Enero 6, 2024

Un fracaso en cheque a fecha. Por Kenneth Bunker

Ex-Ante
Imagen: Agencia Uno.

Si Boric logra posicionar algunos proyectos estructurales, como el pacto fiscal, que en realidad no es más que una reforma tributaria disfrazada, el fracaso está asegurado. No hoy, pero en diez años. Un fracaso en cheque a fecha. Esto es especialmente cierto si las cosas se hacen de forma improvisada, a último minuto, como pareciera que se están haciendo. Luego del fracaso de la primera reforma tributaria a comienzos de 2023, lo que se presenta ahora no es un punto medio, es simplemente otra forma de hacer lo mismo.


Hace dos años exactos el comando del entonces presidente-electo Gabriel Boric se conformaba en La Moneda chica para diseñar su estrategia de instalación y la hoja de ruta que adoptarían en los dos primeros años de gobierno.

Ahora, en 2024, es obvio que lo que quiera que se haya diseñado ahí, no funcionó. En lo político, las dos personas más importantes del comando ya no están: Siches y Jackson salieron anticipadamente no solo del gabinete, sino que del debate público también.

En lo legislativo, no hay avances relevantes. A fines de 2023, la organización Ciudadanía Inteligente cifró el promedio de avance, contra promesas, en 18%, la cifra más baja desde que se aplica el instrumento, y que además esconde que, aunque sea casi un quinto, ese quinto solo comprende un total de 6 promesas cumplidas. Seis.

Si el gobierno se acabara hoy, se podría hablar objetivamente de un fracaso. Se conformaría como el peor gobierno desde el retorno de la democracia. Por supuesto, aún quedan dos años de gestión, y por lo mismo, hay que darle el beneficio de la duda, y pensar que, a pesar de todo, igual lo puede dar vuelta.

Y aunque aquello sea improbable, sigue siendo posible. De hecho, una examinación más cuidadosa a la premisa permite anticipar exactamente cuál sería la vara sobre la cual uno podría hablar de éxito.

Hay un escenario, crudo pero real, en que nada puede mejorar en lo inmediato (ni en el ámbito de seguridad, ni de economía ni laboral), pero igual se puede hablar de éxito.

El largo plazo. Es hablar de largo plazo. Si el gobierno no resuelve nada urgente, pero habla de largo plazo, igual puede zafar. El gobierno puede hacer poco más de lo que ya ha hecho hasta ahora, e igual sostener que sus resultados se verán en el futuro. Siempre podrá argumentar que su semilla quedó sembrada y que brotará al poco andar.

No hay que volver tan atrás para ver exactamente cómo funciona el recurso. Es lo que ocurrió en el segundo gobierno de Michelle Bachelet, que, como el de Boric, fue un gobierno que se definió como transformador.

El segundo gobierno de Bachelet, de origen progresista, de carácter expansivo, y de horizonte ávido, se enfocó netamente en el largo plazo. Durante la campaña dijo que le cambiaría el rostro a Chile en el largo plazo mediante grandes reformas. Dijo que transformaría al país en un lugar más justo, más democrático, y más igual y que esto lo haría vía una reforma tributaria, una reforma electoral y una reforma educacional.

¿Y cómo le fue? Pues bien, considerando que finalmente logró aprobar las tres reformas, se puede mirar hacia atrás y evaluar si la semilla brotó. Así, se pueden evaluar también las prospectivas del gobierno actual de alcanzar el éxito si deja de gobernar para hoy para enfocarse en mañana.

Lamentablemente, las noticias no son auspiciosas. A casi diez años desde la aprobación de la reforma tributaria, los economistas Sebastián Edwards y Klaus Schmidt-Hebbel ya lo catalogan como el momento en que se jodió Chile. Manuel Marfán, ex ministro de Hacienda de la Concertación, destaca que el aumento en la tasa corporativa le habría costado al país al menos 8 puntos del PIB. Javier Jaque de CCL Auditores Consultores sugiere que cerca de 50% del total se le puede endosar directamente a la iniciativa de Bachelet.

¿Es Chile un país más justo por la reforma tributaria del 2014? No. Chile es un país más pobre.

En cuanto a la reforma electoral, las noticias no son mejores. No hay como defender la idea de que el sistema electoral que debutó en 2017 terminó fortaleciendo la democracia. Si algo hizo, fue bajar las barreras de entrada, y abrir la competencia a una larga lista de partidos políticos pequeños y extremos.

Si antes el problema era que el sistema de partidos era hidropónico, ahora el problema es eso, pero a una escala exponencial. Hay 28 partidos inscritos en el Servel y lo único que han hecho es trabar avances pequeños que le podrían dar gobernabilidad al país. La fragmentación partidaria excesiva ha sido tan negativa para el país que hasta se le puede apuntar como uno de los factores responsables de prorrogar el estallido social y los dos fracasos constituyentes.

¿Es Chile un país más gobernable por la reforma electoral de 2015? No. Chile es un país más inestable.

Finalmente, asoma el tema de la reforma educacional, que, incidentalmente no solo está asociada a la raison d’être de la coalición que gobierna, sino además está justo en las noticias esta semana. Si nada más, los resultados de la PAES demuestran el fracaso.

Los indicadores y el ranking publicados dan a entender con claridad que las oportunidades que había hacen diez años ya no están. Comparativamente, los colegios privados están mejor y los liceos públicos están peor. El académico Sergio Urzúa desarrolla el argumento y apunta directamente al relato simplista que se instaló en la izquierda hace una década y llevó a profundizar la desigualdad en la educación a la gran brecha que existe hoy. Así, los impulsores de la reforma son responsables por el debilitamiento de la educación pública y todas las consecuencias que ello traerá.

¿Es Chile un país más igual por la reforma educacional de 2017? No. Chile es un país más desigual.

Volviendo al gobierno actual y su estrategia para salir del hoyo, es claro que si no logra hacerse cargo de las preocupaciones inmediatas de las personas buscará trasladar el discurso a los resultados del futuro. Pero, como ocurrió con Bachelet II, claramente mucho de aquello será pan para hoy y hambre para mañana.

Incluso si Boric logra posicionar algunos proyectos estructurales, como el pacto fiscal, que en realidad no es más que una reforma tributaria disfrazada, el fracaso está asegurado. No hoy, pero en diez años. Un fracaso en cheque a fecha. Esto es especialmente cierto si las cosas se hacen de forma improvisada, a último minuto, como pareciera que se están haciendo. Luego del fracaso de la primera reforma tributaria a comienzos de 2023, lo que se presenta ahora no es un punto medio, es simplemente otra forma de hacer lo mismo.

Si la retroexcavadora de Jaime Quintana dejó un hoyo sin tapar en la economía, y la reforma electoral dejó una plétora de partidos políticos que solo han traído inestabilidad política, y la reforma educacional de Nicolás Eyzaguirre efectivamente les sacó los patines a los estudiantes, pero no a los de la educación privada, sino que a los de la educación pública, entonces por qué no se podría presumir que otras reformas, del mismo estilo, pero peor planificadas, traerían más de lo mismo.

Al menos hay una duda razonable. Y ante esa duda razonable, lo prudente sería que el gobierno se enfocará en resolver lo inmediato. Resolver lo inmediato va contra del espíritu político del gobierno, pero al menos traería traer resultados tangibles, bienestar. Diferir al largo plazo es solo otra forma de abdicar de la responsabilidad de gobernar.

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