¿Chile bipolar, país de derecha o simplemente anti-establishment? Por Cristóbal Bellolio

Ex-Ante

Si los partidarios de la tesis de la modalidad del voto y el nuevo clivaje tienen razón, entonces el nuevo texto constitucional debería aprobarse sin problemas en diciembre: si la gente es de derecha, votarán favorablemente un texto hecho por la derecha. Si, en cambio, tienen razón los partidarios de la tesis del voto negativo, el plebiscito está lejos de ganarse. Hasta Republicanos puede convertirse ante los ojos de la gente en una nueva elite política que hay que castigar. Está por verse.


Se va haciendo costumbre que los medios internacionales piensen que somos algo así como un país bipolar, que transita de las ganas de derrumbar el modelo económico a martillazos a defenderlo a brazo partido en cuestión de años. Del más reciente ejercicio electoral se dijo lo mismo: Chile gira de la izquierda (y vaya qué izquierda, si pensamos en el estallido social y la primera composición de la Convención Constitucional), a la derecha (y vaya qué derecha, si pensamos en la que representa José Antonio Kast y el resultado del 7 de mayo pasado), como si fuéramos un país con serias dificultades para definir su identidad. Los comentaristas tempranos lo diagnosticaron como un problema pendular.

Con el correr de las horas, aparecieron analistas más agudos que desecharon la teoría del péndulo ideológico y la reemplazaron por la tesis de la modalidad del voto. Observaron que tanto el plebiscito de entrada como la primera elección de constituyentes fue con sufragio voluntario, y con voto voluntario gana quien tiene mayor capacidad de movilización, es decir, la izquierda.

Pero la participación electoral no llegaba ni a la mitad del padrón. La otra mitad de Chile no estaba siendo escuchada. Esto cambió con el voto obligatorio, que los incorporó a la fuerza tanto en el plebiscito de salida como en la reciente elección de consejeros. Ahora que los escuchamos a todos, ahora que están todos representados en el cómputo final, caemos en cuenta de que nunca fuimos realmente de izquierda, como pensaron algunos radicales ilusos, sino más bien conservadores y resistentes al cambio, como escribió Ascanio Cavallo.

Reflexionando para el consumo interno de sus correligionarios, Pablo Longueira sacó cuentas alegres: “Es evidente que la inmensa mayoría que se ha incorporado a votar después que se restituyó el voto obligatorio lo hace por la derecha”. Esto abona la hipótesis del cambio de clivaje que ha pedaleado Pepe Auth: la última vez que votó prácticamente el padrón completo fue en el plebiscito de 1988, y ese resultado generó lo que Tironi y Agüero llamaron una “fisura generativa” en la sociedad chilena, capaz de subsumir todos los clivajes sociológicos previos en uno nuevo: el famoso clivaje “democrático / autoritario”.

Los que votaron por el NO lo hicieron de ahí para adelante por la Concertación, y los que votaron por el SI por los partidos de derecha. Eso duró 30 años. Si Auth tiene razón, lo que pasó el 4S tiene características igual de tectónicas, en tanto funciona como intenso proceso de socialización política que configura identidades y determina tribus que se definen en oposición. La gran mayoría del Rechazo seguirá haciéndolo por partidos de derecha, la gran mayoría del Apruebo por fuerzas de izquierda. Quizás por cuantos años.

Pero después de la teoría pendular y la tesis de la modalidad del voto aparece una tercera posibilidad: la hipótesis del voto negativo. Según esta última, no tenemos muchos elementos para sostener que los chilenos sean necesariamente de derecha, ya sea que eso signifique conservadurismo en lo moral, neoliberalismo en lo económico, tradicionalismo en lo cultural, o autoritarismo en lo político.

Lo que sí sabemos es que en todas partes del mundo, incluida Latinoamérica, se replica el fenómeno de votar contra el establishment, de castigar al que gobierna, de cobrarle la cuenta al poder de turno. No es un voto ideológico, sino un voto de protesta propio de la era populista. A veces le conviene a la izquierda, a veces le conviene a la derecha, pero nadie puede apropiárselo.

Hagamos un ejercicio contrafactual: ¿qué resultado habría tenido una elección o referéndum que se hubiera celebrado con voto obligatorio a comienzos de noviembre de 2019? Con cerca del 80% de la población apoyando las protestas, según encuestas que no distinguían entre quienes votaban y quienes no votaban regularmente, no es descabellado suponer que habrían votado contra el gobierno de turno, esto es, contra Piñera y la elite que lo rodeaba, que en ese entonces era juzgado por su mal desempeño en las prioridades del momento: el costo de la vida, los abusos empresariales, las violaciones a los DDHH, etcétera.

Ahora es lo mismo con Boric y su entorno, castigado por su mal rendimiento en los temas que ahora lideran la agenda, especialmente orden público. Republicanos fue altamente exitoso en alimentar el sentimiento anti-establishment, en este caso contra una elite política que parece obsesionada por un problema que consideran ajeno.

Esta es la tesis de Noam Titelman en su nuevo libro. Si bien reconoce que el texto rechazado en septiembre pasado estaba más a la izquierda que el votante medio en Chile -lo mismo que advirtió Eduardo Engel-, agrega que “paradójicamente en el Rechazo se expresa una continuidad del antielitismo que se manifestó en el estallido social… un antielitismo que encontró su versión no progresista o antiprogresista”. En otras palabras, si la elite vilificada estaba anteriormente en La Dehesa, ahora está Ñuñoa, pero sigue siendo un voto anti-elite.

Si los partidarios de la tesis de la modalidad del voto y el nuevo clivaje tienen razón, entonces el nuevo texto constitucional debería aprobarse sin problemas en diciembre: si la gente es de derecha, votarán favorablemente un texto hecho por la derecha. Si, en cambio, tienen razón los partidarios de la tesis del voto negativo, el plebiscito está lejos de ganarse. Hasta Republicanos puede convertirse ante los ojos de la gente en una nueva elite política que hay que castigar. Está por verse.

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