Agustín Squella: “Lamento los momentos bochornosos que protagonizamos, las ínfulas que nos dimos”

Marcelo Soto

El convencional Agustín Squella realiza severas críticas a la idea original de mesa de la Convención de no invitar a los ex Presidentes de la República a la ceremonia del 4 de julio, donde se presentará el texto final de la nueva Constitución. La decisión fue revertida, pero, antes, Ricardo Lagos envió una carta pidiendo no ser convocado. “Si ganara el Rechazo, sentiría una sensación de fracaso y preocupación, pero no de término de mundo y ni siquiera de término de país”, advierte el también Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales.


-¿Qué le parece esta idea original de no invitar a los ex presidente que surgió en la Convención? ¿Qué expresa esta intención? ¿Hay una negación de los últimos 30 años?

-Mala me parece, muy mala. Un país no puede negar sus últimos 30 años y debe examinarlos con ecuanimidad, en sus yerros, por cierto, pero también en sus aciertos. Pero en Chile, tan amigos de la crítica, que practicamos casi como deporte nacional, hasta el punto de que si hubiera un campeonato mundial de ella siempre ganaríamos la copa, somos sin embargo muy ajenos a la autocrítica. Si hubiera un campeonato mundial de esta última no clasificaríamos nunca.

-En la Convención, ¿hay un sesgo mayoritario contra la Concertación?

-Claro que sí. La derecha nunca la quiso y buena parte de la izquierda le resta todo mérito en lo que el país pueda haber avanzado en las últimas décadas. Personalmente, no milito ni milité antes en ninguno de los partidos de la ex Concertación y fui y soy tan defensor como crítico de sus gobiernos, pero sin exagerar en ninguno de los dos sentidos. La desmesura nos está haciendo muy mal en el país. La desmesura, el doble estándar y también el maniqueísmo en que estamos cayendo a cada rato. Los países, como las personas, no tienen solo presente y futuro. También tienen pasado y a este hay que saber hacerle las cuentas con justicia o, cuando menos, con objetividad y moderación.

-El trabajo de la Convención llega a su fin. Mirando hacia atrás, ¿qué rescata y que lamenta del proceso?

-Lamento los momentos bochornosos que protagonizamos, las ínfulas que nos dimos, las actitudes prepotentes rayanas en el narcisismo, y tantas declaraciones destempladas y hasta agresivas en que incurrimos  desde uno como desde otro lado del espectro político. También lamento que se nos haya ido un poco la mano en la escritura de la propuesta constitucional, porque sin perjuicio del buen trabajo de armonización que se está haciendo en este momento, lo cierto es que la propuesta tiene todavía demasiadas disposiciones o artículos y algunos de ellos con demasiados incisos. Y rescato el texto final, que, según creo, tiene más aciertos que errores y que aspira no solo a dejar definitivamente atrás la Constitución de 1980, sino a ser una Constitución del siglo XXI.

-¿Cuál ha sido su experiencia? Sumando y restando, ¿cree que valió la pena? ¿Por qué?

-Algo como en lo que he estado todo este tiempo siempre vale la pena, o sea, compensa el esfuerzo que se hace y el inevitable cansancio que produce. Se trata de algo que tiene y no pierde nunca el sentido, sobre todo a la edad que ha alcanzado este constituyente. ¿Cómo no iba a ser atractivo que a estas alturas de mi vida se abriera la posibilidad de colaborar en la escritura de una propuesta constitucional para un país que la necesita con urgencia, así mi influencia en ese trabajo haya sido menor, como realmente fue, o que me haya sentido a veces bastante solo en medio de las continuas y destempladas acusaciones que se hacían la mayoría de los colectivos dentro de la Convención?

 -¿Qué sentiría si gana el Rechazo? ¿Lo vería como un fracaso?

-Efectivamente, si ganara el Rechazo, sentiría una sensación de fracaso y preocupación, pero no de término de mundo y ni siquiera de término de país. De fracaso, por razones obvias, y de preocupación porque el proceso de cambio constitucional sufriría de hecho una paralización, puesto que habría que acordar cómo retomarlo. ¿Retomarlo por el actual Congreso Nacional, por una comisión de expertos, por una nueva Convención? No sería fácil ni rápido ponerse de acuerdo en ello y se produciría, inevitablemente, lo que siempre quieren los sectores conservadores: dilatar los cambios el mayor tiempo posible y que estos afecten lo menos posible a sus intereses.

 -¿Está Constitución que propone la Convención es una Constitución que satisface sus aspiraciones? ¿Aprueba o reprueba como texto constitucional?

-Es imposible que un texto de cerca de 400  nuevas disposiciones constitucionales pueda ser del completo o total gusto o disgusto de un ciudadano. Cada ciudadano tendrá que ponderar pros y contras, aspectos positivos y negativos del texto que se le propone. Yo voté favorablemente la mayoría de las disposiciones de ese texto y no veo cómo podría votar Rechazo. Por lo demás, el derecho es siempre dinámico y, como tal, está sujeto a cambios, y la nueva Constitución, en caso de ser aprobada, seguirá esa misma suerte. El derecho es un orden que prevé y regula su propio cambio, y así lo hace también la propuesta constitucional en curso. Si alguien pretende fijar el derecho par siempre  se trata de un ingenuo o de un demagogo.

-En este proceso tan intenso, ¿hubo momentos de frustración? ¿Qué es lo que aprendió y que lecciones le deja?

