Israel tiene derecho a defenderse, pero no de esta manera. Por Mario Waissbluth

Ex-Ante
Imágenes de un ataque en Gaza (a la izquierda) y de la destrucción causada por Hamas tras su ofensiva en Israel (a la derecha).

Soy judío por el lado de mis cuatro abuelos. Ateo convencido, pero cultural y étnicamente judío. Mis amigos y familiares protestan cuando me escuchan quejarme de los bombardeos, y me responden… “pero Israel tiene derecho a defenderse”. Obvio que lo tiene, pero creo que no de esta manera. Israel cayó en una trampa meticulosamente diseñada.


Comienzo a escribir con el estómago apretado, citando otra columna de Ricardo Brodsky en este mismo medio: “…el secuestro de decenas de personas, la masacre de jóvenes en un recital de música, entre otras atrocidades, hizo pensar que justamente lo que Hamas buscaba … era provocar una reacción desmedida de las Fuerzas Armadas de Israel para volcar a la opinión árabe en contra del establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel y alentar la causa palestina”.

Lo lograron a la perfección. Pero tal vez lo que nunca imaginaron fue que además, como premio mayor, lograrían desatar una ola mundial de antisemitismo, incluso más allá del mundo árabe. Campus como los de Harvard y Cornell con inéditas manifestaciones antijudías. Degollar judíos en frente a cámaras de televisión, lo que debería haber generado la repulsa mundial, se transformó en pocos días en antisemitismo, no solo en antisionismo. En una de las escenas más impactantes, una multitud irrumpió en un aeropuerto en una región rusa, donde llegó el domingo un vuelo procedente de Israel, gritando: “No hay lugar para los asesinos de niños en Daguestán”.

Hamas superó así sus propias expectativas. Deben estar brindando con regocijo, pues la muerte de palestinos en Gaza les importa un comino, o probablemente les parece una generosa ofrenda divina, un bienvenido martirio, con tal de hacer desaparecer a Israel del mapa.

Soy judío por el lado de mis cuatro abuelos. Ateo convencido, pero cultural y étnicamente judío. Mis amigos y familiares protestan cuando me escuchan quejarme de los bombardeos, y me responden… “pero Israel tiene derecho a defenderse”. Obvio que lo tiene, pero creo que no de esta manera. Israel cayó en una trampa meticulosamente diseñada.

Cada bomba que cae en un edificio de Gaza (probablemente arriba de un túnel terrorista porque la aviación israelí es muy precisa) genera muerte de civiles, “daños colaterales” que se traducen en nuevas manifestaciones mundiales, no solo contra Israel, sino contra los judíos en general. No solo eso, sino que además esa bomba promueve el crecimiento de Hamas entre los familiares sobrevivientes de las víctimas, con lo que Hamas se regenera.

No sé si Hamas perderá o ganará esta guerra militar, pero ya ganó irreversiblemente la guerra del odio. Ya lograron que no haya paz en Medio Oriente por lo menos por otro medio siglo. Por cierto, es completamente dudoso que Hamas pierda esta guerra militar.

¿Qué porcentaje de los dos y medio millones de gazatíes son Hamás o pro Hamas furibundos o por último moderadamente pro Hamas? ¿Qué porcentaje de edificios deben ser arrasados? ¿Qué porcentaje de los 500 kilómetros de túneles deben ser demolidos? Si de matar a sus cabecillas se trata, muchos están cómodamente enviando sus instrucciones desde Siria o Iran. El funesto gobierno de Netanyahu no solo tiene una mala estrategia militar, sino también política, cultural y comunicacional.

En 1993, Itzhak Rabin y Yasser Arafat firmaron los acuerdos de Oslo, abriendo por primera vez una promesa seria de paz, incluido el reconocimiento de un Estado Palestino con fronteras seguras en Cisjordania y Gaza. Esto le cayó pésimo a los ultras de ambos lados. A poco andar Rabin fue asesinado por un ultraortodoxo judío, y Hamás organizó numerosos atentados suicidas en las calles de Tel Aviv, las que terminaron llevando al poder a un ultra nacionalista de derecha en Israel, Benjamín Netanyahu, que se dedicó con placer a sabotear los acuerdos de Oslo, a incrementar los ilegales asentamientos judíos en Cisjordania y, aunque parezca increíble, a financiar a Hamás durante un tiempo.

Durante años, los gobiernos encabezados por Netanyahu adoptaron un enfoque que dividió el poder entre la Franja de Gaza y Cisjordania, poniendo de rodillas al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, mientras tomaban medidas que apuntalaban al grupo terrorista Hamas. Su peregrina idea era impedir que Abbas –o cualquier otro miembro del gobierno de la Autoridad Palestina en Cisjordania– avanzara hacia el establecimiento de un Estado palestino.

Así, Hamas terminó haciéndose en Gaza con el poder total. Los ultras de ambos bandos están hoy instalados en el poder y viviendo sus epopeyas de conquistas territoriales, encomendadas por sus respectivos dioses y profetas.

¿Qué pudiera o debiera haber hecho el ejército israelí? No hay una respuesta fácil, salvo decir lo que no debieran haber hecho: causar miles de muertos y heridos en la población civil de Gaza.  Han establecido dos metas militares: recuperar a los 230 rehenes, meta híper legítima, y eliminar a Hamas, meta de muy dudosa factibilidad. Están actuando impulsados por la rabia, emoción comprensible pues fueron humillados el 7 de octubre, lo que les ha impedido actuar con la cabeza fría. Cayeron en la diabólica trampa.

Mi única y frágil esperanza hoy, es que ya hay muchedumbres en las calles de Israel pidiendo la salida inmediata de Netanyahu y su cáfila de ultraderecha, tanto por lo ineptos que fueron para prevenir y luego reaccionar a esta invasión, como por haber fortalecido a Hamas, por haber seguido políticas de odio por décadas y estar hoy aumentando ese odio.

El diario Haaretz, en un mordaz artículo publicado este lunes, dijo: “Los dos puntos más bajos del planeta están en Israel: el Mar Muerto y la conducta de Benjamín Netanyahu. Una es una maravilla natural, la otra una monumental torpeza política”. Ojalá él y su coalición caigan, y ojalá llegue algún líder con el carisma, la habilidad política y la fuerza necesaria para cambiarle el rumbo a este barco que navega hacia un desastre total para Israel y para la paz étnica y religiosa en el mundo.

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