La decisión de la presidenta del PPD Natalia Piergentili de concurrir en una lista del Socialismo Democrático a las elecciones del nuevo órgano constitucional, separados de Apruebo Dignidad, es una de esas decisiones políticas que marcarán estratégicamente el rumbo de la centro izquierda, la que ha estado casi una década viviendo una vergonzante renuncia a su identidad, su experiencia de gobierno y sus logros en beneficio del país.
Lo mismo se podría decir de la decisión del Partido Socialista, que después de mucho intentarlo, de ires y venires, logra por fin adherirse, aunque no sin complejos, a la “unidad de la izquierda”, dando sustento y buscando con relativo éxito convertirse ad portas de un cambio de gabinete en la fuerza principal del gobierno de Gabriel Boric.
Ambas decisiones pueden importar un cambio radical en el cuadro político hacia el futuro. El PS, a 50 años del fracaso de la experiencia de la Unidad Popular, en lo que se puede considerar un retroceso político e ideológico, retoma la política del frente de izquierda, donde presumiblemente el eje será el acuerdo histórico PC-PS, donde Boric y la mayoría del Frente Amplio terminarán reconociéndose como parte del amplio curso del socialismo chileno. Ya el diputado Ibáñez, presidente del partido del Presidente, ha sido explícito con ofertas de mal gusto al respecto.
La aventura del PPD es tan auspiciosa como arriesgada.
La centro izquierda hace tiempo que reclama un actor a la altura, capaz de asumir los nuevos desafíos que encara el país en el siglo XXI sin abjurar de la transición democrática, de la obra de los gobiernos de la Concertación y de la evolución o renovación ideológica que llevó al socialismo a abrazar sin tapujos los valores democráticos acercándose de este modo a las fronteras de la socialdemocracia.
Una centroizquierda que reconozca con orgullo su trayectoria y que asuma los retos del presente reafirmando sus convicciones democráticas y transformadoras. El riesgo proviene de la debilidad de los partidos que la conforman y la credibilidad que tienen que reconquistar tras una década de amor sin fronteras con “la juventud maravillosa”.
Lo que es claro es que el gesto del PPD y especialmente de su presidenta que debió enfrentar no sólo los deseos del Presidente de laRepública sino también de la nomenclatura partidaria, siempre disponible para asumir “nuevas responsabilidades”, abrió una esperanza para recomponer una centroizquierda con proyecto propio en el país, alejada del vanguardismo, de la superioridad moral y del espíritu refundacional.
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