Abril 30, 2021

Opinión: La instigación de antagonismos ha devenido en un buen negocio para políticos y todo tipo de celebridades

Cristián Valdivieso, director de Criteria
Crédito: Agencia Uno.

Lo que estamos viviendo en el país no es polarización. La opinión pública no está dividida en dos extremos opuestos y relativamente equivalentes. Lo que se observa es más bien una multipolarización caracterizada por un proceso político de búsqueda de audiencias mediante la activación de antagonismos y conflictos en una dinámica adversarial, facilitada por las redes sociales y una emocionalidad a flor de piel.

¿Donde están los dos polos en disputa? Basta reflexionar un momento para notar que no estamos frente a dos polos en disputa, como si los hubo el 73’ entre la izquierda y derecha, o más recientemente entre el Sí y el No para el plebiscito de 1988. En ese entonces sí había dos proyectos políticos opuestos, dos polaridades definidas que dividían al país frente a dos caminos divergentes.

  • La polarización entre comunistas y capitalistas caracterizó a la Guerra Fría, o se vive actualmente en Estados Unidos entre el modo de entender el mundo de una mitad de la población que votó por Trump y el de la otra, que optó por sacarlo de la presidencia. Visto así, cuando en Chile tenemos más de 20 candidatos a la presidencia y múltiples propuestas de izquierda y derecha que no representan a la mayoría de la población, ¿cuáles serían los dos proyectos políticos que hoy nos polarizan?
  • Lo que estamos viviendo en el país no es polarización. La opinión pública no está dividida en dos extremos opuestos y relativamente equivalentes. Lo que se observa es más bien una multipolarización caracterizada por un proceso político de búsqueda de audiencias mediante la activación de antagonismos y conflictos en una dinámica adversarial.
  • Facilitado por la masificación de las redes sociales, los algoritmos de recomendación digital y una emocionalidad social a flor de piel, la instigación de antagonismos ha devenido en un buen negocio. Políticos, periodistas, conductores de matinales, analistas y celebridades de todo tipo han comprobado que encontrar enemigos y proponerlos como causantes de muchos de los males sociales, posibilita segmentos de mercado, audiencias ávidas de consumo antagónico.

El negocio de la adversalidad. Conversos, élites, comunistas, empresarios, migrantes, tecnócratas, aprobadores y rechazadores y, por sobre todos, Sebastián Piñera, han sido municiones usadas como cebos para atraer audiencias deseosas de encontrar adversarios sobre los cuales descargar la rabia, cohesionarse y canalizar la frustración.

  • Nada más y nada menos que vender un espacio de certezas –el viejo recurso del enemigo como epítome explicativo del malestar—en un contexto cargado de incertidumbre. Nada más que la oferta de una identidad de grupo, un espacio de reconocimiento de un nosotros en un mundo fragmentado y líquido de sentido.
  • Ese es el negocio de la adversarialidad: encontrar un enemigo verosímil responsable de nuestros males, usando la elicitación emocional como acicate para buscar diferenciación por contraste. Ellos, los malos, en contraposición a nosotros, los buenos.
  • Una dinámica propia de sectas, donde unos iluminados ofrecen como camino de alivio a la angustia existencial y la falta de sentido vital, la posibilidad de congregar a personas que piensan o creen pensar parecido. No estamos solos, nos une el enemigo común al que enfrentar, aunque no tengamos claro para qué.
  • Adversarios de distinto tipo, forma y duración que no logran dibujar una polarización social en torno a proyectos diferenciadores, sino que nos agrupan transitoriamente sobre fragmentos de odio basados en deseos vaporosos.
  • Audiencias a las que, más temprano que tarde, al igual que las sectas, los iluminados les pasan la cuenta en votos, rating, suscripciones de pago o demandando incondicionales likes o retuits para ampliar la base.
  • Por ahora, la polarización como concepto es insuficiente para describir un fenómeno de odiosidades fragmentadas. En el futuro, después que termine su mandato constitucional el 11 de marzo de 2022,  al Presidente  Sebastián Piñera le dolerá haber sido una fuente prolífica para un negocio sobre el cual nada rentó.

 

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