Diciembre 31, 2022

El tiempo y el año. Por David Gallagher

Ex embajador en Londres

Un año es mucho y poco, pensamos. Mucho para lo que ha pasado en nuestro país, con tanto altibajo, y esa triste tendencia a la declinación cuyo símbolo es el centro de Santiago.


El cambio del año nos nace meditar sobre el paso del tiempo.

Un año es mucho y poco, pensamos. Mucho para lo que ha pasado en nuestro país, con tanto altibajo, y esa triste tendencia a la declinación cuyo símbolo es el centro de Santiago. Poco para los 11.700 años que han transcurrido desde el comienzo del Holoceno, cuando gracias a un calentamiento del planeta, se replegó el hielo, permitiendo que la población humana llegara a unos cuatro millones. Mucho si constatamos la velocidad creciente con que el mundo cambia, estando nosotros concluyendo un año en que la población del planeta llegó a ocho mil millones.

Pero hoy para reflexionar más sobre el tiempo quisiera referirme a Marcel Proust, el gran novelista francés. Murió en 1922. Hoy es el último día en que me puedo aprovechar de su centenario, que se ha celebrado este 2022.

Ningún novelista se ocupó más del tiempo que él.

En 1909, empezó a escribir esa gran obra de siete tomos llamada “A la búsqueda del tiempo perdido”.  La terminó poco antes de morir. En sus tres o cuatro mil páginas (la cantidad depende de la edición), el narrador de Proust se dedica a recuperar su propio pasado. Pero también reflexiona sobre qué es el pasado, sobre cómo se relaciona con el presente y el futuro. Descubre que a veces, pasado, presente y futuro se juntan en un solo apabullante instante. Décadas más tarde el poeta T.S. Eliot empezaría sus “Cuatro Cuartetos” con unas líneas que Proust habría disfrutado. En la traducción de Jesús Placencia, Eliot escribe “Tiempo presente y tiempo pasado/están ambos presentes en el tiempo futuro/Y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado.”

El detonante de semejante unión de los tiempos, en Proust, es un sabor, un olor, un sonido, que desencadena memorias repentinas.

El sabor de un bollo, o magdalena, por ejemplo, le provoca al narrador recuerdos espontáneos de ocasiones en que lo sintió antes. En ese instante él se vuelve el mismo que fue entonces. El tiempo que ha transcurrido se esfuma y él goza del momento anterior como si lo estuviera viviendo ahora, pero en forma más pura, porque la vez pasada alguna incomodidad -un dolor, una mala postura- lo podría haber distraído.

El instante al que ha llegado tiene en realidad la pureza de la intangibilidad. Es pura esencia. Y puede reunir no solo un recuerdo, sino muchos. Así en “El tiempo Recobrado”, el séptimo y último volumen de la obra, el narrador pisa un pavimento desigual, frente a un conjunto de árboles iluminados por el sol, y revive las veces que ha visto árboles similares: se le juntan recuerdos de Venecia, de Normandía, de París, recuerdos que se sobreponen a la muerte en una explosión de eternidad.

Todo esto ocurre gracias a lo que Proust llama la memoria involuntaria. La voluntaria, la que busca reunir recuerdos en forma consciente, él la considera aburrida, como una colección de tarjetas postales áridas en que la esencia del pasado ya no está. Tal vez la magia del instante eterno que detona la memoria involuntaria provenga de que lo que se rememora es justamente una esencia, libre de los tediosos detalles de la compleja realidad.

Borges fue más lejos que Proust. En Borges no solo se pueden unir involuntariamente dos o más tiempos en la mente de una persona. Se pueden unir en distintas personas que nunca siquiera se conocieron. Así por ejemplo un gaucho, sorpresivamente atacado por su ahijado, de alguna manera es Julio César, atacado por Marco Bruto. “Pero Che”, le dice el gaucho al ahijado, y al decirlo es esencialmente Julio Cesar, cuando amonesta a Bruto por su sorpresiva traición. Dice Borges del gaucho que muere sin saber que es “para que se repita una escena”.

Proust desarrolló toda una estética de la repetición. Por ejemplo, una sonata nueva puede, para el que la oye por primera vez, producir rechazo. Tal vez porque nos resistimos a lo extraño. Pero la segunda o tercera vez que la oímos, la sonata nos agrada. Es que la belleza parece estar en el eco de lo ya visto u oído, en la seguridad que nos da la repetición de lo ya familiar, y la sensación de eternidad que nos provoca.

Quizás por eso nos agrada tanto celebrar el cambio de año. A medianoche mientras oímos los doce campanazos, disfrutamos de la repetición de lo familiar, y a la vez sentimos algo de esa eternidad que genera esa repetición a través de los años. Somos aquel o aquella que éramos. También somos todos aquellos que oyen o han oído los campanazos.

Pero pronto ese arrebato esencial es poblado por los tediosos detalles del año que comienza, esos detalles que no tenemos cómo conocer hasta que se den.

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