En el lodazal en que muchas veces chapotea la política no hay mirada de largo plazo, no hay espacio para buscar intereses compartidos ni menos visión estratégica. En ese lodazal, donde quien gruñe más fuerte cree ser más virtuoso, la verdad es que nadie sabe para quién trabaja.
No supo el presidente Boric que trabajaba para un triunfo Republicano cuando se jugó gran parte de su capital político en el Apruebo y luego empujando un segundo proceso constituyente. “Prefiero un mal acuerdo a un NO acuerdo”, dijo por esos días.
Menos supo la derecha para quién trabajaba cuando se plegó a la agenda identitaria republicana que se impuso en el Consejo Constitucional. En realidad, una parte de la derecha, aquella que se autodenomina liberal, sí sabía para quién trabajaba, pero abrieron la boca cuando la excusa agravaba la falta.
Es que la derecha, durante todo el segundo fallido proceso constitucional, finalmente, en los hechos, trabajó para el gobierno. Tal como avizoramos en una columna pre plebiscitaria, un triunfo holgado del “En contra”, por 10 o más puntos, aletargaría a la oposición y daría un respiro a un agonizante oficialismo.
Y, efectivamente, eso ha terminado siendo el triunfo del “En contra”. Un respiro para La Moneda sin olor alguno a triunfo, pero perfumado de un alivio que ha ido creciendo con el transcurrir de los días. Un alivio gubernamental que se transformó en un nuevo aire al constatar el estado de shock en que quedó una oposición que se había fabulado un triunfo escuchando a los cantamañanas de turno venidos desde el norte.
El post plebiscito encontró una oposición entre atónita y rabiosa que permitió al gobierno recuperar el aliento, la agenda y el ánimo. No es que el resultado del 17D haya cambiado al país y sus prioridades, es que las mismas prioridades y urgencias son vistas con otros lentes y otra actitud por el oficialismo.
Mientras en los días posteriores al 17D la derecha, entre cuchillada y cuchillada, corría en círculos defendiendo una acusación constitucional que no tenía más destino que un patético final para los acusadores, el gobierno recuperaba la voz, avivaba la cueca a sus reformas y lucía un mejor ánimo.
Desde el 17D, el presidente pareció olvidar que hasta hace poco se lo veía como “pato cojo” y recuperó el ánimo. Montes ahora sonríe en sordinas por el nuevo error no forzado de la derecha que terminó afirmándolo en el cargo y la ministra Jara proclama a los cuatro vientos que las AFPs dejarán de existir en dos años.
Desde el 17D, los encargados de seguridad se oponen con todo tipo de cifras a que la ola criminal haya recrudecido. “Hemos logrado detener la escalada”, incluso se escucha. Y sin contrapeso opositor, se niegan a llamar al COSENA frente a la seguidilla de homicidios de fin de año.
¿Hubiera sido todo esto posible si hubiera ganado el “A favor”? No lo creo. Lo más probable es que el COSENA ya estaría reunido.
Ni qué hablar del drama de la educación pública, expresado en los resultados de la prueba PAES. Un drama donde ahora se diluyen las responsabilidades al igual que con los escándalos de corrupción. Democracia Viva y sus desfalcos fiscales aparecen como una parte más de un paisaje de corruptelas de distinto tipo.
¿Es que en menos de un mes cambió el país? Claro que no. Se movieron las subjetividades políticas.
Cuánto y hasta cuándo está por verse. Seguramente por poco tiempo, pero el suficiente como para que el gobierno haya vuelto a hablar de “tú a tú” con la oposición y el presidente esté más tranquilo ahora que lo escuda Michelle Bachelet. ¿Bachelet? Sí, es que pareciera que José Antonio Kast también trabajó para ella.
Es que en el lodazal prima la corteza instintiva, esa tan emocional que se obnubila con lo líquido y se vuelve altisonante con poco. Entre tanto “oink, oink, oink”, entre tanta agenda identitaria y particularista, nadie sabe para quién termina trabajando.
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