Julio 29, 2023

Perfil: Javier Macaya, confundido. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

Si la izquierda o la centroizquierda han gobernado 26 de estos últimos 34 años se debe a que la mayoría aún siente que no se le debe entregar todo el poder al poder. Macaya parecía haberlo entendido mejor que nadie, y sin esconder lo que es o fue, se dedicó a proponer, a debatir, a conversar con los amigos y los enemigos. Hasta que el viento fue muy fuerte y el desorden demasiado evidente. El temor de que los Republicanos le quiten todo su electorado le está haciendo cometer el mismo error que perpetraron el PPD y el PS en la época del estallido: pensar que tenían que “alolarse”, extremarse, disfrazarse de bombero pirómano.


En apariencia nada puede ser más fácil que ser oposición de este gobierno. Los robos de los computadores son una muestra más de su debilidad, pero más grave es la sensación cierta de que no hay en esos computadores ningún plan concreto, ninguna idea relevante, nada que hacer o que decir que no sean muchas disculpas y otras tantas vergüenzas.

Hundidos en la idea de que eran superiores moralmente, profundamente desleales entre ellos, incapaces siquiera de seguir una estrategia por mas de una mañana, enamorados de sus propios terraplanismos (la Comisión de Desinformación), pareciera bastar para tener éxito como oposición quedarse callado y tranquilo, y mirar desde la otra orilla la orgía perpetua, tratando simplemente de dejar en claro que no eres igual que ellos.

Pero ni eso, tan simple como no hacer nada, ha logrado la oposición, liderada por un contrariado Javier Macaya, hacer bien. El senador Macaya, que pareciera estar perpetuamente preso de acidez estomacal y otros vahídos varios que dan la impresión de nunca querer estar donde está.

Así, para reclamar contra el robo a mano desarmada que sufrió el ministro Jackson han decidido retirarse de las negociaciones de la reforma de pensiones, reforma que nada tiene que ver con el ministro Jackson, por lo demás. Reforma que todos saben más que necesaria y urgente porque hay pocas dudas que la falta de ella fue uno de los combustibles que incendió la Plaza Italia en esa primavera negra de 2019.

Javier Macaya nació políticamente esa primavera. Estuvo ahí siempre en la UDI desde la adolescencia. Tranquilo como una foto, provinciano, pero de San Fernando, patria huasa demasiado cercana a Santiago para poder separarse del todo de la capital, pero suficientemente al sur para ser un mundo propio.

Serio pero informal a la hora de vestirse, siempre de jockey y poleras grises, asumió una UDI sin programa y sin liderazgo. Una UDI aterrada después de que el estallido dejara en claro que el descontento era real y real el rugido del león que nunca estuvo dormido y real la incapacidad del gobierno de Piñera de manejar la agenda, como tan real fue la incapacidad de la oposición de entonces de no ceder a la tentación fotogénica de creer que esa rebelión era su última oportunidad sobre la tierra.

Macaya aceptó con humildad: que había que bailar con la fea, que no era el momento de decir “Yo se los dije”. Tomó en sus manos un partido altamente desprestigiado y lo hizo firmar los acuerdos que nos salvaron de que el fuego sea eterno. Su tranquilidad fue clave en un momento en que se la necesitaba con urgencia. Pagó un precio caro por ella: a su derecha crecieron los republicanos, insatisfechos justamente de esa calma que era para ellos pura debilidad.

A mí me resultaba justamente una imagen de fuerza, la de elegir entre lo que es bueno para el país y lo que es bueno para mí, siempre el país. Una ética de la responsabilidad que en una política que se resolvía en el quién da más de los matinales, era desesperadamente distinta y necesaria y que permitió que su partido, otrora el más poderoso de la derecha, no desapareciera de la faz de la tierra como más de un sociólogo predijo que sucedería.

¿Qué tiene que ver este Macaya de mirada larga y barba de tres días muy recortada, con el que le niega la sal y el agua al gobierno en un tema que sabe urgente para todos los chilenos? Si lo pensamos bien no fue el ejercicio del gobierno lo que corrompió a la generación más preparada e idealista de la política chilena.

Fue en la oposición a Piñera, un Piñera debilitado hasta los huesos por el estallido que debió hacerse cargo de una pandemia sin precedente, donde los chicos del Frente Amplio demostraron la fibra de la que están hechos. Que escogieran, a pesar de odiarla, a Pamela Jiles, como líder ideológica, lo dice todo sobre su falta de claridad o de escrúpulos. Que propusieran los retiros, la más ridículamente capitalista de las medidas, la idea de que los pobres tendrán que arreglarse con sus propios ahorros, como una bandera de lucha, dio cuenta de su completa confusión ideológica.

La mezquindad de las acusaciones constitucionales contra todo tipo de ministros y hasta el presidente fueron la muestra perfecta de un sector para que el fin justifica los medios, con el inconveniente de que no se sabe cuál es el fin que lo justifica todo, porque sabemos ahora que no había un proyecto a largo, a mediano, a corto plazo.

Salvo los retiros, que ya nadie quiere, la UDI y gran parte de la derecha han ido asumiendo, como si se tratara de una sana tradición, una a una las prácticas de la oposición anterior. Acusaciones constitucionales, griteríos varios, conferencias de prensa sin ton ni son, sabotaje a comisiones.

Se les olvida que cargan a la hora del chantaje con dos inconvenientes de origen. El primero es haber nacido de una dictadura de la que se convirtieron en el adalid ideológico, cosa que a 50 años del golpe nadie puede dejar de recordar. La otra es que no se puede dejar de asociarlos con los “privilegiados”, que, aunque no se sepa a ciencia cierta quiénes son o quiénes no son, nadie quiere.

Si la izquierda o la centroizquierda han gobernado 26 de estos últimos 34 años se debe a que la mayoría aún siente que no se le debe entregar todo el poder al poder. Macaya parecía haberlo entendido mejor que nadie, y sin esconder lo que es o fue, se dedicó a proponer, a debatir, a conversar con los amigos y los enemigos. Hasta que el viento fue muy fuerte y el desorden demasiado evidente. El temor de que los Republicanos le quiten todo su electorado le está haciendo cometer el mismo error que perpetraron el PPD y el PS en la época del estallido: pensar que tenían que “alolarse”, extremarse, disfrazarse de bombero pirómano.

Lejos de lo que son y cerca de lo que no serán jamás, esta UDI más inflexible debió al menos dejar a Macaya fuera de esta movida, para no quemar un líder posible, y no obligarse a contradecirse de manera tan patente. Preocupación, la de cuidar un liderazgo, la de concebir un futuro para este, que está lejos, lo sé, de una política que se ha vuelto completamente loca.

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