Algo es algo: Coma piedras

Por Juan Diego Santa Cruz, cronista gastronómico y fotógrafo

Las ostras que con su sabor a mar disfrutamos hasta hoy casi de la misma forma que los precarios hombres del paleolítico, son el más delicioso de los manjares. Saladas, algo metálicas y con olor al arena de la marea baja, las disfrutamos por carnudas y por su insuperable gusto a mar.


Cuando niño era una entretención buscar las pequeñas piedras que venían en las bolsas de lentejas. Con un bolo repleto al frente había que aguzar el ojo e identificar los pequeños peñascos porque si por descuido se colaba uno en la olla y terminaba en el plato podía causar el desastre dental de algún comensal.

Los niños no suelen tragar piedras pero sí cosas raras, incluyendo las picantísimas hormigas. Para bien y para mal hay quienes pasados los dos años de edad siguen comiendo tierra y al poco tiempo les da por probar tiza, algodón, pintura descascarada, maicillo, pegamento y de vez en cuando colillas de cigarrillo o cualquier otra cochinada sin valor alimenticio. El asunto se pone triste bien rápido porque el Síndrome de Pica, la enfermedad de comer cosas que no son comida, casi siempre viene acompañada de aún peores noticias sicológicas.

Tal vez el más notable de estos hombres traga-traga fue Francesco Battalia que se ganaba la vida tragando piedras. Nacido en Italia a fines del siglo XVIII, se trasladó a Londres donde se convirtió en una atracción para todo espectador. El hombre cobraba unas chauchas para que la gente lo viera tragar pedruscos y maicillo. La mejor parte del espectáculo era cuando Francis (como le decían los ingleses) se zangoloteaba intensamente para hacer sonar las piedras que tenía en su estómago. Sacaba aplausos.

A traga-traga se le acusó de ser un estafador de incautos hasta que un doctor se interesó en el caso y, tras 24 horas sin moverse de su lado, pudo confirmar que Battalia en realidad comía piedras. El tipo era una especie de betonera que al completar la digestión no expulsaba departamentos pero si material para construirlos.

Claramente el italiano petrófago no fue el primero. Hace miles de años, algún integrante de una familia nómade, posiblemente el más idiota o el más loco, recorrió una playa de Chiloé o Normandía donde las mareas son enormes y con la curiosidad irrenunciable que produce la guata vacía, decidió pegarle un mordisco a una piedra. Para su sorpresa y la de los demás integrantes del grupo, la mascada abrió el más delicioso de los mariscos. No por nada Jonathan Swift, el de los viajes de Gulliver, dijo: “era un hombre audaz el que por primera vez comió una ostra”.

Ese valiente que por tonto o por osado abrió por primera vez el molusco y probó su carne viva, le hizo a la humanidad el más grande de los regalos. Las ostras que con su sabor a mar disfrutamos hasta hoy casi de la misma forma que los precarios hombres del paleolítico, son el más delicioso de los manjares. Saladas, algo metálicas y con olor al arena de la marea baja, las disfrutamos por carnudas y por su insuperable gusto a mar. Ellas nos unen directamente al hombre prehistórico que de tanto comerlas dejó enormes conchales a su paso. Además en occidente las comemos vivas, igual que los hombres de la prehistoria, y si de crueldad se trata, nosotros superamos a nuestros antepasados con las habituales gotas de limón que las torturan y hacen más ricas.

En fin. Es posible que fuera alguien con un tremendo despelote mental quien abriera el camino para todos nosotros: un hombre o una mujer que con su chifladura a cuestas se atrevió a mascar con ganas una ostra y nos permitió evolucionar gozando de sus proteínas, dándonos placer a raudales y provocando el amor entre quién sabe cuántas parejas (está absolutamente claro que las ostras son afrodisíacas, por favor no me vengan con evidencia que demuestre lo contrario).

Y aunque habitualmente la gente estúpida toma malas decisiones o no toma ninguna, hay unas pocas veces en que el idiota del pueblo se luce con un descubrimiento y deja de serlo. O en realidad nunca fue el más lento sino que el más inteligente, el con más cojones y más carácter de todos. Meterse algo a la boca para descubrir qué diantres es, muestra una inmensa capacidad para hacerse una pregunta que ni la mirada ni el tacto pueden responder. Ese hombre brillante, descubrió la ostra. Algo es algo.

Recetas para el domingo

Ostras con chistorra

Los efectos afrodisíacos de los erizos y las ostras se anulan. No intente comer de los dos en la misma sentada porque quedará donde mismo. Gobiérnese.

  • Las ostras es bueno comerlas en grandes cantidades. El que era seco para comer ostras a destajo era el pintor francés Claude Monet. Con su amigo Coubert pasaron una mañana entera en una pescadería en Les Halles y comieron tantas ostras que dejaron exhausto al hombre que las abría. Así se hace. Manet, el amigo de Monet, pintó las ostras que ilustran esta columna. Averigüé todo esto en el libro de cocina de Monet, que en realidad no es de él, sino de una edición souvenir que tiene las recetas que se comían en casa de los Monet. Ahí vienen las ostras con chistorra. Jamás se me habría ocurrido mezclar un embutido con mariscos pero no tuve otra que averiguar qué sabor tenían metiéndomelas a la boca. Fui feliz al comerlas. Si le da lata la mezcla de mar y tierra, simplemente vaya a comprar ostras y cómaselas con limón o algún picante o, mejor, cómaselas solas como un buen hombre del paleolítico.

Ingredientes:

  • 12 ostras abiertas y limpias

  • 1 chistorra

Corte la chistorra en 24 rodajas delgadas y saltéelas en un sartén bien caliente hasta que estén doradas. Ponga dos rodajas por ostra y cómaselas de inmediato. A gozar!

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