-Altibajos hubo, cómo no, y oscilaciones a veces bruscas de mi ánimo como constituyente. Cansancio también, abatimiento incluso, pero acompañados de momentos auspiciosos. ¿Qué aprendí? En verdad no poco: nuevos conceptos, nuevos lenguajes, a veces posiblemente voluntaristas o exagerados, pero que son propios de los tiempos del siglo que vivimos y con los que es necesario familiarizarse para comprenderlos y no incurrir en el prejuicio de rechazarlos de plano porque no coinciden con nuestros conceptos o con nuestro lenguaje de siempre. Acostumbrado por más de medio siglo a relacionarme con personas jóvenes en salas de clases en una situación de asimetría, viví ahora una refrescante aunque por momentos difícil situación de simetría.

-Si tuviera que destacar un aspecto de esta Constitución, ¿cuál sería? ¿Es mejor que la constitución actual?

-Destacaría su propuesta en materia de derechos sociales, de protección a la naturaleza y el medio ambiente, y sus normas sobre descentralización de un país al que la excesiva centralización ha hecho mucho daño.

-En la encuesta CEP, el principal motivo para votar rechazo fue la actuación de los convencionales. ¿Es injusto? ¿Qué responsabilidad siente ante eso y qué papel han jugados convencionales como Stingo o Bassa?

-Las personas están juzgando las cosas por el proceso y la conducta de algunos antes que esperar y hacerlo por el resultado. El 4 de septiembre no se va a votar ni por el proceso ni por los convencionales: se va a votar por un texto. Es cierto que está todo relacionado, pero tengo la convicción de que los ripios del proceso y los desmadres en que pudimos incurrir los convencionales –ripios y desmadres que efectivamente los hubo- van a ceder ante lo que realmente importa: la propuesta de nueva Constitución.

-Se ha dicho que el PC tuvo una influencia importante, sobre todo con Marcos Barraza como articulador clave. ¿Está de acuerdo?

-La tuvo, es cierto, pero también lo es que perdió clamorosamente algunas de sus propuestas más fuertes; por ejemplo, la de cambiar dentro de la Convención el quórum de 2/3 para aprobar normas y la de llamar a plebiscitos dirimentes durante este último año. También perdió, junto a otros colectivos, la impresentable idea de atar de manos al Congreso actual, durante los dos próximos años, para hacer cambios o ajustes en caso de que la propuesta sea finalmente aprobada.

-Carlos Peña dice que se necesitaba más Ortega y Gasset y menos Schmitt. ¿Hubo en la discusión una lógica de enemigos, en vez de adversarios?

-Por momentos lo uno, o sea, enfrentamiento entre amigos y enemigos, y por momentos lo otro, esto es, discusión fuerte entre partidarios y adversarios, aunque creo que lo que predominó fue esto último. La política democrática no puede ser entre amigos que buscan eliminar a sus enemigos, sino una práctica o lucha pacífica y en lo posible leal entre partidarios que buscan derrotar a sus adversarios, pero sin desconocer ni menos ejecutar a estos. Yo sufrí en los momentos en que parecíamos no entender que la política no es la guerra, sino la sustitución de esta por la conversación, el acuerdo y el voto. ¿Recuerda usted lo que Popper dijo de la democracia? Una práctica que consiste en sustituir gobernantes ineptos (o ideas ineptas) sin derramamiento de sangre. ¿Y lo que añadió Bobbio? Es la sustitución por el voto del tiro de gracia del vencedor sobre el vencido.

-¿Cree que fue un error el sistema electoral usado para elegir a los convencionales, que en cierta forma dio facilidades a independientes y pueblos originarios?

-Hubo que improvisar un sistema en medio de una honda crisis política, porque las cosas en el país no estaban para darle largas al cambio constitucional. Habría preferido una representación nacional y no distrital de los constituyentes, aunque estoy de acuerdo tanto con el carácter paritario que tuvo la Convención y con los escaños reservados para pueblos indígenas.

-¿Usted va a votar Apruebo o Rechazo? Si tuviera que convencer a alguien, ¿cómo lo haría? ¿Cuál es el aporte o marca principal de este texto?

-Votaré Apruebo, pero no me interesa pastorear a nadie hacia mi posición en este sentido. No me pondré una vistosa camiseta y menos me pintaré la cara de guerra para irme a una  trinchera. Entre quienes fueron mis votantes, como en toda la ciudadanía, hay partidarios de una y otra alternativa, y lo que ellos se merecen es que los convencionales nos pongamos a su disposición para que todos podamos informarnos mejor, comprender debidamente la propuesta que habrá en julio, sopesarla en sus méritos y deméritos, y decidir cada cual, responsablemente, qué hacer en el plebiscito de septiembre.

-¿Chile será un mejor país el 5 de septiembre, sea cual sea el resultado?

-Chile va siendo progresiva, aunque lentamente, un cada vez mejor país. De eso es lo que se trata. Con tropiezos, desde luego, con desigualdades intolerables, con retrocesos incluso en algunos aspectos, pero lo que no podemos perder de vista es que el proceso de cambios debe ser institucional y con apego a las reglas de la democracia y a los derechos fundamentales de las personas. Estas tres condiciones son irrenunciables y no veo que nadie, salvo uno que otros en la extrema derecha o extrema izquierda, esté por una vía no institucional, no democrática o irrespetuosa de los derechos humanos. Las dictaduras son lentas en la demanda  (casi nadie se atreve a hacerlas) y rápida en las respuestas (el dictador saca el ejército a la calle cuando se producen demandas). La democracia, en cambio, es rápida en la demanda (todos piden y hasta exigen) y lenta en la respuesta (que pasa por instituciones que deben tomarse su tiempo).

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