Hace unos años, Mario Vargas Llosa escribió un libro con el título de esta columna -sobre la historia negra de Guatemala y el derrocamiento de Jacobo Árbenz en los años 50- que pone de manifiesto el poder de la manipulación y su capacidad para orientar la opinión pública.
Algo de eso he visto en la semana al leer sobre la proyección del PIB per cápita de Chile para este año 2024, consignado en el informe del FMI sobre la economía global. Mientras un periódico destaca que superaremos los US$ 31.000 (PPP), manteniéndose nuestro país en el segundo lugar de América Latina, otro medio de prensa utiliza la cifra de US$ 24.760 (US$ int. 2017) y relega a Chile al séptimo lugar al incluir en la lista a Guyana (boom del petróleo), Aruba, Bahamas y otras pequeñas islas del Caribe.
Ambos dicen la verdad, pero… ¿Chile está mejor o peor según el diagnóstico del FMI?
A propósito de estas anteojeras que nos ponemos para ver la realidad recordé una antigua columna mía: “Chile en la encrucijada”, en la que hacía ver un fenómeno muy extraño que les mostraré a continuación. Es evidente que el mundo empresarial (o al menos los medios de prensa que lo interpretan) no ha estado conforme con los gobiernos de centroizquierda que han gobernado desde la vuelta a la democracia y, aunque al final de los mismos han valorado su performance, debieran haberse sentido más interpretados por la gestión de los gobiernos de centroderecha. Aunque los índices accionarios reflejan las expectativas futuras más que el presente, los únicos Gobiernos en que el IPSA de la Bolsa de Comercio de Santiago disminuye…. son ¡en esos periodos de gobierno!
Hemos visto también reiterados comentarios de la prensa económica y luego de algunos líderes empresariales acerca del deterioro que la economía chilena ha presentado respecto de sus pares latinoamericanos. Esto, a partir de las reformas impulsadas durante el periodo Bachelet II, lo que tampoco se refleja en las cifras de ingreso per cápita que muestra el cuadro a continuación, en el cual, salvo Colombia, el resto de los países grandes se mantiene o retrocede frente a Chile en el periodo 2015-2022.
Es por ello que celebro entusiastamente el comentario de Simon Anholt, experto en marca país y creador del índice The Good Country que dice: “Chile es un país extraordinario, con el potencial de contribuir significativamente a abordar los grandes desafíos a los que se enfrenta la humanidad en esta coyuntura crítica de su historia”. Teniendo cobre, litio y otros minerales cruciales (tierras raras, ¿cobalto?) -a los que puede sumarse el hidrógeno verde- para enfrentar el cambio climático, Chile tiene la responsabilidad de aportarlos al planeta.
Habiendo sido la minería el motor del desarrollo de nuestro país desde el retorno de la democracia, resulta incomprensible que el presidente del principal partido de Gobierno, Lautaro Carmona, en su Congreso Ideológico, siga repitiendo “las espectaculares ganancias de los grupos económicos locales y transnacionales se basan en una explotación indiscriminada de recursos naturales con bajo nivel de valor agregado…”.
¿Es que nadie le ha informado que, si usamos el caso del cobre, su valor está en sus capacidades intrínsecas, su conductividad eléctrica y calórica, su capacidad fungicida, la facilidad de reciclarlo y muchas otras, y no en el proceso de transformación que sufre desde su estado en la naturaleza como óxido o sulfuro de cobre?
Es por ello por lo que siempre la minería ha podido incorporar el precio del cobre (fijado por la oferta y la demanda del mercado mundial) en el valor del concentrado, recogiendo las utilidades correspondientes, siendo esta etapa la que muestra el mayor valor agregado de toda la cadena productiva y no como se acostumbra decir: “Exportamos piedras”.
Si queremos impulsar el valor agregado generado, debemos aumentar los niveles de producción de cobre que hoy no sobrepasan los alcanzados hace 20 años. Siendo uno de los principales obstáculos la inmensa burocracia de permisos y regulaciones, apoyamos la audaz propuesta de Sebastián Edwards de un proceso de desregulación profundo: “Donde la maraña de reglas, leyes y regulaciones... sean eliminadas y reemplazadas por un sistema moderno y minimalista”.
Según un informe del WEF del año 2004, entre los factores que explicaban el éxito de Chile para el periodo 1990-2004 estaba la construcción de consensos, con firmeza y flexibilidad. Quizá lo que más hemos perdido en estos años haya sido esa virtud y los comentarios iniciales reflejan esa realidad. Ni siquiera usamos los mismos datos para interpretarla. Para corregir esta situación, resulta insustituible el papel de una prensa lo más objetiva posible y que deje de lado sus anteojeras y sesgos.
Como tengo esperanza en que recuperaremos el consenso, quiero citar tres maravillosas frases del filósofo Byung-Chul Han:
“La tonalidad del pensamiento”, Byung-Chul Han.
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