Susan Neiman en Chile. Un mapa para entender. Por Cristóbal Bellolio

Ex-Ante
Susan Neiman durante su exposición en la Universidad Diego Portales.

Neiman implora que la izquierda vuelva a ser progresista en el sentido clásico: que valore los innegables avances en justicia social y abandone la actitud de lloriqueo permanente, el patrullaje obsesivo de ofensas, y la arqueología de injusticias pasadas como si todo lo anterior fuera sucedáneo de un proyecto político. Pero es difícil que la nueva izquierda, a estas alturas, le haga caso.


La presentación en Chile del libro Izquierda no es Woke, de la filósofa estadounidense Susan Neiman, abrió al menos tres discusiones en el mundo intelectual que rodea la política.

La primera es más vieja que el hilo negro: ¿debería la izquierda preocuparse de la redistribución o del reconocimiento? Los que defienden la primera, típicamente socialistas de viejo cuño y cultura laborista, sostienen que la madre de todas las batallas es igualar las condiciones materiales de la población. Los que promueven la segunda, usualmente identificada con la “nueva izquierda”, creen que la prioridad es visibilizar a la diversidad de grupos oprimidos, incluyendo mujeres, indígenas, inmigrantes y minorías sexuales, y compensar las injusticias históricas a través de derechos diferenciados. Pero el libro de Neiman no se trata de eso.

La segunda resucitó el debate entre marxistas y populistas. Los segundos, como el argentino Ernesto Laclau, critican a los primeros por su “esencialismo de clase”, por seguir pensando en el proletariado como sujeto histórico. Por lo mismo, proponen pensar al pueblo como coalición de grupos e identidades cuyas demandas han sido sistemáticamente obstaculizadas por la oligarquía. Los primeros contestan, como lo hace el esloveno Slavoj Zizek, que estas demandas no son necesariamente anticapitalistas, y por tanto este “pueblo” no es realmente de izquierda. El “pueblo” que apareció en el estallido social es un buen ejemplo: iba de NO+AFP a NO+TAG. Pero el libro de Neiman tampoco se trata de eso.

¿De qué trata realmente? El libro de Neiman es una reivindicación del universalismo contra el tribalismo que supone un tipo recargado de política identitaria. Primera cosa: si bien es cierto que el universalismo comenzó definiendo a la izquierda en tiempos ilustrados, con su noble aspiración de erradicar las diferencias de estatus del antiguo orden social, hace rato que caracteriza mejor al liberalismo, con el cual la izquierda tiene sentimientos encontrados. Neiman está más cerca de John Rawls y Brian Barry que de Karl Marx y Nancy Fraser.

Específicamente, el problema de Neiman es con otro esencialismo: el esencialismo del origen y la pertenencia al grupo. El universalismo liberal erradica mentalmente las diferencias de origen para elaborar principios y construir instituciones aceptables para todos, sin importar género, etnia, orientación sexual o cualquier otra adscripción grupal no escogida.

Pero este universalismo “ciego a la diferencia” que alguna vez prestigió al liberalismo por su alcance emancipador, lleva décadas bajo asedio desde la misma izquierda. La política identitaria es la última versión de una conspicua línea que incluye la crítica comunitarista de Sandel, la política de la diferencia de Iris Marion Young, la política del reconocimiento de Charles Taylor, y hasta el multiculturalismo de Will Kymlicka. Es una línea que se opone fundamentalmente a la posibilidad del desarraigo, a la lógica del individuo desvinculado de sus circunstancias, a la epistemología de la abstracción.

En esto tiene razón Carlos Peña: este papel lo desempeñó tradicionalmente la derecha y el mundo conservador. La derecha justifica la fragmentación de la experiencia social a partir del origen. Por eso defiende que los grupos intermedios sean impermeables a la mano uniformadora del estado. Por eso defiende la objeción de conciencia institucional y que los colegios puedan decidir su curriculum. Por eso piensa que la segregación es consecuencia natural de la libertad y el mérito.

En cambio, en este relato, la izquierda abogaba por la integración de la experiencia social. Por disminuir la desigualdad y crear espacios de encuentro, por una educación y salud pública, por forjar un sentido de ciudadanía fuera del mercado. Eso, piensa Neiman, se perdió. La orientación normativa de la (nueva) izquierda no es menos centrifuga que la que tiene la derecha.

Adicionalmente, Neiman está defendiendo un tipo de democracia que depende, como diría Habermas, de “la fuerza del mejor argumento”. Este ideal deliberativo que ha tomado fuerza en círculos liberales progresistas es difícil de conciliar con la tesis de que todo depende de nuestra posición en el cosmos identitario interseccional.

Es decir, que las víctimas son acreedoras de un trato preferencial por el mero hecho de serlas, una tesis que abunda en las nuevas generaciones. En este sentido, la reflexión de Neiman encaja mejor con Jonathan Haidt que con Alexandria Ocasio-Cortez.

Finalmente, Neiman implora que la izquierda vuelva a ser progresista en el sentido clásico: que valore los innegables avances en justicia social y abandone la actitud de lloriqueo permanente, el patrullaje obsesivo de ofensas, y la arqueología de injusticias pasadas como si todo lo anterior fuera sucedáneo de un proyecto político. Pero es difícil que la nueva izquierda, a estas alturas, le haga caso. Suena más realista que Neiman se declare liberal y dé esa batalla por perdida.

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