Septiembre 8, 2023

Reflexiones sobre mi fatídico 11 de septiembre. Por Jorge Schaulsohn

Ex presidente de la Cámara de Diputados

Yo era dirigente de la Juventud Radical Revolucionaria, una especie de “quinta columna” dentro del radicalismo, que estaba totalmente comprometida, más que con Allende y el partido, con la revolución socialista. Nos situamos en el ala dura, la del poder popular y del avanzar sin transar. Y terminé asilado en la embajada de Israel.


Aquella fatídica mañana del 11 de septiembre de 1973 yo era un joven de 20 años, estudiante del segundo semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, que dormía plácidamente en la casa de mis padres, ubicada en Arquitecto Pauly 2318, en el límite sur de la comuna de Providencia. Un clásico barrio santiaguino de clase media austera en el que convivían profesionales, funcionarios del poder judicial, empleados públicos, profesores, taxistas, comerciantes, moros y cristianos.

La noche anterior habíamos salido a cenar con algunos compañeros de la Juventud Radical Revolucionaria (JRR) hasta muy tarde y decidimos hacer una pachotada; pasar a tocarle el timbre a Carlos Espinoza, un dirigente que vivía en las Torres del San Borja para despertarlo anunciándole que había un golpe, asunto del que no teníamos la menor idea pero que a juzgar por la hora estaba sucediendo en ese mismo instante.

Mis padres se encontraban de viaje en el extranjero de modo que yo era el único habitante del hogar en el que tipo nueve de la mañana compareció muy agitada mi hermana mayor, Patricia, quien junto con despertarme me dio la noticia de que el esperado golpe había comenzado.

Ella me conminó a que me fuera inmediatamente de la casa, pero yo me resistí pues quería ir a la sede del partido radical de Chile en Agustinas 620 a reunirme con mis compañeros, supongo que para defender lo que ya no tenía vuelta atrás, por lo que me negué. En su desesperación mi hermana llamó a mi tío Antonio, a cuya casa ellos ya habían decidido llevarme, quien llegó a buscarme bajo amenaza de sacarme inconsciente (previo puñete).

Me allané, lo urgente era abandonar la casa. La diversidad del barrio también se extendía al ámbito político y había vecinos que eran partidarios y otros enemigos mortales de la unidad popular.

Los Schaulsohn estábamos encasillados como “upelientos” ya que mi padre era un conocido militante y ex parlamentario del Partido Radical de la facción que estaba con Allende. Y pese a que se había retirado años antes de toda actividad pública para ejercer como abogado y profesor de derecho, en esos momentos había sido nombrado por la unanimidad del Senado a propuesta del presidente Allende como ministro del Tribunal Constitucional.

Mi hermana no estaba equivocada, ya que después de que nos fuimos llegaron los militares e hicieron un gran operativo. Unos vecinos “momios” vinculados a la familia militar con quienes mis hermanas jugaban desde chicas, nos habían denunciado.

Nuestra casa era el lugar de reunión de nuestra familia extendida y se discutía todo el tiempo de política; “el proceso”, como se le llamaba a la revolución en ciernes, era el tema central y su sola mención le producía urticaria a algunas de mis tías. La familia estaba dividida, como el resto del país.

A mi padre lo unía una gran amistad con Eduardo Frei Montalva y con Salvador Allende, con quien compartió por años en la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados y al que visitaba con alguna frecuencia en su casa de Tomás Moro en calidad de amigo. Cuando Allende lo llamaba por teléfono decía que hablaba el doctor.

Recuerdo un día en que lo acompañé a las siete de la mañana a Tomás Moro; no me bajé del auto y me quedé esperándolo. Mi padre venía muy impresionado y conmovido. Me contó que “el doctor” lo recibió en su dormitorio, estaba acostado; de pronto metió la mano debajo de la cama sacando unas ametralladoras y le dijo: ¡Mira Jacobo como tengo que estar porque me quieren matar! Faltaban semanas para el 11.

