Diciembre 1, 2023

Mi Villano Favorito. Por Cristóbal Bellolio

Ex-Ante

Esto ya no tiene que ver con la constitución. La derecha ya decidió que tiene menos chance plebiscitando sus ideas que convirtiendo el 17 de diciembre en un referéndum sobre Boric, su gobierno, y todo lo que representa su mundo político y cultural. Ahí tiene a su villano favorito.


Le costó a la derecha darse cuenta del espejismo del 4S y las posteriores elecciones del Consejo Constitucional. Según sus auspiciosas conclusiones, el voto obligatorio habría demostrado que los chilenos son mayoritariamente moderados o bien conservadores. Eso motivó a José Antonio Kast y compañía a tomar una arriesgada decisión: en lugar de administrar parsimoniosamente el anteproyecto consensual de los expertos, decidió inseminar la propuesta con su ADN ideológico. Apostaron a que las ideas del texto serían suficientes para dar vuelta el partido: menos políticos, más libertad de elección, menos impuestos, más mano dura, menos inmigrantes, más bandera chilena.

Pero la aguja no se movió. Del mismo modo que las izquierdas de la Convención intentaron infructuosamente evitar el descalabro con la ruidosa aprobación de los derechos sociales, la gente no estaba prestando mucha atención a los contenidos. Parece que no quiere ni enterarse de la teleserie. Entonces le cayó la teja a la derecha: los chilenos no votaron realmente por sus ideas sino que contra un proceso que sigue afectivamente anclado al (mal envejecido) estallido social.

Del mismo modo que Javier Milei no ganó en Argentina por su credo libertario sino porque vehiculizó mejor el “voto bronca”, los estrategas de la derecha atinaron tarde a que las elecciones contemporáneas no las ganan los que construyen un horizonte común sino los que destruyen al adversario.

De alguna manera, Kast siempre lo supo: aprovechando la impopularidad del gobierno, hace rato que viene toreando al presidente y a su coalición para que manifiesten su opción en el plebiscito. Algo parecido trató de hacer la presidenta del Consejo, la republicana Beatriz Hevia, al marcar majaderamente sus diferencias con Gabriel Boric en la ceremonia de cierre. La estrategia es simple: si la gente sabe que ellos están allá, entenderá más claramente que tiene que estar acá.

Pero no es fácil explicar que la bronca se canaliza mejor votando A Favor en lugar de En Contra de algo. Intuitivamente, si se trata de tirarles el proceso constituyente por la cabeza a los políticos, lo natural es rechazar cualquier cosa que propongan. Eso, y no la victoria de “las ideas de la libertad”, explica en gran medida el resultado del 4S. La derecha se devaneó los sesos tratando de cuadrar este círculo: cómo lograr que la opción A Favor canalice la mala vibra acumulada.

Y entonces apareció el que se jodan, sincerando que la alternativa programática que pusieron sobre la mesa no tiene la tracción necesaria, y que la única forma de ganar es escogiendo un buen villano para antagonizar. En las últimas semanas, la derecha se ha encargado de repetir en cada instancia que votar A Favor es realmente votar contra Boric, contra los comunistas, contra el frenteamplismo, contra el octubrismo, y prácticamente contra la maldad y el pecado original. Los recién incorporados Amarillos y Demócratas actúan con el celo de Torquemada repartiendo excomuniones entre sus examigos centristas. ¿Qué es eso de querer una constitución “que nos una”? ¡Al infierno de los extremistas!

Ya no importa realmente el texto. Tampoco importa tanto quién cierra mejor el proceso, la obsesión mediática de las últimas semanas. Lo que importa ahora es quién tiene el mejor villano. La derecha ya escogió: A Favor, y dile chao al merluzo, rezan sus poco democráticos carteles en la Alameda. Jadue y Stingo nunca habían sido más gravitantes que ahora: sus opiniones serán elevadas a bulas papales y sus videos -no importa la fecha- viralizados como el hallazgo del Santo Grial. Que su capital político esté reducido a cenizas es un detalle: son villanos mejores que Darth Vader.

La verdad es que esta ha sido la tónica del proceso constituyente desde el primer día. La Convención escogió a las míticas tres comunas como antagonista. En su primer día como presidenta, Elisa Loncon cargó contra los representantes de los privilegios. Los argumentos para abolir el Senado tenían menos que ver con la redundancia operativa de tener dos cámaras y mucho más con representar un reducto de corrupción oligárquica. Como lo sinceró Fernando Atria, para que la constitución fuera de los “excluidos de siempre”, había que “excluir a los incluidos de siempre”.

El Consejo liderado por Republicanos siguió en la misma frecuencia adversarial. Si bien tuvo la oportunidad dorada de consolidar la lógica de acuerdos transversales de la comisión experta, optó por derrotar a la izquierda y elaborar una propuesta partisana: ¿para qué desaprovechar la oportunidad de dejar el tejo pasado? En el peor de los casos, subsiste la constitución de Guzmán, y en el mejor, la de Kast. Una vez escogida esa estrategia, la humillación del adversario es el combustible anímico necesario para encender a la tribu propia.

Esto ya no tiene que ver con la constitución. La derecha ya decidió que tiene menos chance plebiscitando sus ideas que convirtiendo el 17 de diciembre en un referéndum sobre Boric, su gobierno, y todo lo que representa su mundo político y cultural. Ahí tiene a su villano favorito.

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