Jaime de Aguirre: Entre Tongoy y Los Vilos. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista
Ministro Jaime de Aguirre (Culturas). Foto: Agencia Uno.

Cuando trabajaba en televisión se hizo famoso por usar para cualquier cosa la expresión “entre Tongoy y los Vilos”. Pero entre Tongoy y los Vilos no hay mucho. Es decir, más o menos nada, que es lo que ha mostrado el ministro. La última decisión de declinar que Chile sea el invitado de honor en la feria del libro más importante y prestigiosa del mundo, la de Frankfurt, no es solo una locura peligrosa e inédita (ningún país lo ha hecho antes), sino parte de una política cultural absolutamente incoherente, vacía de contenido, ausente de iniciativa.


El presidente lee poesía. De eso no cabe duda. Cita poemas, compra volúmenes cada vez que puede, aunque toda su política en torno al libro pareciera estar dirigida a que nadie más que él pudiera leer poesía. La última decisión del gobierno de declinar ser el invitado de honor en la feria del libro más importante y prestigiosa del mundo, la de Frankfurt, no es solo una locura peligrosa e inédita (ningún país lo ha hecho antes), sino parte de una política cultural absolutamente incoherente, vacía de contenido, ausente de iniciativa, que pareciera consistir en que el presidente pueda ir gratis a recitales y sacarse fotos en exposiciones, mientras los creadores viven en un estado de penuria y soledad sin precedentes.

La pandemia y el estallido espantaron a los inversores privados y al público habitual de las salas de las que viven el teatro, el ballet y la música. Esta misma combinación de estallido y pandemia aisló el mundo del libro, el cine y el arte de la participación en bienales, festivales y ferias del libro que son esenciales para su sobrevivencia. Todos esperaban de un gobierno que mendigó hasta el asco a rostros y firmas de “famosos” para llegar al poder, un apoyo sólido, consistente, inteligente a la cultura en aprietos.

¿Qué ha recibido a cambio? Peleas sindicales, galimatías seudo académicas, responsables irresponsables, y montañas de licencias médicas. Eso y funas a periodistas retuiteadas por el presidente, y castigos a escritores que no escriben lo que hay que escribir. Una política cultura patéticas, partidista, paupérrima.

No me haré cargo del rumor absurdo de que la ministra de Cultura anterior llego ahí por una confusión de nombre. Pero su gestión fue exactamente eso, una enorme confusión sin nombre. Su reemplazante, Jaime Aguirre, era el rostro mismo del concertacionismo cultural y su tendencia a no mostrar ni en chiste La Moneda en llamas o ningún documental o voz discordante con la sonrisa oficial. Si no se podía esperar de él ni audacia ni profundidad ni vanguardia, al menos se podía esperar capacidad de gestión y sentido del espectáculo. Hasta ahora no parece brillar por ninguna de las dos cosas.

Cuando trabajaba en televisión se hizo famoso por usar para cualquier cosa la expresión “entre Tongoy y los Vilos”. Pero entre Tongoy y los Vilos no hay mucho. Unos quesos, unas termas, tierra seca. “Entre Tongoy y los Vilos” es decir más o menos nada, que es lo que ha mostrado el ministro. Hasta ahora su gestión ha cumplido con la misión de no presentar nada claro a no ser la perpetua referencia a los 50 años, conmemoración que según el presidente consistirá en darle un enfoque de futuro y defensa de la democracia a las actividades ya organizadas por universidades, teatros y centros de pensamiento. Que se sepa, cero pesos, cero centavos.

Es el ministro del ahorro, no solo de plata sino de ideas, de iniciativas, de colores, de risa, de llantos, de proyectos. El ministro que menos teme, porque menos hace. Y claro, puede parecer un lujo que en un país que no ha llegado al desarrollo el Estado invierta en llevar a decenas de escritores y editores a Frankfurt.

Si lo hacen tan mal como lo hicieron en Buenos Aires, donde los argentinos quedaron espantados por la pobreza intelectual y física de sus colegas, puede parecer una pérdida de tiempo. Pero no lo es. Incluso haciéndolo tan mal como se hizo en Buenos Aires, ir es mejor que no ir. Porque lo cierto es que Gabriela Mistral no habría sido la Nobel que fue, de vivir toda su vida en Montegrande, ni Neruda de permanecer en Temuco.

Sus dos enormes sombras fueron parte de un trabajo consciente y consistente del Estado chileno para el que trabajaron casi todas sus vidas y usaron toda la red de su diplomacia para que sus méritos fueran visibles en Estocolmo. Si Chile existe y no es como pensaba Nicanor Parra (otro viajero pertinaz) solo un paisaje, se lo debemos a la Mistral, a Neruda, o a la Violeta Parra (que supimos quién era cuando expuso en el Louvre), o Matta y Arrau, que no recibieron en cambio de Chile más que distancia y desprecio.

Es en Frankfurt en que se engendran los premios Nobel. Raúl Zurita o Diamela Eltit, que suenan para estas instancias, se quedarán en Santiago firmando libros en una Feria Internacional de Santiago también fantasma. Se seguirán leyendo poemas en los actos cívicos, pero se seguirá sin entender que la poesía o la novela y el teatro dialogan con su época, y su mundo, que se escriben aislados, pero nunca solo, que en la literatura importa tanto el que escribe como el interlocutor a quien se escribe. El afuera es tan relevante para la escritura como el adentro. La propia lengua así como las extranjeras que la alimentan y cuestionan.

Una de las cosas que ha empobrecido la producción nacional últimamente es justamente esa pobreza del interlocutor que suelen ser los colectivos, o peor aún el miedo a que esos colectivos te funen. Una isla, como la nuestra, necesita de ferry y puentes aéreos para no ahogarse en ella misma. Pero al parecer por una mezcla rara de cobardía y avaricia, de falta de visión o de exceso de problemas internos, nos quedaremos todos encerrados entre Tongoy y los Vilos, entre la nada y la cosa ninguna.

El presidente debería saber, sin embargo, que la poesía con la que tanto le gusta “cartelearse” y adornar sus discursos y su persona, no se escribe sola, que hay condiciones de vida que pueden permitirla o aplastarla. Por el momento su amor por la poesía del pasado se une con el desprecio por los que escriben hoy. Es decir, su desprecio por la poesía de mañana.

Lea también. Gobierno declina invitación en Feria del Libro de Frankfurt (ex-ante.cl)

 

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