Un profesor universitario contaba hace un tiempo que fue a comprar a una tienda de lápices en un país de Sudamérica. El local estaba vacío, pero le llamó la atención el sistema ideado en la hermosa tienda de lápices. Miró en la repisa una caja de cristal con lápices dentro que finalmente eligió comprar. El vendedor detrás del mostrador le entregó un ticket que debía llevar a otro rincón de la tienda y entregar a una segunda persona quien le dijo el precio de la caja de lápices (unos US$ 12) y le pagó. Ahí recibió otro ticket que debió llevar ahora donde una tercera persona que le entregó finalmente el lápiz. El académico reflexionaba acerca del porqué se necesitan tres personas para vender un lápiz de US$ 12 en una tienda vacía.
Claramente esto pasaba porque el dueño de la tienda no confiaba en la gente y se negaba a que alguien tuviera el dinero y el lápiz al mismo tiempo. El elaborado y costoso sistema tenía su origen en la desconfianza. Y es que cada vez que la confianza se vulnera la cuenta la pagamos todos.
La confianza es, sin duda, uno de los elementos más importantes en la vida cotidiana y en las relaciones que tenemos en todos los sentidos.
Ponemos nuestro dinero en el banco que nos da confianza, contratamos servicios varios en el entendido que nos cumplirán. Confiamos en la gente que trabaja con nosotros, incluso en quienes cuidan y educan a nuestros niños y muy pocas veces nos sentamos a reflexionar acerca de lo que la confianza significa en nuestras vidas.
Lo mismo sucede con el denominado “juego de los bienes públicos”. Todos invertimos y pagamos impuestos, por ejemplo, en el entendido que esos dineros se gastarán en el bien de la comunidad. Cuando una persona decide traicionar el bien común, ya sea apropiándose de dineros públicos, ya sea cuando elude pagar impuestos; traiciona el bien común por su interés egoísta. Al día siguiente la gente estará menos dispuesta a pagar impuestos.
En una sociedad “buena” todos invertimos en ella, voluntariamente, la gente participa, la gente ayuda y todos se benefician. Pero cuando alguien comienza a traicionar el bien público se rompe el equilibrio, que además es muy frágil. Basta que una persona traicione el bien común y todo se deteriora.
Y esto es en parte lo que ha venido pasando con nuestra política, en que cada vez más se repiten consignas sin un relato, sin ánimo alguno para buscar el diálogo que se necesita en una democracia. No lo hacen mejor ciertos medios de comunicación, ni la ejemplaridad de los personajes públicos colonizados por tribalismos y polarizaciones.
Necesitamos volver a creer en nuestros políticos, en nuestras instituciones, en las empresas, en nuestros profesionales y en la gente en general. No es una tarea fácil, pero es imprescindible.
¿Cómo lograrlo? No hay una receta, pero al menos habría que esperar transparencia cuando exista un incidente, un error o se descubra un delito evidente. Porque cuando se desvela la verdad y se intenta reparar los errores, se crea confianza, se facilita la provisión de bienes públicos y se promueve la constitución de sociedades civiles más saludables.
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