Más allá de lograr o no un acuerdo para habilitar un nuevo proceso constituyente, es un hecho que el camino recorrido en estos tres meses y unos días post plebiscito ha sido en la suma, un desastre. Los diferentes partidos políticos -unos más otros menos- muestran los peores vicios que tiene hoy nuestro sistema político, dejándonos dudas sobre la capacidad, en el futuro próximo, de conversar sobre otros temas igual de importantes como pensiones, salud, seguridad, y economía.
En este escenario postplebiscito el comportamiento de todos nos confirma que mientras unos no supieron ganar, otros no han sabido perder, siendo probablemente el principal motivo que nos ha tenido en vilo por más de 100 días.
La equivocación por parte de Chile Vamos, Amarillos, y Demócratas, está en asumir que la victoria del Rechazo fue de carácter cultural y político. Ha existido por días la tensión innecesaria que generaron quienes de forma maximalista pensaron que el resultado electoral significaba mantener un status quo y una reivindicación de algunos sectores políticos, una visión completamente diferente de las promesas en campaña que aseguraban tendríamos una nueva Constitución.
Adicionalmente están quienes han estirado su argumento hacia instalar un órgano redactor integrado por expertos designados, un concepto que hoy se encuentra tan manipulado, que ya no sabemos a qué se refieren. El presidente de Amarillos, Cristián Warnken, diría que hará campaña contra un acuerdo si el órgano sólo lo integran personas electas, legítima postura, pero su partido no puede convertirse en actor de veto cuando sólo tiene un diputado en el Congreso, y tampoco ayuda a lograr un punto de encuentro. Sin dudas, no supieron ganar.
Punto aparte merecen los espectáculos que ofrecieron con la denominada mesa de diálogo paralela, que no resiste análisis, es mejor olvidarse.
Entre quienes perdieron, tres meses después, tampoco han asumido su derrota. En un inicio nos intentaron explicar que fue la ciudadanía quienes no entendimos la propuesta constitucional, que era más avanzada de lo que podríamos comprender, y durante estos últimos días han sido más audaces, cuestionando el carácter democrático de un potencial órgano redactor mixto.
El presidente Gabriel Boric dijo el miércoles pasado que prefiere un acuerdo imperfecto a no tener uno, muchos nos entusiasmamos y creímos que ese día sí que sí; errados estuvimos ya que nadie lo acompañó en su postura insistiendo en un órgano 100% electo. Parte del oficialismo, especialmente el Frente Amplio, tal vez no ha logrado comprender que si hoy se encuentran en este escenario es a causa del comportamiento de exconvencionales como Atria y Stingo, y la omisión de sus liderazgos ante la propuesta que se iba configurando.
Ninguno de quienes están sentados en esa mesa ha tenido una clara voluntad de ceder, ralentizando un acuerdo al extremo. Esto crea una anomia ciudadana, donde da igual si existe o no una nueva Constitución, y radica ahí la principal preocupación. Esperemos que esta situación no resulte paradigmática para lo que viene, y logren disipar los legítimos malos augurios que algunos vemos.
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