Entre la motosierra y el puente colgante: el dilema electoral en Argentina. Por Paz Zárate

Abogada Internacionalista
Massa y Milei en la disputa por la presidencia argentina.

Nuestros vecinos ahora deben elegir entre una personalidad televisiva sin el talante ni la experiencia en construcción de coalición política, y por otro un negociador con experiencia, pero que no ha podido controlar la inflación y el gasto público, y que no parece capaz de poner fin a la corrupción que permea el Estado. Argentina está pagando un precio altísimo por vivir más allá de sus medios, gastando como país del primer mundo y recaudando como tercermundista. Pero la opción que tome podría incrementar el precio todavía más.


En el último año, la misma nota de prensa sobre Argentina se ha repetido una y otra vez en los noticiarios nacionales: el llamado a aprovechar el descalabro económico para hacer turismo y compras al otro lado de la cordillera, sin prestar mayor atención a las externalidades negativas de esta crisis, que también alcanzan al vecindario. Sólo en meses recientes ha habido un giro en el comentario, para ocuparse del político de ínfulas rockeras que sorprendió en las elecciones primarias, pero con más énfasis en sus excentricidades que en sus propuestas.

Para nadie en nuestro país ni en nuestra región puede ser buena noticia que Argentina, un país que pudo ser los Estados Unidos del Cono Sur, receptor de migración europea y conocido por su desarrollo de las artes, generoso en recursos naturales y humanos, sea hoy un ejemplo mundial de fracaso gubernamental (opinión del Financial Times).

Argentina es actualmente el mayor deudor del Fondo Monetario Internacional (1/3 de la cartera de préstamos del fondo) y no tiene reservas para pagar la deuda. El glamour y belleza que todavía conservan sus principales ciudades disimula el hecho que el 40% por ciento de la población vive en la pobreza. Los mercados financieros ven una alta probabilidad de que el país entre en default antes del fin del próximo año –por décima vez en su historia.

La falla de Argentina es estructural. Mucho más que el manejo de la economía, y más que la disfunción entre los poderes del Estado, y la ineficiente división entre el centro y las provincias, lo que destruyó la estabilidad y prosperidad argentinas ha sido, por un lado, la incapacidad de su clase política para construir acuerdos con mirada de Estado; y por otro, la corrupción. Esto es, en un país de gente educada, ubicado en un continente sin guerras, echó raíces profundas una cultura que destruyó la confianza y amistad cívicas, y alejó la inversión.

Argentina tiene una inflación crónicamente alta (hoy, de casi 150%, la tercera más alta del mundo) por el constante desequilibrio de las cuentas fiscales: cuando no puede financiar con impuestos o deuda, imprime billetes. Adicionalmente, la falta de seriedad y trasparencia y perspectiva de largo plazo en la elaboración de políticas públicas ha arruinado grandes oportunidades, como la posibilidad de abrir su economía al mundo mediante el libre comercio —optando por el proteccionismo del Mercosur— y la demanda global por alimentos e hidrocarburos (aquella por el litio puede correr la misma suerte).

Existe entonces una rabia ampliamente extendida contra el status quo, que en esta elección Javier Milei, el candidato outsider, ha logrado en buena parte capitalizar. Por eso, pese a salir segundo en esta primera ronda electoral, sus posibilidades de ganar la elección presidencial en segunda vuelta son aún importantes. Aunque el oficialista Massa podría recoger con facilidad los votos de los dos candidatos con menor votación, aún quedaría lejos de la votación que necesitaría para ganar. La derechista Bullrich, por otro lado, podría pactar con Milei una alianza que ofrezca la gobernabilidad que este último hoy no ofrece: esto haría más atractiva la alternativa restante al peronismo, acercándola a la Presidencia.

Milei tuvo la suerte de que la derecha presentó una candidatura aburrida, sin mística ni destino. Eso le permitió ganar terreno subrayando la existencia de un vínculo entre criminalidad y actividad política, y dando voz a la inmensa frustración de una parte significativa de la ciudadanía, que ya no confía en el Estado ni en el establishment: los argentinos han perdido tanto, que también perdieron el miedo a un cambio total. 

Además, Milei logró sacudir la modorra articulando un relato personal, encendiendo una chispa de esperanza de que el país podría regresar al camino de desarrollo. El problema de Milei son las soluciones ofrecidas -descabelladas- y el método: la motosierra, esto es, el quiebre radical, y no la unidad ante la profunda crisis.

Si Milei ha quedado segundo en esta primera ronda, probablemente se debe no tanto al fortalecimiento de la opción oficialista sino al hecho de que los votantes están conscientes que las soluciones que ofrece son impracticables. Esto explica que antes de la primera vuelta, sus asesores ya hayan relativizado algunas de sus propuestas, como la dolarización (debido a la falta de divisas y apoyo político) y la eliminación del Banco Central o de varios Ministerios, favoreciendo en cambio una regulación diferente.

Por eso, nadie sabe en realidad qué significaría en concreto una Presidencia de una persona excéntrica en su vida personal, deschavetada en sus propuestas programáticas más notorias, y sin ninguna experiencia ejecutiva. Además, hay que tener en consideración su brevísima vida política (cuatro años), y su falta de equipo: la jefa de su campaña y persona central en la construcción de su plataforma política es su hermana Karina, relacionadora pública con experiencia en pastelería y que hasta hace dos años vendía tortas por Instagram.

El miedo a este inmenso salto al vacío es quizá la clave del camino que debe andar el oficialista Massa. Un líder deslenguado, en el contexto de una situación límite, siempre podrá generar cierta simpatía; pero una mirada responsable no puedo sino considerar a Milei un peligroso tiro al aire, y sólo para su propio país.

Su idea de romper con todo lo establecido es literal y expansiva. Su cierre de campaña se centró sobre imágenes apocalípticas de explosiones nucleares y demoliciones. Su retórica incendiaria y sin límites, su falta de planes serios, significa que es capaz de absolutamente todo: así como puede especular sin escrúpulos que en el futuro los padres podrían vender a sus hijos, creando un nuevo “mercado”, es posible pensar en Milei, un profesional de la provocación, lanzando ideas deschavetadas un día cualquiera respecto a relaciones internacionales, como sería especular sobre la amenaza del uso de la fuerza para resolver conflictos.

La historia muestra que para socavar gravemente una democracia o las relaciones internacionales de una nación, bastan las palabras.

Para evitar seguir caminando a un abismo, Argentina debe tomar decisiones difíciles. Se necesitan reformas estructurales, donde todos los sectores políticos sean capaces de acordar un programa serio de reformas de largo plazo, y no sólo económicas. El señor de la motosierra puede haber acertado en la necesidad de un cambio gigante, pero los acuerdos -imprescindibles- necesitan puentes, aunque sean colgantes o muy frágiles; no demoliciones.

Nuestros vecinos ahora deben elegir entre una personalidad televisiva sin el talante ni la experiencia en construcción de coalición política, y por otro un negociador con experiencia, pero que no ha podido controlar la inflación y el gasto público, y que no parece capaz de poner fin a la corrupción que permea el Estado.

Argentina está pagando un precio altísimo por vivir más allá de sus medios, gastando como el país del primer mundo y recaudando como tercermundista. Pero la opción que tome podría incrementar el precio todavía más.

Desde Chile, les deseamos suerte.

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