La retórica colectivista del Frente Amplio. Por Cristián Valdivieso

Director de Criteria

Hay cambios de opinión que son interpretados positivamente por la ciudadanía. Hay otros que son vistos como imposturas o francas volteretas y que terminan pasando la cuenta. Eso le ha pasado a un gobierno que, ante su propia inconsecuencia en torno a lo colectivo que tanto infló, ante la falta de convicción en el uso del término más que con fines electorales, desacreditó el valor del mismo de lo colectivo, del nosotros entre la ciudadanía.


La apelación a lo colectivo, el ensalzamiento del nosotros por sobre el yo, ha sido una de las obsesiones históricas del Frente Amplio.

En 2017, el entonces diputado Autonomista, Gabriel Boric, interpretaba los resultados de la encuesta CEP. Respecto de la alta aprobación que obtuvieron en la medición de ese año él y Giorgio Jackson señalaba: “solo tiene sentido si logramos convertirla de adhesión personal en adhesión a un proyecto colectivo”.

Una retórica obsesiva mediante la que el Frente Amplio ha pretendido diferenciarse de las generaciones políticas anteriores. En ello, la muletilla de lo colectivo les ha servido implícitamente para apuntar a la “vieja política” como más preocupada de competir que de colaborar, de querer ascender socialmente a costa del sufrimiento de otros, de priorizar el crecimiento económico personal por sobre el medio ambiente general y, cómo no, de priorizar el yo individual por sobre el nosotros colectivo.

La relevancia política del mantra quedó nítidamente expresada en el último llamado de Boric al pedir el voto en segunda vuelta: “mi llamado es a que todas y todos voten mañana. No nos mueven intereses personales. Somos un proyecto colectivo que tiene la convicción de que la esperanza le ganará al miedo”.

Pero algo pasó que cuando alcanzaron el poder la narrativa colectivista se desvaneció. Se la escuchó tardíamente ya más como un lapsus linguae que como un acto consciente al entonces ministro Jackson en agosto de 2023 cuando dijo “no estoy velando por mí, sino por un proyecto colectivo”, pretendiendo zafar de su inevitable renuncia.

Se desvaneció lo colectivo del lenguaje porque, en el poder, la retórica no cobró vida y dejó de ser verosímil. O quizás porque nunca les interesó más que como arma lingüística para golpear a la generación anterior. Gobernando, al Frente Amplio lo colectivo dejó de rendirle ante la evidencia de tempranos hechos donde prevaleció la fuerza del yo por sobre el equipo.

La arrancada personalista con los tarros a Temucuicui de Siches partiendo el gobierno, el cuidado de la imagen y vocería propia antes que la del gobierno, “los sálvese quien pueda” que hemos visto el último tiempo ante los casos de corrupción y el intento por personalizar el gabinete de Primera Dama son sólo algunos ejemplos.

Hechos y situaciones que fueron apilándose hasta ahogar el discurso. Tanto que se les olvidó, les dejó de importar. Así fue como ministros y ministras sin preguntarle más que a su yo decidieron saltarse la ley de lobby y poner una nueva bomba en Palacio.

Así es como el presidente Boric se ha tomado atribuciones laborales poco vistas en gobiernos anteriores. Llega tarde a las pautas de prensa por estar en terapia personal, a veces incluso suspende las pautas, hay días en que arbitrariamente decide teletrabajar o sostener reuniones privadas sin transparentarlas en su agenda. Sin duda es su yoico derecho, pero, ¿dónde queda el derecho de la ciudadanía a conocer a qué dedica el presidente de la República su jornada de trabajo?

Estos últimos días, Giorgio Jackson salió de su ostracismo para comunicarnos que a su yo le resulta muy difícil imaginarse no estar vinculado a la política. También que decidió que su autoestima valía más que la gobernabilidad y se querelló contra un senador del Partido Socialista abriendo un nuevo conflicto que este fin de semana buscaron subsanar en Cerro Castillo.

Hay cambios de opinión que son interpretados positivamente por la ciudadanía. Hay otros que son vistos como imposturas o francas volteretas y que terminan pasando la cuenta. Eso le ha pasado a un gobierno que, ante su propia inconsecuencia en torno a lo colectivo que tanto infló, ante la falta de convicción en el uso del término más que con fines electorales, desacreditó el valor del mismo de lo colectivo, del nosotros entre la ciudadanía.

Visto así, se entiende que muy pocos apoyen las ideas colectivas que promueve el gobierno en sus reformas. La confianza en ellas es baja, entre otras cosas, porque contienen una impostura, una trampa en su esencia: quieren imponer la colectivización de los fondos previsionales y el aumento de impuestos a una sociedad que, como les ha enseñado el mismo gobierno, día a día descree más de la apelación a lo colectivo.

“Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, dice un popular refrán.

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