El revés en el Senado demuestra la magnitud del descalabro en el oficialismo. Refleja tanto la ineptitud e ineficiencia de Apruebo Dignidad (Frente Amplio y Partido Comunista) como el conformismo y la resignación del Socialismo Democrático.
El gobierno de Gabriel Boric necesitaba, a toda costa, controlar el Senado. Si hubiese respetado el acuerdo original, y además se hubiese abierto a hacer pequeños ajustes, hubiese logrado su objetivo. Pero, gracias a una serie de malas decisiones y a un bluff inentendiblemente malo, perdió todo.
Las reacciones lo dicen todo. El ex senador y timonel del PPD Sergio Bitar lo consideró la peor derrota política de la historia. El senador PS Fidel Espinoza catalogó el hecho como el peor traspié de La Moneda. El senador DC Huenchumilla acusó al senador Walker de retroceder en la historia. La ministra Vallejo se preguntó por qué no se respetaron los acuerdos. El diputado Winter sostuvo que la derecha destruyó la posibilidad de alcanzar acuerdos. Hasta el mismo presidente Boric se dio tiempo de intervenir en el asunto y de sugerir que la derecha había roto la confianza.
Así comienza el tercer año.
No podría ser tanto peor. Un gobierno que ha logrado nada, ahora podrá aspirar a poco.
¿Cómo se llegó a este punto? Pues bien, la explicación no podría ser más sencilla.
El traspié ocurrió por la dejación de La Moneda, que aún no quiere entender que es un gobierno minoritario e impopular. Si hubiese tomado el asunto con más seriedad, y hubiese amarrado el cuento antes, hoy tendría a uno de sus aliados en la testera del Senado. Pero porque cree que los logros se consiguen por arte de magia, y no por trabajo, no hizo nada. Dejó el asunto a la providencia.
El segundo piso del gobierno es intelectualmente débil y políticamente flojo. No hay muchas vueltas que darle. Todos los entendidos lo saben, y por lo mismo, es inútil seguir denunciando lo mismo.
Lo que sí es llamativo es lo que ha ocurrido con la centroizquierda, que se supone era el bastión de racionalidad en el gobierno, pero que lejos de comportarse como tal, se ha ido mimetizando.
La pérdida de la testera del Senado es un ejemplo perfecto.
La matemática no miente. Para elegir al presidente se necesitaban la mayoría de los (50) votos. El oficialismo tiene 23, la oposición tiene 25, y hay 2 votos (Ximena Rincón y Matías Walker) en el medio que podrían haber caído a cualquiera de los dos lados. Y dado que el acuerdo sentenciaba que la testera le tocaba al PPD, era ese partido el llamado a manejar los tiempos. Obviamente no lo hizo. No alineó los votos a tiempo, perdió, y después se quejó de que el acuerdo no se cumplió.
Como el gobierno del cual es parte, hizo todo mal para quejarse después de que otros no hicieron lo que tenían que hacer.
La centroizquierda antes no era así. Antes era un sector preparado, que salía a ganar, y que independiente de la importancia del partido, salía a pelear todas las pelotas. Cuando perdía, aprendía de la derrota, y para la próxima llegaba en mejores condiciones.
Esta no es la centroizquierda exitosa de los noventa y de la década socialista.
Esta es una centroizquierda que ha ido de a poco adoptando las prácticas políticas y culturales del frenteamplismo, que por naturaleza prefiere culpar a otros que asumir su responsabilidad.
Para obtener la presidencia del Senado era tan simple como aceptar a la senadora Rincón como presidenta de la comisión de Hacienda. Pero, por traumas emocionales, cálculos pequeños o simplemente miopía táctica, prefirió no hacer lo más fácil y obvio.
No negoció. No cedió. Y perdió.
Manutuvieron la testera de la comisión de Hacienda, pero entregaron el control del Senado. Vendieron el auto para comprar bencina. Para los espectadores, es una comedia. Para los actores, es una tragedia.
Como resultado del treque, el oficialismo se terminará debilitando más de lo que ya está.
El gobierno de Boric seguirá siendo rechazado en la derecha y el centro por resistirse a girar hacia el centro, y de a poco irá aumentando el rechazo en la izquierda, que está por darse cuenta de que, si no se disocia ahora de la administración de Boric, estará por siempre marcada por haber participado en un gobierno que en sus cuatro años no hizo nada.
El Socialismo Democrático, el vagón de cola de un tren que remolca el PC, terminará el cuatrienio sin pena ni gloria.
Hoy, sufriendo con el síndrome de Estocolmo, está preso de un gobierno que le obliga a actuar con irresponsabilidad y dejación. Lejos de representar a la centroizquierda de otrora, que no pedía permiso para entregar resultados y que cuando se equivocaba asumía las culpas, hoy se ha sumido en la política del lamento y la excusa.
El comité político completo, que venía a poner altura de miras y manejar los tiempos, se ha ido mimetizando de a poco con la política del Frente Amplio hasta el punto de ser indistinguibles. Si nada más, es triste ver a Tohá, Elizalde, Marcel y otros de la estirpe, culpando a otros por sus propios errores.
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