“La verdadera seriedad es cómica”, dijo alguna vez Nicanor Parra. De alguna manera este aforismo nos ayuda a entender que en la política de hoy es cada vez más importante tomar en serio a personajes que se presentan a sí mismos como típicos actores de comedia. Es el caso de Aldo Duque, de tamaño mediano, pero nada enjuto, vestido como un músico de una orquesta tropical, con una pegajosa “cara de chiste” que contrasta con la perpetua seriedad indignada con que habla y twittea.
Abogado de la Universidad Gabriela Mistral, Aldo Duque apareció debajo de unos sombreros mucho más grandes que él, que creíamos cubrían su calva, aunque últimamente hemos visto debajo una cabellera casi gris que se puede suponer hija de algún esfuerzo cosmetológico.
Él mismo es, en todo, hijo del esfuerzo. O más bien de la versión chilena de la meritocracia. Como Milei, su padre conducía micros y su madre era profesora. Estudió en un liceo de Puente Alto. De ahí paso a una universidad privada de las caras. Ahí entendió que la discreción, el trabajo concienzudo y silencioso, el simple profesionalismo, lo relegaría a alguna contraloría de tercera, que sería ahí “Aldito” o “el Duque”, sin personalidad propia, casado con alguien que no llame la atención, viviendo en un suburbio que tampoco brilla por ninguna parte.
Insomne, rápido, apurado, Duque no quiso ser nadie y empezó a tomar casos que nadie más quería tomar. Fra Fra Errázuriz y sus “esclavos” paraguayos, los millones de Augusto Pinochet Hiriart, la improbable inocencia de Eugenio Berrios, el siniestro químico de la DINA. Como parece que es una constancia en su vida profesional, se dedicó a defender lo peor de lo nuestro. Estos casos de alto impacto político y criminal, los mezcló con algunos más ligeros como de Anita Alvarado -la Geisha chilena- o Luli Moreno, la mujer que hablaba de sí misma en tercera persona, pero lo hacía como si estuviera cantando.
Los no agraciados sabemos mejor en que consiste la gracia de los demás. Redondo entero, sin brillo en los ojos, obligado a seducir para vivir, Duque entendió, como lo hicieron Stingo y Logan, que sus casos se defendían mejor en los plateau de televisión que en los tribunales. Se convirtió en panelista habitual de los programas de farándula más descarnados donde, de vez en cuando, recordaba que era abogado y dictaba sentencias, exhortos y condenas y más condenas, porque el perdón no es lo suyo.
Su filosofía de vida mezcla de conservadurismo y descaro, de moralina y ligereza de casco, es invencible. Siempre dispuesto a polemizar, le lanza al que sea a la cara una visión propia e inconfundible del sentido común popular llevado hasta las últimas consecuencias, hasta las más visibles inconsecuencias también, la de defender justamente a la gente que fustiga, los narcotraficantes.
Incapaz de militar disciplinadamente en algún partido, Aldo Duque solo cree en Aldo Duque y por eso sigue acumulando casos dudosos que, según la Contraloría, hacen imposible que trabaje en el estado. Que se plantee al mismo tiempo como el Bukele chileno, y que la seguridad sea uno de sus temas favoritos no es para él una contradicción, porque no hay en Duque una sola idea de mundo, ni un proyecto concreto de cómo salvar a la comuna de Santiago de su destino de fritanga y venta de objetos receptados.
Su candidatura parece una venganza contra todos lo que lo miraron feo en la universidad o los juzgados, contra los que lo excluyeron de entrada de los grandes acuerdos, esa “casta” contra la que se rebela también Milei. Esa elite que los mantuvo de bufones hasta que el carnaval invirtió el orden del mundo, consiguiendo que sean los príncipes y los sabios los encargados de hacer morisquetas a los que se supone eran los divertidos.
La Doctora Cordero, Pamela Jiles, Maite Orsini, el paso de la farándula a la política ha sido electoramente invencible, pero sus resultados políticos dejan mucho que desear. La política ha perdido algo de la solemne tranquilidad con que el representante debe asumir los problemas en su mérito. La farándula ha perdido aún más, porque no puede haber algo más triste que un personaje que se cree personalidad, un payaso que sermonea, un mago que cuenta sus trucos, o un humorista que se disculpa.
Todo indica, sin embargo, que seguirá habiendo políticos que vienen de la farándula, y más probable que haya políticos que viajen de ida y vuelta entre el Parlamento y los paneles de “chimentos”. La demagogia es una de las enfermedades crónicas de la democracia. La idea de que en democracia no tienen forzosamente que gobernar los mejores lleva a muchos a pensar que quizás sea buena idea que gobiernen los peores.
Lo cierto es que no creo que la mayoría de los ciudadanos de Santiago dispuestos a votar por Duque y su colección de sombreros, piense que él está mejor preparado que los otros candidatos para resolver los problemas de la comuna de Santiago. Lo que actúa en estos votantes es otro tipo de pensamiento que el meramente racional: Se trata del pensamiento mágico, primitivo y primario, pero también perfectamente moderno o posmoderno.
Porque para los que debemos cinco o seis veces lo que ganamos, renunciar al pensamiento mágico es un lujo que no nos podemos dar. Duque representa entonces la venganza de los mitos, de los excéntricos, de los inesperados, sobre los esperados, los comunes, los grises que no han conseguido que Santiago sea una comuna medianamente respirable. Si nadie puede arreglar el desastre de la comuna -piensan estos votantes mágicos- votemos por ese otro que por lo menos nos hará reír, sufrir, gozar un rato.
Solemos los chilenos quejarnos de la influencia caribeña, y quejarnos de que ellos nos quitaron esa rectitud británica que fue la nuestra. Aldo Duque, completamente chileno, nos prueba que siempre fuimos tropicales y que si las peores costumbres de otras latitudes llegaron aquí, es porque algo en nosotros las llamaba desde siempre.
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