Reforma política: el perímetro de lo políticamente posible. Por Kenneth Bunker

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Si se avanza en una reforma al sistema político sin un diagnóstico compartido se terminará recentado una serie de remedios para una enfermedad que no existe. Por ejemplo, si se adoptan listas cerradas sin reducir el número de partidos políticos se terminará invirtiendo un bolsón de poder en un sistema que ya está quebrado.


Solo dos días después de haber condicionado modificaciones al sistema político a la reforma tributaria y al sistema previsional, el presidente Boric dio un giro inesperado y anunció que buscaría avanzar en una reforma.

Enhorabuena.

Hay varios motivos para querer avanzar en una reforma del tipo. Una es que hay terreno fértil y, por lo tanto, posibilidades de ver una modificación en el corto plazo. Puesto en contexto, esto es relevante. Pues, para un gobierno que ha tenido sendas dificultades en pasar cualquier tipo de reforma, tener la posibilidad de asegurar una es una gran oportunidad. Por lo mismo, Boric lo considera urgente, y busca amarrar el trato cuanto antes.

Una segunda razón para querer avanzar es porque hay cierta voluntad popular. Las personas están enfadadas y con justa razón. El sistema político ha sido incapaz de producir resultados en los últimos años a pesar de todos los problemas que existen. Por lo mismo, argumentar en este minuto que es necesario intervenir el sistema de partidos no genera mayor resistencia.

Y una tercera razón de por qué es una buena idea iniciar una reforma al sistema político es por qué es obvio que el sistema actual está roto. Todos los faros indican que la nave avanza demasiado cerca de las rocas de la costa.

Estudios técnicos muestran que el número de partidos políticos está aumentando progresivamente, y no solo a nivel legislativo. Hoy hay más partidos que nunca antes, y claramente eso ha llevado a importantes problemas de gobernabilidad. El punto es simple: tener a tantos partidos no es útil para el buen funcionamiento del Estado.

Demasiados partidos provocan problemas de coordinación en la elite, problemas de desconexión entre la clase política y la ciudadanía, y paradojalmente, problemas de representación. Con tantos partidos, los líderes no saben con quién negociar y los votantes no saben en quién confiar.

Por lo mismo, iniciar una reforma al sistema político debe avanzar en una línea clara. Es crucial determinar un rango de fragmentación óptimo para poder producir resultados. Iniciar una reforma al sistema político que termine eliminando a demasiados partidos es tan poco funcional como iniciar una reforma que termine aumentando el número de partidos. En ambos casos, el naufragio está garantizado.

Desde el sector oficialista hay cierta reticencia a avanzar en esta línea, a pesar de que es evidente que la fragmentación le ha perjudicado sustancialmente. Gracias al hecho de que el Presidente debe negociar horizontalmente con una larga lista de lideres de partidos, movimientos y bloques varios, ha terminado matando más proyectos que promulgando.

Parte de la reticencia se debe precisamente a la noción de que, si se opta por reducir el número de partidos, los primeros en disolverse serían los que son simpatizantes del oficialismo. Es un hecho de que hay más partidos desde el centro a la izquierda que desde el centro a la derecha.

Quizás por eso mismo ha habido una negación tan tajante a la fragmentación y su asociación con los problemas de gobernabilidad. Si se acepta que la fragmentación conduce a problemas de gobernabilidad se admite que es necesario reducir el número de partidos. Pero si admite que hay que reducir el número de partidos, el resultado perjudicaría al sector propio. Y dado que la autoeliminación no está dentro de los planes, se busca negar el hecho de la fragmentación solo para justificar que no es necesario reducir el número de partidos.

Pero, obviamente, debe haber algún tipo de justificación por parte del sector oficialista para iniciar reforma. Si la causalidad entre fragmentación y gobernabilidad no se puede usar como argumento, por las razones ya explicadas, entonces se debe levantar otro argumento.

Allí, lo que se asoma, es una demanda de reforma al sistema político que mejore la representación entre la clase política y la ciudadanía, y que se enfoque primordialmente en mejorar los lazos de representación. El argumento, sin embargo, tiene serios problemas si se considera que tradicionalmente se ha buscado resolver el mal de la representación incrementando el número de escaños.

¿Acaso la idea, entonces, es aumentar el número de escaños otra vez, lo que a su vez indudablemente bajaría las barreras de entrada y generaría incentivos para incrementar la fragmentación otro poco? Claramente no puede ser esa la respuesta, y por lo mismo se ha insistido con otras ideas, como la de listas cerradas o de cuotas para minorías, que, a pesar de tener utilidad teórica, no resuelven nada de lo de fondo.

En fin, si se avanza en una reforma al sistema político sin un diagnóstico compartido se terminará recentado una serie de remedios para una enfermedad que no existe. Por ejemplo, si se adoptan listas cerradas sin reducir el número de partidos políticos se terminará invirtiendo un bolsón de poder en un sistema que ya está quebrado.

Entendiendo que hay un perímetro de lo políticamente posible, es crítico encontrar la intersección entre el hecho de que la fragmentación es el problema de base, y la posición política que está dispuesta a intervenir, pero no sabe cómo.

Como están las cosas, hay una brecha lógica entre lo que el Presidente considera prioritario y los fundamentos que su sector da para (no) avanzar. Es importante no dar pasos en falso, pero es más importante avanzar en una respuesta técnica coherente y de largo plazo.

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