El segundo proceso constituyente ha concluido recientemente, pero la campaña electoral comenzó antes de que la propuesta se sometiera a votación en el Consejo. En este período, nos encontramos en una situación en la que, en lugar de resaltar las virtudes de las opciones a favor o en contra, los actores se han centrado en difundir escenarios catastróficos en caso de que se elija una alternativa diferente a la que respaldan.
Estas “campañas del terror” se han vuelto una triste costumbre en nuestro panorama, que cobró fuerza con el episodio de “Chilezuela”, pero que ya habíamos presenciado en el plebiscito de 1988, donde se recreaban imágenes sombrías del país si la opción del “No” ganaba.
Esto pone de manifiesto las carencias de nuestra élite y la vacía búsqueda de persuadir a las personas sobre las distintas alternativas. El resultado más inmediato de esta situación es aumentar la creciente polarización, mientras nuestra dirigencia parece renunciar a la política y limitarse a campañas basadas en el miedo y la desinformación.
Creer que el rechazo de una nueva propuesta nos conduciría a un período de inestabilidad carece de sustento. Cuando se llamó a rechazar el año pasado con el compromiso de habilitar un nuevo proceso, eso no formaba parte del debate. Por otro lado, aprobar el texto nos llevará a un largo proceso de legislación en diversas materias debido a la importante cantidad de nueva institucionalidad que se consagra en este nuevo diseño, lo que es sinónimo de incertidumbre.
Además, los argumentos que nos exponen sobre que, al ganar el “A favor” en diciembre, se producirá una posible nueva crisis social, suponen que las personas han comprendido en estos meses que la Constitución es algo que afecta sus vidas en materias prioritarias, algo que no ocurrió ni en este proceso ni en el anterior.
Finalmente, hacernos comprender que la aprobación del texto traerá una reactivación en la economía es desconocer u omitir que esta depende de otros factores. Aunque nos enfrentamos a una decisión dicotómica, ninguna alternativa nos lleva por sí sola al paraíso o al infierno; el oficio de la política es más bien una inmensa gama de matices.
Sea cual sea el camino que tome el electorado, no debemos olvidar, después de haberlo dejado de lado durante mucho tiempo, que lo que realmente gatilla la inestabilidad, la desconfianza y la profundización de las divisiones en nuestro ya frágil pacto social es continuar por el camino del desacuerdo constante. Este enfoque nos ha llevado a postergar asuntos urgentes durante años. Es imperativo considerar la necesidad de abordar cuestiones pendientes que han sido ignoradas durante años y la urgencia de reformar nuestro sistema político, que ha mostrado signos de agotamiento.
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