Sebastián Piñera no se parecía a nadie. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista
Créditos: Presidencia.

Aunque tuvo en sus hombros deberes gigantescos, que encaró con responsabilidad única, algo en Piñera nunca se tomó gravemente en serio; algo ligero lo salvó siempre de su propia sombra. Pienso que esa libertad fundamental, tan suya, es parte de su legado, algo que nada ni nadie puede arrebatársela ahora.


Después de entrevistarlo por treinta años creo haber conocido bastante a Sebastián Piñera, aunque creo no haber nunca traspasado el umbral de su secreto. Porque su secreto era ese, no tener secretos, abrirse al mundo, confiar que el mundo iba hacia algún lugar mejor. Una vez, cuando era senador de la República, una de sus hijas me contó el infierno doméstico que empezó a desarrollarse cuando en un programa de televisión dio el teléfono de su casa para que llamaran los electores. A él le parecía lo más natural del mundo.

Cuando lo entrevistaba para la prensa era un infierno tratar de delimitar donde empezaba el siempre sabroso off the record y cuando lo que debía quedar escrito en la entrevista. Los discursos los escribía con su rara letra uniforme y su inseparable regla con que delimitaba una idea de otra como si se tratara de una tarea para el colegio. Pensaba delimitando, subrayando, y era quizás la esencia misma de su forma de comunicarse: subrayar lo dicho para que no se borrara.

Nunca pudo decir solo lo que debía decir y nada más lo que debía decir, porque pensaba hablando, improvisando, lanzando nombres, ideas y proyectos a una velocidad que me dejaba por varias horas electrizado cuando lo entrevistaba. Como no podía dejar de preguntarme cómo encontraba las carpetas que necesitaba entre esas montañas de papeles que trasladaba de oficina en oficina siempre en el mismo y riguroso caos que solo el gobernaba.

Sabía de dónde venía y eso me ayudaba a entender parte de sus peculiaridades. No en vano había sido parte del club deportivo El Golf, que lideraba mi padre, un club de niños y obreros de la construcción donde ya Sebastián competía en todos los deportes habidos y por haber.

Conocí también a su padre, un hombre de un refinado sentido del humor, excéntrico por todos lados. Y su mamá, una mujer de una generosidad acelerada, pero constante que repartía ayuda, y buenas nuevas como una metralleta reparte municiones. Gente absolutamente carente de ambición monetaria o social.

Sebastián Piñera no tenía por donde salir normal. Siempre me impresionó que saliera optimista, lleno de proyectos, de ganas, de buenas intenciones. También que teniendo tantos enemigos no le deseara demasiado el mal a nadie, y fuese capaz de perdonar hasta las peores felonías y trabajar con quienes no debería haber podido sentarse siquiera en la misma mesa.

Todos vivimos jugando, pero en algunos se apaga de repente la fiebre por probar, por intentar, por ir más lejos, por hacerlo otra vez, mejor o peor, pero siempre otra vez. Muchos otros empresarios, aventureros, exploradores o locos, son así, pero lo que distinguía a Piñera era la falta de amargura, las ganas de servir, de ser útil. Es difícil decir a qué le tenía miedo. O quizás uno hubiese querido que le tuviera miedo a más cosas. Pero votar por el “No” declarándose de derecha era ser valiente en 1988. Hablar de los cómplices pasivos a los cuarenta años del golpe pedía más que coraje, sino también visión, responsabilidad con la historia. Historia que, me consta, tomaba con una seriedad con que no tomaba nada más.

No es el momento y el lugar de discutir las acciones de sus dos gobiernos, sino de mirar a un hombre que no tuvo la mezquindad de restarse a los acuerdos, conversaciones y diálogos de todo tipo. Un hombre que se supo solo muchas veces en su sector político y que apostó, sin embargo, por proponer un camino para este, lejos de los esperpentos de la guerra fría de la que era un hijo más. Un hombre que entregó, a pesar de los pesares, un estallido y una pandemia; un país en paz, dos veces, a presidentes de signos contrarios al suyo. Fue un Presidente que no vio nunca enemigos, sino simples adversarios a los que siempre ofreció su infinidad de conocimientos sobre grandes temas y nimiedades; detalles y grandes tramas que cabían a la vez en su prodigiosa memoria.

Lo veo en distintos estudios de televisión trasladando en un gancho su propia camisa o llegando después de quemar los semáforos porque viéndolo en su casa se dio cuenta que el próximo entrevistado era él. Lo veo hablando sin parar, y sin parar preguntando por todo y cualquier cosa a animadores, maquilladores, camarógrafos. Odiado, querido, comprendido, apurado siempre, imposible de pillar sin datos, números, ideas. Desafiando siempre, empujado por una ansiedad quemante por decir, por decidir, por saber las respuestas antes de saber muchas veces las preguntas.

Todos podemos opinar sobre el adulto que hemos llegado a ser, pero todos debemos respetar al niño que lo habita. En Piñera, ese niño era más grande que en cualquier político que haya conocido. Nunca pude odiarlo, y nunca pude reverenciarlo, reverencias que nunca buscó por lo demás. Nunca vi la diferencia entre el Piñera que iba a buscar a la Cecilia en la calle Phillip donde trabajaba mi tío Juan en los ochenta y al senador, el candidato, el dueño de LAN, el Presidente.

Le gustaba ganar, pero no le importaba vencer ni aplastar al vencido. Si por un tiempo fue al mismo tiempo uno de los hombres más ricos, uno de los más poderosos y uno de los más influyentes del país, nunca me sentí en la indignidad aplastante del poder. Siempre sentí que, al fondo de todo, y no tan al fondo, el cristianismo quemante de su madre, la Picha Echeñique, guiaba partes de sus acciones. O, si no era la Picha, quizás era su tío Bernardino. Gente que no tomaba en serio ningún poder.

Eso era quizás lo esencial, aunque tuvo en sus hombros deberes gigantescos que encaró con responsabilidad única, algo en Piñera nunca se tomó gravemente en serio, algo ligero lo salvó siempre de su propia sombra. Pienso que esa libertad fundamental, tan suya, es parte de su legado, algo que nada ni nadie puede arrebatársela ahora.

Lea también. Las 48 horas finales del ex Presidente Piñera: El diálogo con Boric y su visita al Parque Tantauco

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