Alfredo Joignant y proceso constituyente: “Mientras más pase el tiempo de inevitable cocina, mayor será el aburrimiento de los ciudadanos”

Marcelo Soto

Sociólogo y cientista político, profesor en la UDP, Alfredo Joignant dice que “la desafección con un nuevo proceso electoral para los fines de legitimar una nueva Constitución es real”. Y agrega: “Debemos ser conscientes que este es el segundo y último cartucho que nos queda: no tendremos una tercera oportunidad”.


-Pareciera que el nuevo proceso constituyente ha sido más complicado de lo que se pensaba. ¿Qué está fallando? ¿Falta aquilatar políticamente lo que sucedió el 4 de septiembre?

-Lo que sucede es que todas las fuerzas están aquilatando las consecuencias del resultado, y de modo incipiente sus causas. Mientras más pase el tiempo, la reflexión sobre las consecuencias se irán combinando, en un caldo confuso, con las causas de la derrota (o de la victoria). Si se mezclan ambas reflexiones (causas y consecuencias), el resultado será una insoportable cacofonía: de allí la urgencia de cerrar rápidamente un acuerdo de continuación y cierre del proceso de cambio constitucional.

-¿Por qué no se deben mezclar?

-No porque se deba abortar la interrogante sobre las causas (que implica una pregunta sobre las responsabilidades, lo que atañe especialmente a las izquierdas y a las fuerzas anti-sistema y anti-partidos de la Convención), sino porque la pregunta sobre las causas implica una temporalidad distinta a la de las consecuencias.

La urgencia está en las consecuencias y en la pregunta de cómo continuar: la interrogante sobre las causas, esencial para la sobrevivencia de las izquierdas, supone una temporalidad distinta, más larga. Temo que comiencen a combinarse ambas interrogantes, y por tanto ambas temporalidades, lo que sería letal para las izquierdas (no por igual para todas, pero ese es otro tema).

-La presidenta del PS, Paulina Vodanovic, apuntó a Chile Vamos por la demora. Diego Ibáñez, diputado de Convergencia Social, el partido del Presidente Boric, fue más crítico: “Ha sido muy difícil seguir avanzando… al frente tenemos una intransigencia y soberbia que a mi juicio dice relación con sentirse dueños del 62%”. ¿Cómo observas el papel de la derecha hasta ahora?

-Al igual que las izquierdas, las derechas también están en un profundo estado de confusión de qué hacer con un resultado tan holgado que tampoco ellos previeron. Esa confusión colisiona con las promesas previas de proseguir con el cambio constitucional: al igual que las personas, los partidos también se encuentran cazados con sus propias palabras.

La confusión de la derecha no se mide a escala de coalición, sino de partidos: en quien menos veo confusión es en la UDI, cuyo presidente Javier Macaya busca honrar la palabra de transitar hacia una nueva Constitución. Pero más profundamente, en toda esta confusión subyace un actor sin identidad real, salvo la que le entregan los propios partidos: los diputados y senadores “independientes” que fueron electos en cupos de partidos, y que ahora se rebelan porque no son escuchados.

-¿Los independientes son los nuevos díscolos?

-Aquí hay una razón profunda y muy anómala: los independientes de los partidos (de todos los partidos) se rebelan desconociendo que, sin el aval que los partidos les entregaron, no habrían sido electos. Esa sublevación de los independientes es responsabilidad de los partidos, y la derecha lo está pagando a partir de una práctica histórica que hoy les juega como un boomerang.

¿Cómo aplacar este envalentonamiento de los independientes ante las marcas que ellos mismos utilizaron, y de las que profitaron? Dicho de otro modo, ¿cómo conseguir que los partidos se impongan ante emprendimientos individuales de los independientes, muchas veces vanidosos?

-¿Cómo podrían elegirse independientes en la próxima convención?

-La respuesta inmediata no tiene nada de evidente, aunque la respuesta referida al futuro no me merece dudas: los independientes candidatos en cupos de partidos serán seleccionados en base no solo a méritos, sino a su fidelidad a quienes los promovieron como candidatos. De no ser así, entonces mejor avancemos en mecanismos aleatorios, de tipo sorteos entre los 15 millones de chilenos que no forman parte de partidos, para elegir a quienes redactarán el futuro texto constitucional. Alternativas metodológicas existen.

-¿Qué riesgo hay de que se produzca una desafectación de la gente con el nuevo proceso?

-La desafección con un nuevo proceso electoral para los fines de legitimar una nueva Constitución es real: mientras más pase el tiempo transaccional, de inevitable cocina, mayor será el aburrimiento de los ciudadanos con un proceso que podría terminar siendo visto como fallido.

¿Otra derrota de un texto constitucional sería catastrófica?

-De haber aun piso para un nuevo impulso electoral de una nueva asamblea redactora (como quiera que la llamemos), debemos ser conscientes que este es el segundo y último cartucho que nos queda: no tendremos una tercera oportunidad. Si fallamos, irremediablemente se consolidará la Constitución de 1980 por la vía de los hechos, sin adhesión ni menos pasión constitucional, pura facticidad.

De allí que sea tan importante que la política de partidos esté a la altura de lo que fue el acuerdo del 15 de noviembre de 2019: la discusión sobre los “bordes” o, más recientemente, sobre las “bases” está siendo algo trivial (no veo puntos de quiebre fundamentales sobre temas tan evidentes como la naturaleza unitaria del Estado, el bicameralismo o el presidencialismo, temas que de veras no veo manera de alterar su existencia), salvo si lo que se busca son acuerdos pre-constituyentes sobre contenidos (Estado subsidiario, derechos sociales, por ejemplo) que debiesen ser legitimados por consensos post-constituyentes.

–Precisamente, el tema de los bordes se ha ido volviendo más complejo. ¿Puede convertirse en un zapato chino, sin siquiera haber definido el mecanismo?

-De seguir poniendo tanto límite al futuro órgano redactor, estamos haciendo el ridículo: ese órgano será depositario, guste o no, del poder constituyente originario, y por mucho que se concuerden trabas o bordes a ese órgano redactor, no hay manera de ponerle un freno categórico a ese órgano que reivindica con toda razón el poder constituyente originario.

-Debido a la experiencia anterior, ¿existe temor frente al poder de los futuros convencionales?

-¿Qué hacer frente a este pánico exagerado y ese terror ante el poder constituyente originario? Algo tan simple como que los partidos se comprometan a seleccionar candidatos cuya adhesión es más con el éxito del proceso que con los lujos que el proceso permite para representantes legítimamente depositarios del poder constituyente: esto quiere entonces decir que el éxito del proceso depende, en última instancia, de los partidos políticos, lo que se verifica con la constatación comparada de que el éxito de las asambleas constituyentes depende de si estas fueron hegemonizadas por los partidos o no (este último caso es precisamente el de la Convención Constitucional chilena y su estrepitoso fracaso).

-¿Visualizas un texto más acotado que el anterior?

-Desde mi punto de vista, el próximo y último proceso debiese ser minimalista en sentido fuerte y con todas sus letras: organizar el poder político, tal vez con algún contenido doctrinario (derechos sociales universales, protección del medio ambiente), y nada más que eso.

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