A esas alturas yo había empezado a incursionar en política, como dirigente de la FESES (Federación de Estudiantes Secundarios) junto con Camilo Escalona y Andrés Allamand, aunque ellos eran mucho más importantes que yo; también como dirigente de la Juventud Radical Revolucionaria, que bien podría decirse era una especie de “quinta columna” dentro del radicalismo, que estaba totalmente comprometida, más que con Allende y el partido, con la revolución socialista.

No teníamos mucha fe en que fuera posible construir el socialismo dentro de la legalidad burguesa que despreciábamos y durante el gobierno de Allende nos situamos en el ala dura, la del poder popular y del avanzar sin transar.

De hecho, el fin de semana previo al golpe (8 y 9 de septiembre) participaba en el Congreso de la Juventud Radical Revolucionaria en Valparaíso donde se enfrentaban dos listas, una moderada oficialista y otra (la mía), que daba por superado el programa de la unidad popular y se oponía a toda concesión con la democracia cristiana.

El Evento fue reporteado por El Mercurio que publicó en su edición del lunes 10 una foto destacada en la que aparecemos los “cabecillas” del extremismo radical. Fue la primera vez que salí en un diario; ¡quizá la única vez que no me gustó estar en la prensa!.

Entre los puntos de nuestro voto político estaba el rechazo a la presencia de militares en el Gabinete, la negativa a devolver empresas y fundos tomados por el pueblo, la formación de un frente de toda la izquierda incluyendo al MIR para hacer frente a la subversión y la distribución inmediata de armas a los trabajadores para frenar el golpismo.

Menciono este episodio solo para destacar el estado de absoluta inconsciencia en que se encontraban los partidos de la unidad popular, cuyos dirigentes estábamos embarcados en apasionadas disputas ideológicas, totalmente de espaldas a la realidad, que nos tenía preparado un golpe de estado.

He meditado mucho sobre cuál podría ser la causa de esa indolencia. Cómo entender que siendo la amenaza de un golpe militar tan contundente la dirigencia de la UP, partiendo por el propio Allende, actuara como si eso nunca fuese a ocurrir. Porque del golpe hablábamos todos los días.

Pienso que tal vez la “idea de golpe” que los dirigentes de la UP tenían en mente no se parecía en nada a la forma como éste realmente ocurrió; que no fueron capaces de imaginar el grado de violencia con que actuarían los militares.

¿Albergaban la ilusión que de producirse un “pronunciamiento” vendría un proceso de negociación política encabezada por el cardenal para buscar una salida? Desde luego el bombardeo de La Moneda, que removió toda duda sobre el carácter cruento del evento, los tomó totalmente por sorpresa. ¿Eso pensaba Frei Montalva, que llegó a la escuela militar en el auto oficial del Senado y salió de peatón?

Así leo yo el episodio de cuando Allende llama a la radio Magallanes el día del golpe y pide que lo saquen al aire. El encargado le dice que preparará los equipos de grabación y que lo llama de inmediato, pero el presidente, angustiado, le responde que no, que tiene que ser ahora, ya, de inmediato porque la situación está al límite.

También existían relaciones antiguas de amistad y convivencia entre políticos de distintos colores lo que puede haber alimentado la idea de que pese a todo “en Chile” la sangre no llegaría al río.

Recuerdo haber visto en el living de mi casa a Frei Montalva, Allende y Julio Durán conversando animadamente. En una ocasión Allende le dijo a Julio Durán, que había planteado su temor a que la UP restringiera los viajes al extranjero, que eso no ocurriría jamás y que en todo caso él mismo lo iría a dejar al aeropuerto. El propio Frei Montalva, cuando el cardenal le dice que Allende quiere conversar con él, responde que “como amigo le digo que sí, pero como político le digo que no”.

