Impacto tras el colapso de Silicon Valley Bank: la fe y el cortafuegos. Por Natalia Aránguiz

Socia y Gerente de Estudios en Aurea Group

Existen variables y colchones importantes que no se encontraban durante la crisis subprime y, que debiesen funcionar hoy en día para evitar contagios dentro de la banca norteamericana. Son cortafuegos también utilizados en Chile


El correcto funcionamiento del sistema financiero se basa en la fe pública. Si los depositantes confían o no en que su dinero estará mejor guardado en un banco que debajo de su colchón. Si los inversionistas confían o no en el mercado de capitales como una forma de preservar o incrementar su patrimonio. Si las empresas tienen la posibilidad de solicitar un crédito a una tasa que les permita hacer viables sus proyectos. Si los intermediarios del sistema financiero confían o no en las infraestructuras del mercado financiero para custodiar, transferir y liquidar sus activos. Todo lo anterior funciona en primera instancia si y sólo si existe confianza.

Durante el último mes, hemos observado entidades intervenidas o cerradas en el sistema bancario norteamericano, lo que nos hace recordar los tormentosos momentos de la crisis subprime. Pero, ¿esto es lo mismo? En mi opinión, aún no lo es y no debiese serlo. Tras la debacle bancaria del año 2008, numerosas jurisdicciones –incluido Chile– adoptaron Basilea III, marco que procura de una banca más solvente, con mayores grados de resiliencia frente a problemas de liquidez y con una deuda mejor adecuada al capital constituido. En forma paralela, EE. UU. implementó una de las reformas más grandes en la historia de Wall Street: Dodd-Frank dividió la banca de inversión y la banca privada, protegió al cliente financiero y reorganizó las responsabilidades en cuanto a la fiscalización, entre otros avances hacia un sistema financiero más estable y transparente.

Sin embargo, como usted debe imaginar, lo anterior no evitará las malas prácticas de los ejecutivos (Credit Suisse), ni toma irresponsable de riesgos por parte de las entidades financieras (Silvergate Bank), ni errores u horrores en la política de inversiones (Silicon Valley Bank). El marco regulatorio vigente lo que sí obstaculiza –hasta ahora– es la materialización del riesgo sistémico.

En Chile, no nos quedamos atrás. Nuestro marco regulatorio se encuentra en línea con las mejores prácticas internacionales. En 2019 fue promulgada la ley que modernizó la legislación bancaria, un proyecto que requirió de grandes esfuerzos por parte de Hacienda, la Comisión para el Mercado Financiero y el Banco Central. Por tanto, si bien es posible que exista algún problema en alguna entidad bancaria, sería muy poco probable que se convirtiese en un problema sistémico.

Por un lado, observamos una banca local más bien conservadora en sus políticas de riesgos. Si bien puede ocurrir que alguna entidad tenga exposiciones en conglomerados o sectores con dificultades, en general los bancos más grandes tienen una diversificación importante dentro de sus activos.

Mientras que, por otro lado, nuestro sistema bancario intenta seguir las mejores prácticas internacionales relacionadas al blanqueo de capitales y la financiación del terrorismo, las cuales son abrazadas por gran parte del mundo desarrollado y países en vías de desarrollo. Y es justamente en este tipo de reglamentos donde la industria de las criptomonedas descentralizadas genera un flanco demasiado grande.

En conclusión, existen variables y colchones importantes que no se encontraban durante la crisis subprime y, que debiesen funcionar hoy en día para evitar contagios dentro de la banca norteamericana. Son cortafuegos también utilizados en Chile y que permiten que usted y yo, sigamos confiando en el sistema financiero local.

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