El largo recorrido de la izquierda para caer en manos de Kast. Por Jorge Schaulsohn

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Crédito: Agencia Uno.

Vamos bien encaminados, en una situación inimaginable hace no tanto tiempo, pero estamos en manos del partido de José Antonio Kast, lo que no es muy reconfortante. El consejo será contencioso y la izquierda tendrá que hacer concesiones dolorosas que no se vio forzada a hacer en el Consejo de Expertos, donde los republicanos decidieron no interferir porque estaban subrepresentados. Solo queda confiar en que los republicanos no traspasen los límites, y así no empujen a la izquierda a generar un movimiento importante que abogue por el rechazo.


El último capítulo de esta historia aún no está escrito y el clavo se podría volver a torcer. Sin “animus injuriandi” hoy el sitial que en su día ocupó la lista del pueblo que causó tantos estragos lo tienen republicanos. Un partido que obtuvo un gran respaldo electoral y que tiene una agenda político-cultural muy nítida que a la izquierda le resulta repelente.

Además, los republicanos han llegado donde están precisamente por su intransigencia doctrinaria. El mayor peligro para ellos y para su líder es desperfilarse, mimetizarse con la derecha dialogante a la que tanto han criticado. Sucede que la constitución es el lugar ideal y apropiado para que los republicanos intenten introducir elementos importantes de su agenda y sería totalmente ingenuo pensar que no lo van a intentar. Se trata de temas neurálgicos tales como aborto, derecho preferente de padres a educar, a elegir prestadores privados en salud, propiedad de fondos de pensiones, paridad, cupos reservados, sistema político, fuerzas armadas, libertad religiosa.

Temas que los expertos optaron por soslayar para posibilitar el acuerdo al que arribaron, que apuntan al corazón de lo que algunos llaman “constitución habilitante”, es decir que esas materias sean resueltas en el congreso. Justamente lo que no quieren los republicanos que están más cerca de la idea “democracia protegida”.

En los últimos años hemos vivido arriba de una montaña rusa. Partimos en octubre del 2019 con un estallido social que descolocó a medio mundo porque nadie podía entender cómo el país más próspero y estable de Latinoamérica estaba inmerso en una revolución social anti sistémica y violenta.

Fue como si el país se hubiese enterado de la noche a la mañana de que los últimos treinta años no fueron sino una estafa piramidal urdida por una clase política decadente y “out of touch”.

Los políticos de centro izquierda se sintieron intimidados, superados por la magnitud de los acontecimientos y se terminaron sumando a la ola revolucionaria asumiendo una postura autoflagelante que culminó en la firma de un acuerdo que abrió paso a una convención constituyente con términos y condiciones impuestos por la calle.

Todo eso que fue refrendado en un plebiscito por una ciudadanía aterrada y hastiada de la violencia que el gobierno parecía totalmente incapaz de controlar. Ese resultado extraordinario se tomó como una manifestación inequívoca de que el pueblo de Chile no quería otra cosa sino una nueva constitución, pese a que en ninguna encuesta apareció jamás como una prioridad.

A partir de ese momento se construyó la ilusión de que la causa basal de los problemas solo se podría resolver cambiando la constitución “de Pinochet”. Íbamos irremisiblemente encaminados hacia un cambio del modelo de desarrollo.

La izquierda avanzaba con viento de cola y así llegó a la presidencia de la república Gabriel Boric de la mano de una coalición negacionista de la historia de los últimos treinta años. Su programa de gobierno inspirado en el legado, trunco, pero no derrotado, del presidente Allende solo era posible cambiando la constitución lo que se transformó en el principal objetivo.

Pero Chile despertó. El voto obligatorio sacó de sus cuarteles de invierno más de cuatro millones de electores que hace años que se habían marginado de los procesos electorales y que no se sentían en lo absoluto representados por el proyecto constitucional maximalista de la izquierda; un sector que probablemente siempre albergó un repudio silencioso a la violencia del estallido y que le recordó el clima reinante en las postrimerías de la Unidad Popular.

También un sector significativo de centro izquierda concertacionista, hasta ese momento apabullado, saco la voz encabezada por el mismísimo Ricardo Lagos que se negó a respaldar el apruebo. Lo que, sumado a los excesos de una izquierda fundamentalista, arrogante y a un gobierno ineficiente, impopular y mal evaluado se tradujo en un contundente rechazo.

Ahí terminó el ciclo alcista de la izquierda que estuvo solo a milímetros de alcanzar sus sueños. Como en el mito de Sísifo la izquierda frenteamplista empujo la roca cuesta arriba hasta la cima de la montaña y cuando estaba a punto de alcanzarla la roca rodo hacia abajo.

Hay un abismo entre este proceso constitucional y el que fracasó. Todo es diferente, desde lo simbólico a lo retórico. La vestimenta, el lenguaje corporal, el contenido del ante proyecto, el papel de lo expertos y por supuesto su composición con predominio absoluto de la que fue la minoría despreciada y ninguneada en la convención.

Pero también hay un cambio fundamental en la conducta del gobierno y del propio presidente que en su cuenta pública optó por el dialogo y los acuerdos, yendo muchos más lejos que Bachelet cuando se vio acorralada y levanto la consigna de “pragmatismo sin renuncios”.

Hoy vemos a Boric sentado con los líderes del empresariado, uno a uno negociando la reforma tributaria, anticipando que él hoy estaría en condiciones de votar apruebo el ante proyecto de los expertos.

Hemos vuelto a los tiempos políticos pre-estallido social con una revalorización del pasado y ello con la complicidad del Partido Comunista. El PC, con su pragmatismo “vaticano” y mirada de largo plazo entiende que la batalla refundacional está perdida; que lo más importante es “salvar los muebles”, es decir que este gobierno no termine tan mal como para sepultar posibilidades electorales de la izquierda por un largo tiempo.

Pese a todos los vaivenes y sobresaltos de los últimos años, nuestra democracia está saliendo fortalecida y el modelo de desarrollo legitimado; porque ambas cosas fueron sometidas a una prueba de estreses por primera vez desde 1990 y lo superaron.

Tanto el rechazo como la elección de consejeros, donde la oposición obtuvo el mismo contundente resultado, no pueden sino interpretarse como un respaldo a la democracia representativa que nos rige, lo que se refleja en al ante proyecto de los expertos.

En resumen, vamos bien encaminados, en una situación inimaginable hace no tanto tiempo, pero estamos en manos del partido de José Antonio Kast, lo que no es muy reconfortante. El consejo será contencioso y la izquierda tendrá que hacer concesiones dolorosas que no se vio forzada a hacer en el Consejo de Expertos, donde los republicanos decidieron no interferir porque estaban subrepresentados. Solo queda confiar en que los republicanos no traspasen los límites, y así no empujen a la izquierda a generar un movimiento importante que abogue por el rechazo.

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