Algo es algo: Alrededor del humus. Por Juan Diego Santa Cruz

Cronista gastronómico y fotógrafo
Humus con Zatar.

Aunque parece un debate banal, estéril y que no nos lleva a ningún lado, el origen del humus es de la máxima importancia. La civilización se construye en parte por compartir cosas comunes y por tolerar lo que por momentos parece insoportable sin agredir ni menos matar al vecino.


Ante el horror que llega desde Israel, la receta de hoy, la brillante exposición del artista y la serie del momento parecen irrelevantes. No se puede mirar para otro lado con lo que pasó y sigue pasando en Israel debido a los actos terroristas de Hamas. No es soportable que personas indefensas sean masacradas junto a su familia en el living de su casa ni que se mate y veje hasta la repulsión a jóvenes que se estaban divirtiendo en una fiesta, sólo por su origen étnico. Es intragable y no hay contexto ni razones que valgan para tanta maldad.

La imagen de jóvenes corriendo por un potrero para salvar sus vidas nos debiera conmover a todos, sobretodo a los que nos gusta el jolgorio y la celebración. Porque los ciudadanos sólo pedimos que se nos deje en paz para disfrutar de tanto en tanto como se nos de la gana y sin que nuestra vida corra peligro. No es mucho pedir y estoy seguro que es lo que anhelan israelíes y también palestinos.

En medio oriente sobran las razones para discutir por todo entre judíos, entre árabes y entre árabes y judíos. Suele hacerse sentados a la mesa alrededor de un plato de humus que, cómo no, también es materia de disputa porque no existe acuerdo ni siquiera sobre quién creó la mezcla de garbanzos molidos, tahina (pasta de sésamo), ajo, limón y aceite de oliva.

Algunos no dudan de su origen palestino y otros están seguros de su origen judío porque sale mencionado en el libro de Ruth hace 3.500 años. Los sirios también aseguran que fue creado en su tierra porque en el siglo XIII el historiador Ibn al-Adeem lo mencionó en uno de sus escritos. Para enredar más la cosa, los libaneses y hasta los griegos reclaman como propio el origen del plato. Los egipcios no son menos y están convencidos que el humus les debe su creación porque aparece en una receta del siglo XII; como ahí no aparece ni el ajo ni la tahina, los demás países hacen caso omiso de la historia.

Para zanjar el asunto de una vez por todas, el ministro libanés de Turismo, Fadi Abboud, decidió que el Líbano hiciera un plato de humus tan grande que fuera reconocido por el Libro Guinness de los Récords Mundiales y el año 2009 los libaneses se mandaron un plato de humus que pesaba alrededor de 2.000 kilos. Para no ser menos, los israelitas tomaron la delantera y bajo la dirección de Jawdat Ibrahim, dueño de un famoso local de humus árabe-israelí en Abu Ghosh, sirvieron alrededor de 4.000 kilos de humus usando como plato una antena parabólica que tenía un diámetro de 6,5 metros. Molestos, los libaneses contraatacaron preparando 10.452 kilos de humus, la cantidad de kilómetros cuadrados del Líbano. Desde el año 2010, el Líbano ostenta el récord.

Aunque parece un debate banal, estéril y que no nos lleva a ningún lado, el origen del humus es de la máxima importancia. La civilización se construye en parte por compartir cosas comunes y por tolerar lo que por momentos parece insoportable sin agredir ni menos matar al vecino. Ahí está la más obvia diferencia entre un grupo terrorista y uno civilizado porque el primero nunca ha podido crear una cultura que se manifieste en la música, el arte o la comida, y es apenas capaz de destruir lo poco o mucho que sus enemigos han creado. Los ejemplos desgraciadamente abundan. Los terroristas palestinos que mataron a 250 personas el sábado pasado en el festival de Reim y a más de mil en otros lugares de Israel, los que kalashnikov en mano mataron 90 personas en la sala Bataclán, los que decidieron atentar contra los deportistas de la maratón de Boston, contra los periodistas de Charlie Hebddo o contra los peatones de La Rambla de Barcelona no han dejado nada que recordar salvo el horror y la muerte.

