Las democracias liberales son el lugar de encuentro de dos visiones de mundo en permanente tensión.
Por una parte, el lado democrático puja porque se imponga la voluntad de las mayorías. En esta dimensión de la democracia liberal, intereses y preferencias se disputan el poder y resuelven sus diferencias mediante el voto. Necesariamente alguien gana y alguien pierde.
Por otra parte, el lado liberal de las democracias liberales empuja por el respeto a las minorías y, sobre todo, a la codificación de derechos y obligaciones. En esta dimensión, la voluntad mayoritaria está sujeta a los límites del Estado de derecho, de los tribunales de justicia y del respeto a minorías y derechos fundamentales, como los derechos humanos. No cualquier cosa que alcance más del 50% es legítima. En este sentido, el énfasis está en los consensos, en aquello en lo que los distintos intereses y preferencias puedan acordar, sin que ninguno pierda o gane completamente.
Hace tiempo ya, las democracias liberales del mundo están estresadas y, en algunos casos, en estado crítico por la tensión entre el lado liberal y democrático. En su ampliamente leído libro, “The People versus Democracy”, Mounk (2019) describe la crisis que están viviendo las democracias liberales asediadas por un populismo iliberal, por un lado, y un antidemocrático abandono de la disputa política, por el otro.
Más allá de la teorización política, parece que es cada vez más difícil ponerse de acuerdo sobre los límites entre los disputable y lo consensuado.
Una cara de esto es la polarización. Por ejemplo, según datos del Pew Research Center, en Estados Unidos, nunca había habido tanta diferencia ideológica entre los seguidores del Partido Republicano y los del Partido Demócrata. No solo eso, entre 2016 y 2022 el porcentaje de republicanos que afirmaba que los demócratas son deshonestos ha aumentado de 45% a 72%. Algo parecido ha ocurrido con los demócratas, que en un 64% afirman que los republicanos son deshonestos.
Inmoralidad, falta de inteligencia, flojera, etc. En todas estas características hoy republicanos y democráticos tienen una visión más negativa de sus contrincantes.
Esta polarización afectiva hace muy difícil ponerse de acuerdo, pues implica una invalidación del otro como un legítimo interlocutor. Implica la ausencia de las confianzas básicas necesarias para llegar a acuerdos.
En Chile la situación es algo diferente. Más que polarización tradicional, hay una fragmentación radical en la que ninguna fuerza política logra acumular suficiente fuerza para ser un “polo”.
Como ha plantado Meléndez (2022), en Chile el voto está cada vez más motivado por identidades negativas, lo que genera la ilusión (pasajera) de fuerza política. Sin embargo, un voto movido por rechazo visceral al contrincante no se traduce en enraizamiento social de las fuerzas políticas.
¿Cómo logran nuestros representantes llegar a acuerdos si el principal motor del voto es el rechazo a sus contrincantes? ¿Qué incentivos tiene un diputado para cruzar el Rubicón y llegar a un acuerdo si, en realidad, sus votantes no sienten particular lealtad con ese representante y se movilizan por el repudio a su contrincante?
Uno de los más nítidos ejemplos de esta dificultad es el estancamiento que hemos vivido en la discusión sobre pensiones de la última década.
Algo de esto se observa, también, en el debate constitucional actual. Una de las mayores dificultades del momento político actual es que para hacer algunas reformas al sistema político que faciliten la llegada de acuerdos y disminuyan la fragmentación radical, necesitamos un acuerdo. Necesitamos un acuerdo para llegar a acuerdos.
La posibilidad de que la negociación, tanto en pensiones como en Constitución, sea fructífera descansa en que suficientes actores políticos estén dispuestos a sobreponerse a los incentivos de corto plazo.
Es decir, hace falta que suficientes fuerzas políticas se den cuenta que, en el largo plazo, si fracasan las negociaciones, el porrazo no se lo llevará solo el contrincante, sino se lo llevará la democracia liberal misma.
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