Hace ya tiempo que George Lakoff nos explicó que cuando oímos palabras, esta escucha siempre va acompañada de un marco de referencias que se activa en nuestro cerebro.
En su ya clásico libro: “No pienses en un elefante”, muestra cómo el lenguaje es capaz de provocar justo lo contrario a lo que se propone. Es que las palabras no son para nada inocentes y al mandatarnos a no pensar en algo, nuestro cerebro desobedece automáticamente y no sólo piensa en un elefante, sino que, además, evoca un cúmulo de descripciones y asociaciones relacionadas con el animal.
Fue a propósito de las peculiares reacciones que durante marzo ha tenido el gobierno ante el caso Ojeda que me acordé de Lakoff.
Un marzo marcado por la investigación el secuestro y muerte del exteniente Ojeda, un venezolano que tenía la condición de refugiado político en el país. Un venezolano que, según las investigaciones preliminares, habría sido asesinado por un cartel de origen venezolano (El Tren de Aragua) y por venezolanos en Chile.
Venezolanos que han arrancado por millones del régimen bolivariano de Nicolás Maduro y que hoy abundan en Chile. Venezolanos entre los cuales hay un número importante de irregulares dedicados lisa y llanamente al crimen organizado. Venezolanos, cosa de mirar las encuestas, que tienen atemorizados a vastos sectores de la ciudadanía.
El caso Ojeda ha evidenciado cuán presente está Venezuela y el régimen venezolano en nuestros marcos mentales -siguiendo a Lakoff- cotidianos. No hay día en que no se nos aparezca Venezuela y, lamentablemente, no por el Mar Caribe y su buena gente, sino que por el impacto que en criminalidad ha implicado la dictadura de Maduro para el país.
Una experiencia cotidiana no muy distinta al imaginario social de ese Chilezuela que por 2017 instaló la campaña piñerista para atizar el miedo hacia la candidatura de izquierda representada por Alejandro Guillier.
Visto así, resulta incomprensible que la primera reacción del presidente Boric ante el hallazgo del cuerpo de Ojeda haya sido un tuit para apapachar el Partido Comunista chileno que explícitamente apoya a Maduro.
Incomprensible por su cargo, pero también por el pragmatismo que debiera tener el líder de la coalición gobernante en un año electoral.
Como si no bastara, la guinda de la torta la vino a poner el envalentonado presidente del Partido Comunista Lautaro Carmona al reafirmar su apoyo al régimen venezolano.
Así las cosas, esta semana el gobierno se encargó de recordarnos que, para el Partido Comunista de Chile, partido eje del oficialismo, lo que se vive en Venezuela no es una dictadura. “A mucha honra” dijo Carmona. Misma semana en que el presidente nos transparentó que, en su opinión, el Partido Comunista chileno, que apoya a Maduro, tiene un compromiso total con la democracia. Como era de esperar, luego del craso error, el mandatario a fines de la semana intentó desentenderse de sus palabras originales. Pero ya era tarde, el frame estaba instalado.
Quizás por ingenuidad, quizás por torpeza política, el gobierno parece no entender que la inquietud ciudadana por una posible “venezolanización” del país existe. Y existe de manera bastante menos abstracta y más concreta que en 2017. Si hace 7 años la idea de Chilezuela logró evocar los peores fantasmas económicos, políticos, narcos y delictuales, hoy esa evocación cobra vida diariamente.
Por lo mismo, es tan llamativo que el mandatario y algunos de sus aliados, no entiendan que gobernar el país implica centrar la gestión y el relato de gobierno precisamente en matar el imaginario latente en torno a una izquierda que podría encaminarnos a Chilezuela.
Volviendo a Lakoff, si en un año de votaciones el oficialismo no quiere poner a Chilezuela en el centro del debate electoral, más le valdrá dejar de evocar ese nefasto imaginario hablando de comunismo y madurismo, y mostrar en los hechos, que trabaja a diario por que no pensemos en Chilezuela.
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