La PAES y el impacto de una buena educación. Por Juan José Obach

Director ejecutivo de Horizontal

La aniquilación de los liceos emblemáticos generó un tremendo daño a aquellas familias de clase media que, a punta de esfuerzo y apoyo incondicional a sus hijos, lograban que estos pasaran a formar parte de la élite.


Partamos de lo básico: es innegable el efecto positivo que tiene la educación en el desarrollo económico de las sociedades modernas. Una buena educación no solo permite adquirir destrezas y habilidades para acceder a mejores empleos y aumentar ingresos, sino que es una palanca de movilidad social, nivelando la cancha y haciendo una sociedad más productiva y cohesionada. Lamentablemente, los resultados de la PAES 2023 -junto con otra evidencia acumulada- nos confirman el sombrío diagnóstico de que nuestro sistema educativo hoy se encuentra lejos de producir estos efectos.

Si bien no es sano evaluar a los colegios solo bajo una métrica, la desaparición de la educación pública del ranking PAES 2023 (sólo dos colegios públicos en el top 100) evidencia que no está cumpliendo un objetivo básico: equiparar la cancha. El caso más evidente es el SLEP de Atacama (representa más del 60% de la matrícula de la región), cuyos problemas de gestión se reflejaron en el peor promedio regional PAES.

Aun cuando los recursos públicos destinados a los SLEP no son bajos (promedio de $251.000 al mes por estudiante vs $169.500 en colegios particulares subvencionados), en la última década alrededor de 800.000 estudiantes han abandonado la educación pública. ¿En qué se gastan estos recursos y por qué no entregan los resultados esperados? Son preguntas básicas que debemos responder si queremos arreglar el problema.

El caso de los liceos emblemáticos, otrora símbolos de movilidad social, es una tragedia. Si el Instituto Nacional el 2005 ostentaba el noveno lugar del ranking PSU, este año apenas aparece en el puesto 267. Mismo caso para el Carmela Carvajal, INBA, el Lastarria, entre otros. Si bien esos “buenos puntajes” ahora pueden estar repartidos más homogéneamente dentro de la matrícula, la aniquilación de los liceos emblemáticos generó un tremendo daño a aquellas familias de clase media que, a punta de esfuerzo y apoyo incondicional a sus hijos, lograban que estos pasaran a formar parte de la élite. Y con una élite cada más homogénea e impermeable, se daña la capacidad de desarrollo del país.

La guinda de la torta la pone el actual gobierno. En vez de elaborar e iluminar un diagnóstico comprehensivo y liderar un plan de acción ante tamaño desastre, nuestras autoridades están más preocupadas de que no se difundan estos malos resultados (recordemos que algo similar pasó en el caso del SIMCE).

Y si se trata de premiar el mérito, los puntajes nacionales quedaron debajo de la mesa: hoy ya no se les invita al tradicional desayuno en la Moneda con el Presidente. Si gran parte de la izquierda -sobre todo la generación frenteamplista que enarboló la educación como bandera de lucha- no se desprende de los infantiles traumas que medición en educación es sinónimo de estigmatización y premiar el mérito es per se injusto, acostumbrémonos a que el 34% de los jóvenes no sepa identificar la principal idea de un texto corto o que el 56% no pueda interpretar y reconocer una simple situación representada matemáticamente (PISA, 2022).

En todo el debate de crecimiento y productividad, olvidamos que una mejor educación es quizás la herramienta más poderosa que tenemos como sociedad para alcanzar altas tasas de crecimiento, mejores salarios, más productividad y más recaudación fiscal. Por ejemplo, en base al trabajo de Hanushek y Woessmann (2015), en Horizontal estimamos que si Chile lograr cerrar la brecha con la OCDE en rendimiento académico, aumentaríamos la tasa de crecimiento de largo plazo en 1,1 puntos, llevándola a 3,2% (Horizontal, 2023).

La primera prioridad de los gobiernos de turno y de parlamentarios debería estar en mejorar la calidad de la educación que se imparte en las más de 9.000 escuelas a lo largo del país. Pero, no. Lamentablemente, los incentivos de corto plazo nublan la mirada de nuestra clase política. No hay respuestas estructurales y tampoco visión de largo plazo. Por el contrario, nos acostumbramos a un triste debate público, donde cada vez que se da a conocer algún resultado en educación (PAES, SIMCE, PISA) nos escandalizamos, recriminamos a nuestros adversarios y, al día siguiente, volvemos a nuestros asuntos como si nada. Demasiado castigo para generaciones completas y para el futuro del país.

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