Los partidos oficialistas, más la DC, anunciaron este fin de semana un pacto electoral para enfrentar en unidad las próximas elecciones municipales y regionales. En buena hora, se inicia un nuevo intento por rearticular el progresismo luego de la aplastante derrota en el anterior plebiscito constitucional y tras una lucha generacional que nos tiene electoralmente arrinconados y culturalmente exhaustos. Para que esta vez logre cuajar, es fundamental responder al menos dos preguntas. La primera:
¿Por qué no lo hemos logrado antes? Desde el primer cónclave del oficialismo, tras la derrota del 4 de septiembre, se ha intentado, sin éxito, construir una alianza de dos coaliciones. Su fracaso tiene múltiples explicaciones; quizás la más simple es que partía de una premisa equivocada: no existen dos coaliciones en el gobierno. El Socialismo Democrático no se ha constituido en un bloque articulado, y Apruebo Dignidad siempre fue una alianza electoral más que política. Se ha descuidado la tarea central: conformar una gobernanza que exprese la diversidad del oficialismo. Para ello, lo mínimo es saber quién es quién.
Al respecto, hay algunas cosas que ya sabemos: el PC actuará como es su tradición, desde una izquierda identitaria con capacidad de construir y respetar acuerdos. El PPD y el PL seguirán representando un progresismo liberal, con vocación reformista. Con el anuncio de la unificación del FA, ya sabemos que su objetivo será proteger su electorado: jóvenes de sectores medios y altos. Si se suma la DC, lo que queda de ella es su alma progresista. Es el turno de las definiciones en el PS, que debe decidir su rol: si será el pivote entre el FA y sus aliados tradicionales, o bien, unirá fuerzas con los últimos para actuar en el contexto del Socialismo Democrático. No hay recetas mejores que otras; el tema es que haya receta para poder cocinar.
La segunda pregunta es la más importante: ¿Es suficiente la unidad de los partidos oficialistas y la DC para enfrentar con éxito el próximo ciclo electoral? La respuesta evidente es no. Enfrentamos elecciones donde el foco estará en las candidaturas uninominales (alcaldes y gobernadores), y en ellas, el techo del 38% es insuficiente. Si se aspira a contener el avance de los sectores conservadores y, por qué no, recuperar territorios tradicionalmente progresistas, no basta con la suma de siglas desgastadas. En este sentido, el anuncio del pacto electoral oficialista omite quizás su principal salvavidas: la convocatoria a alcaldías y candidaturas independientes a sumarse a un pacto amplio, más allá de los límites del oficialismo y sus partidos.
En Chile, un tercio de los alcaldes en ejercicio son independientes fuera de pacto; de ellos, más de la mitad se identifican con el progresismo. Ahí está la llave para contener el avance de la derecha y para traspasar la barrera del Apruebo. Esos alcaldes y alcaldesas son el mejor vehículo para reconectar la ciudadanía, para sintonizar con sus preocupaciones y anhelos y hoy necesitan lo mismo: la más amplia unidad para contener el avance de la derecha. Tanto es así que la semana pasada, un grupo de alcaldes independientes, con gestiones de excelencia y representativos de todo el país, anunció que están articulados y quieren participar en la negociación electoral para garantizar la unidad del progresismo. Si a la receta le faltaban ingredientes, éste puede ser clave.
Así las cosas, la tarea de superar la barrera del 38% exige al menos dos esfuerzos interrelacionados: constituir una gobernanza estable de la alianza oficialista, que descomprima al gobierno en su esfuerzo por ordenar la casa. Y al mismo tiempo, construir una mesa de negociación electoral que trascienda el oficialismo e incluya a autoridades locales independientes, reconociendo y respetando su centralidad en el esfuerzo de detener la diáspora y atraer nuevos jugadores y electores para el progresismo.
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