Los terroristas, como buenos farsantes, prometen un mundo justo que sus supuestos beneficiados en realidad jamás verán, a pesar que tendrán que soportar todas las consecuencias de la aventura violentista.

Lo más triste, es que las personas sólo aspiramos a los placeres más sencillos de la vida: amar, bailar, reír en libertad y comer cosas ricas, placeres que por lo demás se pueden conseguir sin matar a nadie, sin secuestrar y, sobretodo, sin dispararle al indefenso ni menos al que aún ni siquiera ha aprendido a caminar. Sin embargo, en nombre de personas que jamás han matado ni secuestrado a nadie, se han tirado misiles, raptado, violado y asesinado con el objetivo de tener poder y no de bailar y comer.

Jamás serán los terroristas los que puedan dar a su pueblo lo que éste merece porque no tienen nada que ofrecer más que el odio y la destrucción. Tampoco podrán sentarse a la mesa a comer y negociar con su enemigo porque para eso se necesita algo de decencia, como la que tuvieron los que estuvieron en Oslo.

Hoy se ve como algo imposible, casi estúpido, pero tal vez algún día se puedan volver a reunir israelíes y palestinos junto a un plato de humus, aunque jamás se pongan de acuerdo sobre quién lo inventó. Algo es algo.

Receta para el domingo

La idea de origen judío que se llama tikún olam significa “reparar el mundo” y se entiende como una filosofía de vida en que las personas hacen una pequeña contribución al mundo con bondad, empatía y solidaridad.

Vayan este par de recetas a quienes necesiten reparar su alma ante tanto odio y destrucción.

Humus

  • 400 gramos garbanzos cocidos (los que vienen en tetrapak funcionan muy bien)
  • el jugo de 1 limón
  • ½ taza de tahini
  • 1 diente de ajo hecho pasta
  • 3 cucharadas aceite de oliva
  • ¼ cucharadita de comino
  • ¾ cucharadita de sal
  • 2 cucharadas de agua
  • pimienta
  • Semillas de sésamo o zatar

Ponga todo en la procesadora menos el aceite. Mezcle hasta que quede hecho un puré. Agregue el aceite de a poco y siga mezclando. Para terminar agregue semillas de sésamo o zatar y un chorro de aceite de oliva.

Fatoush

  • Para 6
  • 3 pan pita

  • 1/4 taza (60 ml) + 2 cucharadas de aceite de oliva

  • 1 cucharada de sumac, y un poco más para servir

  • 2 cucharadas jugo de limón

  • 2 cucharadas jugo concentrado de granada

  • 2 dientes de ajo hechos puré

  • 1/2 cdta de sal y más para servir

  • 1/4 cdta de pimienta molida

  • 1 lechuga costina dividida en 6 (con las hojas sin cortar)

  • 2 tomates pelados, sin semillas en cuadritos

  • 3 pepinos chicos para picle ( o un pedazo de uno grande), sin semillas cortados en medias lunas

  • 4 rabanitos cortados muy delgados

  • 3 cebollines chicos, cortados delgados, la parte blanca y la parte verde

  • 1/4 de taza de albahaca en chiffonade

  • 1/4 taza de menta picada

Ponga el pan pita al horno cortado en 8 y con un pincel póngales aceite de oliva. Lleve al horno precalentado a 200º por unos 10-15 minutos hasta que estén crujientes

En un bolo mediano mezcle el sumac, jugo de limón, jarabe de granada, ajo, sal y pimienta. Bata vigorosamente y agregue de a poco el aceite de oliva hasta combinar completamente.

En un bolo mezcle los tomates, el pepino, los rabanitos y cebollines, también el albahaca y menta. Agregue el aliño y mezcle muy bien.

Con las manos saque las hojas de una lechuga costina y divídala en 6 porciones.

Ponga la mezcla encima de la lechuga y acompáñela con el pan pita. ¡A gozar!

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