ser cierto; es perfectamente posible que el sismo pueda realinear a los partidos y los candidatos con la gente. Pero, el problema está en los detalles. El problema es si el costo de la realineación es más grande que sus beneficios. Y ese parece ser el caso aquí. La serie de malas decisiones que se están tomando en la fase de realineación apuntan a un efecto negativo de largo plazo.
  • El mejor ejemplo de lo anterior es la serie de retiros 10%. En ningún caso puede resultar algo positivo de aquello. No aumenta las pensiones de las personas ni ahora ni más adelante. El proyecto no responden a otra cosa que a los incentivos populistas de los legisladores que se ven apretados entre una evaluación negativa de la gente y la necesidad de ser reelegidos a fin de año.

Una diferencia histórica.  Todo lo que está pasando hoy contrasta fuertemente con el pasado reciente. Hasta tan solo un par de meses antes del estallido social y la pandemia, los gobiernos y los partidos eran quienes ponían el orden. Hasta hace solo dos años, eran quienes ponían los temas en la agenda y alienaban a los suyos para pasar o bloquear proyectos de ley. Hoy nada de eso ocurre. La disciplina partidaria prácticamente no existe.

  • Lo peor es que se pierde gobernabilidad. Si los partidos del gobierno no apoyan al gobierno, el gobierno no puede gobernar. Y es precisamente esto lo que ha pasado. La administración de Piñera está estancada. A pesar de tener los números para bloquear los retiros 10%, y empujar su propia reforma de pensiones, no puede hacerlo porque los senadores y diputados de su coalición se niegan a cooperar.
  • La excusa de esos legisladores es que están preocupados por la gente. Pero, aun si fuera el caso (que no lo es), se olvidan de que, en la democracia representativa, su primera tarea es asegurar gobernabilidad. Al preocuparse del día a día de sus votantes, y sus propias prospectivas electorales, y no del contexto general, contribuyen directamente al deterioro de la gobernabilidad y la democracia.

Más incertidumbre. Tiene menos sentido que el gobierno tampoco busque estabilizar la situación. Un ejemplo claro de aquello es lo que pasa con la mega elección del 10 y 11 de abril, en que coincidirán cuatro elecciones diferentes. Más que cualquier otra cosa el tema se ha vuelto un elemento más de incertidumbre en un panorama ya inestable. Por qué el gobierno aun no ha decidido qué hacer con la fecha de la elección es un misterio.

  • Alguien tiene que poner la pelota en el piso, como se dice en el futbol. Alguien tiene que ordenar el partido. Hasta ahora, cada uno hace lo que quiere. No se avanza en ninguna dirección especifica. Que los conservadores se declaren socialdemócratas y los socialdemócratas actúen como si fueran de izquierda, no le sirven a nadie. Lo único que hacen es ceder el control de la agenda a los populistas y la incertidumbre que ellos traen.
  • Falta responsabilidad política. Cuando los legisladores dicen actuar en pos de la gente por el retiro 10%, no lo están haciendo. Cuando el gobierno no entrega claridad sobre la fecha de la elección, solo introduce incertidumbre sobre la incertidumbre. El poder en la clase política está diluido a niveles históricos y, desafortunadamente, no serán los políticos los que paguen el costo de no ordenar el partido, será la propia gente.

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