En este mismo orden de ideas se podría inscribir el discurso pronunciado por el senador Francisco Bulnes con motivo de la votación de las reformas constitucionales para las garantías que la democracia cristiana había concordado con la UP. Aylwin relata el episodio en su libro. Cuando toda la derecha estaba hablando pestes de las reformas intervino Allende, su último acto como senador, señalando su compromiso personal, ético y moral con la implementación de las reformas. Entonces Bulnes habló y dijo que para él la palabra del senador Allende, a quien conocía desde hace muchos años, eran la mejor garantía que se puede tener y que por eso votaría a favor.

Incluso para mi padre y toda su generación, cuando las cosas se empezaron a poner difíciles y el tema de una ruptura del hilo constitucional se instaló, el referente que tenían en mente era la “dictadura” de Ibáñez a la que hacían referencia constantemente en sus conversaciones; la que palidece ante la crueldad desplegada después del 11. La verdad sea dicha no había habido en toda la historia de la república algo similar.

El 11, muchos de nuestros vecinos salieron a celebrar el paso de los aviones que iban a bombardear La Moneda con champagne, apuntando con el dedo las casas de los “upelientos”

Nuestra familia extendida, compuesta por siete hermanos y dos hermanas por parte de mi madre, abuelos, primos y tíos por parte de mi padre, estaba, como todas las familias chilenas, muy dividida. Algunos hacían las maletas para radicarse en el extranjero, liquidando sus bienes y negocios a precio de huevo. Canadá, Puerto Rico Argentina, Israel y Estados Unidos eran los destinos preferidos mientras que otros ya habían emprendido el viaje.

Pero el día del golpe solo hubo solidaridad entre nosotros. Hasta los más “momios” apoyaron a aquellos parientes que enfrentaban la persecución, algunos de los cuales terminaron en el exilio.

Cuando mi hermana Patricia me sacó del ensueño fui a dar a la casa de unos tíos, cuya familia estaba lista para partir a Puerto Rico. Su sensación de alivio por el derrocamiento de Allende era difícil de ocultar, pero, mientras veíamos a los miembros de la junta comparecer por primera vez en televisión, no escatimaron esfuerzos en contener sus expresiones de alegría en mi presencia y me acogieron con enorme calidez.

Al día siguiente del golpe nos reunimos todos en casa de otra tía, junto a parientes perseguidos por la dictadura, algunos miembros del Partido Comunista, en una especie de “despedida” alrededor de una mesa triste pero solidaria con comida china. Ahí estuvo también presente mi cuñado Florencio Ceballos, uno de los 13 democratacristianos que se atrevieron a condenar el golpe.

Unos días después, pasé a ser “huésped” en la casa del Embajador de Israel donde compartí pieza con Ariel Dorfman. El consulado de Israel estaba repleto de refugiados y en la casa habíamos “huéspedes”. Fuimos testigos del intento reiterado de los militares de violar la inmunidad diplomática tanto de la embajada como del consulado, que fueron fieramente resistidos por el embajador.

Encerrados en nuestras habitaciones con prohibición de salir ni al baño, oíamos  los gritos de la discusión con los encargados de la patrulla militar que pretendía entrar al domicilio, unos momentos de enorme ansiedad. Como distracción, contábamos los balazos que copaban las noches del sector de Luis Thayer Ojeda, en Providencia, donde se ubicaba la embajada.

Desde la residencia del embajador salí, un par de semanas después, rumbo al aeropuerto en su automóvil oficial que me dejó en la escalerilla del avión Lan con destino a Buenos Aires, Argentina, un país en el que todavía había democracia, para encontrarme con mis padres. Ellos se habían instalado allí provisoriamente para esperar a otros familiares que pronto llegarían al exilio, en la medida que las autoridades autorizaban su salida desde las embajadas en las que estaban asilados.

¡Diez años después regresé a Chile desde Estados Unidos y me encontré a boca de jarro a la salida del aeropuerto con un gigantesco letrero que decía “VAMOS BIEN MAÑANA MEJOR!

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