Pasamos los últimos cuatro años preguntándonos por nuestra Constitución, cerramos esta discusión y hoy nos toca levantar la cabeza.
Después de un proceso que incluyó la revisión de los últimos treinta años, nos toca pensar las próximas décadas. El éxito de los 90 no fue casualidad.
La apertura al comercio internacional, miles de millones de dólares de ahorros previsionales invertidos en infraestructura y empresas nacionales, y una política social expansiva fueron una estrategia tanto deliberada como acertada para cambiarle la cara al país. Sin embargo, el mundo cambió, esa formula se agotó y hoy toca tomar nuevas decisiones.
Es urgente una hoja ruta que nos permita salir del pantano político y económico en el que nos encontramos.
¿Necesitamos que nuestros estudiantes aprendan chino para un mundo donde Asia es el motor del crecimiento económico? ¿O eso sería una pérdida de tiempo dado que la Inteligencia Artificial en breve traducirá nuestras conversaciones en tiempo real? En ese caso ¿Cómo rediseñamos el sistema educacional para que las nuevas generaciones lideren la industria tecnológica?
¿Apostamos por ser un centro financiero de Latinoamérica e invertimos en nuestras relaciones con la región, apalancándonos en nuestro idioma y cultura común? ¿O miramos hacia el Pacifico, aprovechando nuestras riquezas naturales para fortalecer nuestros vínculos con Australia, Indonesia y China? ¿O buscamos potenciar los vínculos diplomáticos y económicos con Europa y Estados Unidos en medio de un mundo que se polariza? ¿Podemos aspirar a las tres?
En nuestro camino por mejorar el bienestar de todos, ¿aumentaremos las transferencias del Estado, fortalecemos la cobertura pre-escolar o pondremos incentivos en industrias específicas?
Quedando innumerables preguntas trascendentales por plantear, urge dejar de prestar atención a promesas vacías del político de matinal de turno, y entender que la conducción de un país necesita tanto de consensos democráticos como del rigor técnico.
Lamentablemente hoy la discusión política está centrada en el corto plazo, eludiendo estas preguntas. Para abordarlas, necesitamos del empuje de gremios, academia y gobierno para rayar la cancha, acordando principios y focos de desarrollo.
Tomar decisiones y poner los incentivos. Una discusión mas concreta y técnica que la constitucional. Una que se enfoca no en las normas políticas, sino que las herramientas y medios que tiene el país para mejorar el bienestar de todos. Comenzando por reformar el empleo público para mejorar los servicios del Estado hasta los incentivos y regulaciones para promover industrias estratégicas e inversión, y así, tener una mercado laboral con más oportunidades.
La marginalidad que alimenta al narco y la delincuencia no se resuelve simplemente con más Estado como clama la izquierda, ni con más mercado como diría la derecha. Necesitamos una mejor versión de ambos.
Quizás esto sea mucho pedir. En medio de un sistema político disfuncional y un gobierno que no ha presentado avances en las prioridades ciudadanas, pareciera que es imposible levantar la cabeza. Pero no queda otra. De lo contrario, en el mejor de los casos, mañana amaneceremos con el corto plazo aparentemente resuelto, pero con los mismos problemas estructurales.
Conducir el país inevitablemente implica mascar chicle y caminar al mismo tiempo. Resolver la contingencias mientras se toman decisiones pensando en la próxima generación.
Ojalá el 2024 podamos conversar sobre nuestra estrategia para ser un mejor país para todos.
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