Diciembre 28, 2022

Gabriel Boric, un hombre siempre a prueba. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

Boric conectó finalmente con un Chile que tiene urgencia de presente, necesidad de un hoy mismo después de años fijados en culparse por su pasado y delirar con su futuro. Una necesidad de presente que el presidente comprendió demasiado tarde, después de desperdiciar los primeros seis meses de su gobierno haciendo campaña por una nueva constitución que no tenía futuro alguno, porque era un puro ajuste de cuentas con un pasado tan imaginario como real.


La semana pasada Gabriel Boric Font, nuestro presidente estudiante, ha sobrellevado una nueva prueba de fuego. Esta vez el fuego era literal: unas despiadadas llamas que arrasaron con gran parte de la parte alta de Viña del Mar. El presidente, una vez más, estuvo a la altura de la circunstancia. Se trasladó a terreno, escuchó a los ciudadanos, coordinó autoridades, habló en ese tono franco e ilustrado, articulado, que es el suyo.

En resumen, hizo lo que un presidente tiene que hacer, pero con una pasión propia, que es la de descubrir la magia y el dolor del cargo, la de aprender a cada paso que da, cómo dar el paso siguiente. Claro que no pudo impedirse terminar su alocución culpando a las inmobiliarias y sus especuladores del incendio y bregar por una ley que prohíba el uso de terrenos siniestrados.

Prohibir, castigar, perseguir. No soy especialista en el tema, aunque mi sentido común me hace creer que la especulación inmobiliaria o al menos la pésima gestión de Virginia Reginato, tengan responsabilidad en el desastre. Pero mi sentido común también me indica que este no era el momento de prohibir o perseguir a nadie, que todo el esfuerzo del presidente y la alcaldesa Ripamonti, iba a verse opacado por un debate complicado y al menos ambiguo que ya habrá tiempo de dar.

A la hora de evaluar la gestión del presidente más joven de nuestra historia, es imposible no ver que este patrón se repite. Boric está muy lejos de ser un loco o un necio. Es un hombre culto y sensato, que juega a veces a ser más ingenuo de lo que es, pero que cuando se necesita demuestra astucia y muñeca política. Un hombre, hasta lo que se sabe, íntegro, conectado de forma rara con su infancia, que no se alegra del dolor ajeno y no esconde el propio pero que ha demostrado en el cargo una resistencia, una fuerza inesperada.

Boric es un presidente que lee libros de historia y se preocupa de qué lugar va a estar en ellos, pero que conectó finalmente con un Chile que tiene urgencia de presente, necesidad de un hoy mismo después de años fijados en culparse por su pasado y delirar con su futuro. Una necesidad de presente que el presidente comprendió demasiado tarde, después de desperdiciar los primeros seis meses de su gobierno haciendo campaña por una nueva constitución que no tenía futuro alguno, porque era un puro ajuste de cuentas con un pasado tan imaginario como real.

Se demoró en gobernar justamente por ese rasgo totalizante y en cierta medida totalitario que le asiste a su generación, o peor aún, a los profesores de su generación. Es la idea de que todos los problemas de Chile los resolvería mágicamente primero el No al lucro en la educación, y luego el No más AFP y luego el No al patriarcado y después la Nueva Constitución. Esta última que tenía la ventaja de no ser un No sino un Sí a algo, aunque sus promotores no pudieron evitar plantearlo como un No más la constitución de Pinochet, y un No más neoliberalismo.

Todos esos No, planteados muchas veces de forma exclusiva y excluyente, esconden un No más profundo. La nueva izquierda, como la de sus padres y hermanos mayores, No tiene una revolución que plantearle al mundo. Son hijos de la generación del No de 1988, que planteaba como horizonte de esperanza un mínimo civilizatorio: El No a la dictadura militar. Un No que era para mis padres, hijos de la revolución en Libertad y el socialismo con empanadas y vino tinto, un gesto de renuncia y de modestia.

¿Quiere el Boric de hoy algo distinto a los que quería el Eugenio Tironi o el Genaro Arriagada de 1988? La respuesta es una vez más, No. Tampoco creo que quiera algo fundamentalmente distinto a lo que quiere el Tironi o el Arriagada de hoy (aunque el primero votó Apruebo y el segundo Rechazo). Creo que el Boric de hoy también no tendría problemas en admitirlo, aunque su generación nació de creer justo lo contrario. Y quizás por eso mismo plantea sus diferencias no desde el debate sino desde el castigo, ese castigo al que no tuvieron demasiado derecho en las adolescencias prósperas o al menos seguras que les tocó en suerte.

Los que nacen libres odian la libertad porque la libertad nunca es una solución sino un problema. Es justamente eso la libertad, el derecho a tener problemas. La ecología, el feminismo, las reivindicaciones queer, el animalismo, el autonomismo no son más que consecuencias lógicas de la social democracia posmoderna que la izquierda chilena hizo suya a comienzo de los años noventa.

Pero sería imposible que, por ejemplo, los comunistas, que han crecido en contra de esa social democracia posmoderna, admitieran que han sido ideológicamente vencidos por ella. Incapaz de encontrar causas distintas que el PPD o el socialista promedio, solo se diferencian en la radicalidad con que proponen castigar. De ahí la obsesión de la impecable ministra Vallejo con la ley de prensa.

A esa obsesión por el castigo se le puede quizás atribuir el traspié diplomático totalmente inútil que protagonizó el presidente con el embajador de Israel. Una política, la de exterior, que se ha distraído demasiado en esas contradicciones, la necesidad de demostrar que este gobierno castiga a los malos y premia a los buenos, y el realismo final con que el presidente entiende que una buena política testimonial no es ni buena política, ni buen testimonio. Aunque esto sucede demasiadas veces demasiado tarde, cuando la sangre está a punto de llegar al río.

Símbolo de esto es el hecho indesmentible que este gobierno lo ha hecho notablemente en todas las áreas en que nadie esperaba nada de él. En Hacienda, en Vivienda y en Interior (etapa Tohá) para ser más preciso. Exceptuando la vocería de Vallejo, en los ministerios en que el presidente ha puesto a su gente, donde sus partidos y pensadores han intervenido notablemente, los resultados han sido más bien discretos. Símbolo de esto son ministerios, como el de Cultura, el de la Mujer y equidad de género, o el de Desarrollo Social, donde un presidente del Frente Amplio debería conseguir todos los premios y los puntos y cuya gestión es a pesar de todos los esfuerzos invisible o impopular.

Aunque quizás esto sea una señal del valor del presidente Boric. Un presidente que deja hacer es tanto o más valioso que uno que hace demasiado. Lo vimos con Piñera que quiso ser ministro de todo y llegó a ser presidente de nadie. Ser adulto es aprender que se vota dentro de las posibilidades. Dentro de esas posibilidades, las que ofrecen la política chilena, pero sobre todo la sudamericana, Boric sigue siendo un premio y no un castigo. Lejos, tan lejos, del presidente Castillo, o el presidente Fernández, lejos, muy lejos, de su mentor Pablo Iglesias, y otros estafadores del montón, el presidente Boric no está loco, ni está ahí para hacerse rico, y busca el bienestar de los chilenos.

Algunos dirán que es lo mínimo que se puede esperar. A mí me resulta que en el mundo de hoy es casi más de lo que se puede pedir.

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