La diosa Némesis es una de las más esquivas de la mitología griega. Hay relatos muy diversos sobre su origen, versiones distintas de las leyendas asociadas a ella y, sobre todo, disímiles interpretaciones sobre el significado de la justicia que imparte. A diferencia de la noción tradicional de la justicia ciega, que juzga con la vista cubierta para poder dictaminar conforme a la verdad lo que es correcto y bueno, la diosa Némesis está asociada a una justicia a rostro descubierto, que actúa deliberadamente sobre la desmesura, los excesos en que incurre la fortuna o el orgullo o engreimiento de los seres humanos.
Para algunos, eso transforma a Némesis en la diosa de la venganza, aunque en realidad se sustenta en una idea más laica de la justicia, asociada al equilibrio o a un cierto balance, no solo de una verdad pura y nítida para todos. En sus memorias sobre la II Guerra Mundial Winston Churchill se refiere a ella desde esta última perspectiva, al sostener que es “la diosa que le da a cada uno la recompensa o el castigo que le corresponde, reduce las fortunas desmedidas, pone freno a la presunción que las acompaña y venga los crímenes extraordinarios”.
En términos políticos, la diosa Némesis es la que en algunos casos invita a la prudencia, en otros atenúa los giros de la fortuna y en no pocos alienta a los derrotados, como en el refrán “no hay mal que por bien no venga”. Su gracia está, precisamente, en su ductilidad. Sobre esa base, es también una fuente de interpretación histórica, porque advierte sobre la finitud del poder y que siempre hay fuerzas o hechos que limitan, socavan o llevan al colapso a líderes, países o imperios.
En la mitología griega esa es la referencia a cómo la gloria de Aquiles está destinada a su muerte en combate. Es la apreciación que Maquiavelo tiene sobre el auge y caída de Savonarola y César Borgia. Napoleón regala otros ejemplos, por cómo su ímpetu republicano deriva en el Imperio y cómo su genio militar sucumbe en la batalla de Waterloo. En misma la historia francesa Mitterrand es el auténtico Némesis de De Gaulle y, volviendo a Churchill, además de ser la contracara de Chamberlain, gana la guerra e inmediatamente pierde las elecciones celebradas en junio de 1945.
Vale decir, a veces se presenta como tragedia y en otras como una suave advertencia.
En nuestra historia reciente hay de ambas.
Es inevitable considerar que la tragedia de Allende tuvo los rasgos de un proceso que desató fuerzas que no logró encauzar ni detener y, a su vez, que la de Frei Montalva es que cooperó en su caída para terminar asesinado por la dictadura. Pinochet defendió el golpe bajo el relato de salvar la cultura cristiano-occidental del comunismo y quedó en un rincón oscuro de la historia por la brutalidad de sus crímenes de lesa humanidad.
La figura portaliana del liderazgo fuerte de Lagos fue reemplazada por el temple amable y maternal de Bachelet, que sin embargo no dejaba de ser severa e incluso castigadora; y aún así ella enfrenta su mayor crisis por las andanzas de su hijo. A su vez, el gran gestor que era Piñera concluyó como uno de los gobiernos más incapaces de administrar las crisis, agravando las debilidades económicas estructurales que asomaban en el país.
Son variantes de un sino trágico que todos los liderazgos enfrentan, sin exclusión.
El punto es, siguiendo esa recurrencia histórica y humana, que en torno al Presidente Boric ya se incuba su Némesis. Lo será respecto de sus desmesuras, su fortuna o sus debilidades. Es demasiado lineal pensar que un triunfo del Rechazo puede ser el balance a sus éxitos y no faltará quién reclame “vaya la elección que eligió perder”. Sin embargo, hay dominios más sutiles en que la diosa Némesis puede querer expresarse.
Puede recaer en la moralización de su relato, como a Savonarola; o en los intersticios en que el peso del realismo suele desnudar los deseos del idealismo político, como ya le ocurre con la radicalización de las acciones de los grupos armados, los brotes fascistas contra la inmigración y el desborde de la delincuencia; o en la necesidad que asuma de dar un giro reformista a sus aspiraciones refundacionales; o en que su generación requiera de otras para dar viabilidad a su gobierno.
Si algo advertían los griegos era sobre las veleidades en que Némesis podía incurrir; ella perfectamente puede ser muy arbitraria o querer advertir sobre algo que ni siquiera hemos detectado.
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