Revisando la prensa aparecen dos noticias que reflejan la “esquizofrenia” imperante en nuestro país: el anuncio del Banco Central que informa sobre el crecimiento interanual del PIB de un 0,6% para el tercer trimestre, dejando atrás tres trimestres en negativo y, por otra parte, la encuesta CEP en que casi nueve de cada 10 personas perciben la economía estancada o en decadencia.
Si al crecimiento positivo se suma que las expectativas de inflación a 12 y 24 meses caen bajo el 3%, después de que alcanzara 10% hace más de un año, resulta evidente que estamos saliendo de un periodo muy complejo en lo económico, que partió con el estallido, se aceleró con la pandemia y con la locura de los retiros, y los sobre estímulos fiscales (apoyos a las personas y a las empresas).
Las personas, sin embargo, ven un panorama muy oscuro acerca del futuro del país y ello no sólo se debe a la escasa recuperación del empleo -el dato más preocupante-, sino a un ambiente de confrontación política que amplifica las malas señales y neutraliza las buenas, creando un panorama hacia adelante cada vez peor.
No pretendo minimizar el dramático efecto que tienen la delincuencia rampante, la inmigración irregular y los escándalos de corrupción para provocar esta sensación de desánimo que nos acompaña desde hace tanto tiempo (“Chile se fue a la …”) . Llegó el momento de reflexionar acerca de qué podemos hacer para salir de este hoyo negro y volver a la senda de la concordia y el progreso que transitamos en los años iniciales de nuestro retorno de la democracia.
Debemos considerar que nuestra situación está muy lejos de la tragedia que viven otros países y, en general, el mundo. Si revisamos lo que se espera para el 2024, en la mirada de The Economist, la perspectiva es preocupante. Para el próximo año se aprecia un deterioro de la situación global, ya sea por los conflictos bélicos abiertos (Ucrania, Gaza) o potenciales (USA-China, Corea del Norte, Sahel), agregándose a ello una mayor incertidumbre económica asociada a tasas de interés “más altas, durante más tiempo”. Se podrá argumentar que este panorama también ensombrece nuestro futuro al ser Chile un país tan abierto al exterior, pero como plantea la citada revista: “…la transición a la energía limpia está generando nuevas superpotencias verdes y rediseñando el mapa de los recursos energéticos. El litio, el cobre y el níquel importan mucho más.”
Un segundo aspecto que puede ayudar consiste en tratar de promover proyectos emblemáticos, esto es, aquellos que tienen un alto impacto en el país, sirviendo de catalizador para un cambio de actitud a nivel de la sociedad en su conjunto. Al respecto hemos planteado la posibilidad de transformar a Codelco en una multinacional del siglo XXI, con todas las características de una empresa minera global diversificada. Para ello se pueden levantar US$ 20.000 millones con un socio estratégico: un fondo soberano de inversión de un país que esté interesado en frenar las destrucción del planeta, busque una posición fuerte en minerales estratégicos y/o quiera diversificar su portafolio (son más de 80, ¿Noruega, Suecia, Arabia Saudita?). Con esos recursos podría aumentar sus niveles de producción completando los grandes proyectos estructurales -necesarios para extender la vida de sus yacimientos- y aprovechar al máximo su potencial minero con un agresivo plan de exploraciones y adquisiciones. Además, se podría impulsar una estrategia de diversificación explotando minerales más allá del cobre, especialmente aquellos necesarios para frenar el cambio climático (la oportunidad que le abre la llamada Estrategia Nacional del Litio del actual Gobierno apunta en esta dirección).
¿Alguien piensa que una operación de esta envergadura no cambiaría el ánimo de los chilenos, poniendo al país de nuevo en una senda de crecimiento y progreso?
El tercer elemento de esta reflexión es que nuestra capacidad de ponernos de acuerdo sacó al país adelante y lo podemos hacer de nuevo. Al regreso de la democracia, Chile tenía un nivel de inflación de 27%, un nivel de deuda fiscal de 43% del PIB y un 68% de pobres, según ingresos (medido con el indicador actual). Es tan impresionante el cambio que hasta nos olvidamos de esas cifras cuando las confrontamos con el 5% de inflación actual, el 4% de deuda (que tuvimos el 2007, gracias a los ingresos del cobre) y el 6,5% de pobreza, según la última Casen.
Es cierto, hemos perdido el rumbo, pero si en los años 90 los políticos con su actitud colaborativa levantaron el país (sólo recordemos que el IPSA creció casi ¡¡12 veces!! entre 1990-95), hoy -cuando las confianzas entre ellos no existen, el espíritu de revancha se enseñorea y quién tiene el poder trata de aplastar al adversario (basta ver los procesos constitucionales)- son las empresas y los empresarios los que deben abordar el desafío de devolver al país la confianza en nuestro potencial. ¿Cómo? Invirtiendo en nuevos proyectos, mejorando la productividad y sobre todo actuando con un sentido de cluster, donde la colaboración y la competencia se promuevan en una coexistencia dinámica junto a la complementariedad entre la gran empresa y sus proveedores pymes. Todo ello, en la búsqueda de alianzas, sinergias y beneficios para todos.
Una característica muy marcada de la manera de ser de los chilenos es nuestra gran resiliencia, que nos viene de lo telúrico, de los desastres naturales que cada cierto tiempo azotan nuestra tierra. Llegó el momento de actuar y de levantarnos, una vez más, para reconstruir Chile.
Como decía el Padre Hurtado: “No nos quejemos de los tiempos, seamos nosotros mejores y los tiempos serán mejores… nosotros somos el tiempo”.
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