Reforma al sistema político, ¿para qué? Por Cristián Valdivieso

Director de Criteria

Los cambios al sistema político debieran apuntar a algo simple pero complejo de resolver como es acotar al máximo los espacios para el payaseo, la farandulización, la pasarela de rostros sin más bagaje que la pantalla chica, la premiación del discolaje y la polarización. Visto así, debiéramos ser capaces de proyectar cualquier cambio al sistema político incluyendo esta perspectiva ciudadana.


En 2019 atemorizada por “la calle” la elite política entendió que, para sobrevivir, debía ofrendar algo a modo de pago por su autocomplacencia y falta de sintonía con las urgencias sociales. La ofrenda fue la Constitución del 80 y el relato que la acompañó fue uno que decía algo así como que, cambiando la Constitución, ahora sí se podría iniciar un proceso estructural de cambios sociales.

La historia es conocida, dos fracasos, ningún cambio constitucional, y ya ni la ciudadanía ni los políticos creen que el problema cardinal del país sea cambiar la Carta Magna.

Cinco años después, este 2024, ahora atemorizada ante la pésima evaluación ciudadana del Congreso, el riesgo de asonadas populistas, el hastío de la población con la falta respuestas y el exceso de tonteras de los políticos, la élite política pretende convencer al país que el problema base de nuestros males está anclado en una abstracción llamada sistema político.

En corto, el cuento ahora sería algo así como que, cambiando el sistema político, podríamos alcanzar los acuerdos y consensos necesarios para salir del inmovilismo en que nos encontramos.

Un cuento sobre el cual no tengo pruebas para saber si hará match o no, pero tampoco dudas. “La calle”, la ciudadanía o como queramos llamarla, no se comprará ese cuento o lo leerá como uno del tío. Ya le dio dos oportunidades a la política de cambiar la Constitución y fracasaron.

Que en lo personal me parezca de la mayor relevancia cambiar el sistema político, no me impide mirar la realidad. Y esta nos habla de que las angustias sociales de hoy no encuentran mejora subjetiva verosímil con la medicina del cambio al sistema político.

Para la mayoría social, por ejemplo, la crisis de inseguridad se resuelve con más mano dura, con autoridad, incluso autoritarismo y pérdida de libertad. En lo concreto con más dotación policial, con las FF.AA, teniendo un rol central, con más cárceles, con un sistema judicial más punitivo, más expulsiones de migrantes, etc. No con cambios al sistema político.

Así las cosas, la pregunta es si los actores políticos tendrán el coraje y la inteligencia para ofrecer cambios al sistema político que incluyan una ofrenda como sacrificio. Una que conecte este (necesario) cambio con las subjetividades dominantes sin acentuar la percepción social de desconexión y extravío del mundo político.

¿Cuál ofrenda? Según una encuesta Criteria, la mala evaluación del Congreso se relaciona principalmente con cuatro temas: con que los parlamentarios anteponen sus ideologías al bienestar del país; con que ganan demasiado y aportan poco; con que discuten las leyes que les interesan o benefician más a ellos que al país; y con que están más motivados por ser vistosos que por hacer bien la pega.

Teniendo esto en consideración, los cambios al sistema político debieran apuntar a algo simple pero complejo de resolver como es acotar al máximo los espacios para el payaseo, la farandulización, la pasarela de rostros sin más bagaje que la pantalla chica, la premiación del discolaje y la polarización.

Visto así, debiéramos ser capaces de proyectar cualquier cambio al sistema político incluyendo esta perspectiva ciudadana. Concretamente, preguntarnos si elevar significativamente el umbral de entrada al parlamento, si reducir el número de escaños por distrito y redibujar los distritos electorales, si fortalecer los partidos políticos, si pagar con el escaño el discolaje, etc, ayudará -o no- a acortar la brecha perceptual de un Congreso al que se va a payasear y a cobrar.

Visto así, también creo que será importante preguntarse si la actual manera de financiar la política mediante pago por votos no constituye un incentivo perverso a candidaturas faranduleras y populistas. Y, ¿por qué no exigir a los honorables altos estándares de probidad y cumplimiento de la ley debidamente auditados y exigibles por la opinión pública?

En fin, para que un cambio al sistema político tenga sentido político y haga sentido entre la población tiene que dolerle a los incumbentes. No por nada estas semanas la élite ha concordado que hay que operar. Y de urgencia.

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