No sé a usted, pero, al menos en mi caso, cada vez que escucho o leo sobre un nuevo Día Internacional de La Mujer, algo no me suena bien, y lo digo de forma literal. No me refiero a la conmemoración en sí (aunque es de esperar que, en algún momento, marcar esta diferencia no sea necesario), sino al modo en que se hace referencia a nosotras en singular, como si hablar de la mujer equivaliera a hablar de todas por igual. Más que un problema gramatical -la frase está bien construida-, se trata de un asunto de fondo que resulta, incluso, paradojal y esto se debe a diversos motivos:
Aunque nuestra memoria histórica esté poblada mayoritariamente por nombres de personajes masculinos, las mujeres han ejercido los roles más diversos a lo largo del tiempo y han participado en forma activa en todos los procesos que han conformado a nuestra sociedad. Aunque no fuera de forma oficial, han influido en cada debate político, han asistido a la guerra y se han ensuciado las manos en todos los oficios y actividades. Eso de que todas estaban recluidas y silenciadas en sus casas, sometidas a la violencia patriarcal, no es más que un mito.
No existe Una historia de La mujer, sino historias de mujeres presentes y activas a lo largo de los siglos. Sólo a partir de esta premisa nos abriremos a buscarlas y recordarlas en su variedad. Que este 8 de marzo haya sido un día de las mujeres que ayude a reconocernos en nuestra diversidad y a valorar lo que cada una, como persona, más que como mujer, hace y ha hecho para contribuir a una mejor sociedad.
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