Perfil: Giorgio Jackson, el ángel caído. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista

Giorgio, símbolo de todo lo mejor que esta generación fue capaz, queda ahora como el rostro de este desastre histórico. La promesa rota de un nuevo pacto, de una nueva política, que no tiene, como la antigua, la pretensión de querer conocernos y de intentar comprendernos, sino solo de aleccionarnos y usarnos lo que pueda.


¿Cómo llegamos a aquí? ¿Cómo Giorgio, el más limpio, el único bueno, se convirtió en el político más odiado de Chile? ¿Cómo Revolución Democrática, la aventura más lograda de las últimas décadas de la política chilena, está terminando en la pura picaresca del caudillismo latinoamericano más clásico?

Lo fácil sería decir que en Giorgio Jackson habitó siempre, como en tantos políticos que llegan a la política por la religión, una sed de poder que nada puede saciar. O se puede decir que, al contrario, es el poder el que destrozó a ese niño bueno que jugaba vóleibol en el campus San Joaquín de la Universidad Católica.

Tengo la impresión de que Giorgio es a la vez más simple y más complejo que un simple niño de la pastoral deslumbrado por las luces de la política. Más simple y más complejo que un fanático de la pureza que solo encuentra en las purgas en que se especializaba cuando mandaba en Revolución Democrática (RD), un consuelo ante la culpa de convivir a diario con el pecado.

Para estudiarlo hay que escuchar lo que dice. Giorgio tiene una característica que lo hace distinto a muchos políticos: No miente. No miente, pero si omite. Es decir, se felicita por donar la mitad de su sueldo, pero omite que se lo entrega a su partido. Aunque sabe que no suena bien, pero siente que es lo correcto porque, para él, no hay un regalo mayor para los pobres de Chile que su partido gane todas elecciones que pueda.

La frase sobre la superioridad moral de su generación no lo ha desmentido jamás del todo porque fue absolutamente sincera. Por otro lado, no tiene nada de extraña. Toda generación, en política, en música, o en fútbol, siente que es ontológicamente mejor que la anterior. Claro que mezcla a veces esa sensación de superioridad con la admiración hacia sus mayores, cosa que hace el presidente y nunca lo he visto hacer a Giorgio Jackson. Porque, si para Boric la historia de Chile es su medio natural, esta es algo que Giorgio suele despreciar, porque efectivamente cree que la historia comenzó el día en que él y, otros con él, bajaron a la calle a protestar.

Nada de raro tiene, entonces, que considere que él y su generación son moralmente superiores, aunque sigue siendo muy raro que lo diga sin vacilaciones ni metáforas. Hay, en esa declaración, parte de la singularidad del personaje, por cierto (algo robótico del que le gusta hacer gala), pero algo más que no lo concierne a él solamente.

Si dijo que su generación era moralmente superior, no fue solo porque él creía que es cierto, sino porque en algún momento todos creímos que eso era verdad, que los nacidos entre 1986 y 1990 eran superiores moralmente. No solo eso, sino que estos jóvenes sagrados eran la única salvación posible a esa desconfianza central, a ese desmembramiento crónico, a este narcisismo herido que está destruyendo nuestra sociedad y que tuvo su síntoma más visible en el estallido de 2019.

Yo también creí, confieso. Entrevisté largamente a Kenneth Giorgio Jackson ese invierno de 2011 para una revista mexicana. Me encontré con un joven tímido, gentil y parco, que vivía con su madre porque su padre sufría de una larga e invalidante enfermedad. Un joven básicamente normal liderando marchas de 500 mil personas y contestándole a periodistas y políticos que podrían ser sus padres sin intimidarse, lanzando datos y cifras que dejaban a los viejos anonadados babeando en sus baberos.

Por más que me esforcé no encontré en el Jackson de entonces ni ambigüedad, ni complejidad, ni humor, ni sordidez. Creía lo que creía, carreteaba con los amigos y pololeaba con su polola. La política parecía un paréntesis en su vida. En las elecciones parlamentarias de 2013 supe que algo de esa pureza se había roto. Ahí, la Nueva Mayoría le regaló un cupo que no le resultó necesario a Giorgio agradecer o compensar de algún modo.

Durante meses, que fueron años, periodistas como yo y tantos otros le habían dicho que era limpio, nuevo, virgen, mejor que el resto de los mortales. Se lo confirmaba la propia presidente Bachelet que declaraba haber vuelto a Chile y la política para honrar la pureza de estos jóvenes que nos habían mostrado todo lo que estaba mal en el país. Era normal que sintiera que no le debía nada a nadie y pudieran él y sus amigos entrar y salir del ministerio de Educación y de la municipalidad de Providencia según su sola y real conveniencia. Su pureza de reserva moral era demasiado importante para todos en la centro izquierda como para exigirles nada más que existir.

Giorgio se rapó y se convirtió en el peor tipo de fanático, ese que no tienen ninguna convicción demasiado clara. Fundó un partido que tuvo a bien mantener como un club de amigos homogéneos, funcional, eficiente. Los adultos siguieron creyendo lo que habían escogido creer. La oposición al segundo gobierno de Sebastián Piñera, que no les permitió ver ni del todo el estallido ni la pandemia, hizo que cualquier pudor se abandonara.

Los retiros de las AFP probaron que la seriedad llena de cifras que distinguió a Jackson de los otros dirigentes estudiantiles ya no existía siquiera como un fantasma. Solo importaba ganar, llegar como sea a toda velocidad a tiempo para votar y acabar con el maratónico discurso de Jaime Naranjo (15 horas). ¿Qué se votaba entonces, que era tan importante y merecía tantas horas hablando y andar en auto a toda carrera? Creo que ni siquiera los protagonistas lo recuerdan. (Era una enésima acusación constitucional contra Piñera que no prosperó en el Senado.)

Los adultos responsables, mi generación y sus mayores, recién se dieron cuenta de los monstruos que habían criado cuando leyeron el borrador de la nueva Constitución. Igual se empeñaron, nos empeñamos, en votar Apruebo para que los niños se siguieran tatuando mensajes de odio contra nosotros. Nos los habíamos ganado.

Inteligentes algunos, ambiciosos otros, educados a veces, abandonados y regaloneados todos, mimados por la suerte y sus mayores, su primera derrota innegable la recibieron ese 4 de septiembre de 2022. La recibieron de quienes habían esperado de ellos un milagro que no podía ocurrir, los chilenos más pobres, los más olvidados, esos para los que se supone habían hecho todo lo que hicieron.

La derrota de ese plebiscito no fue entonces solo electoral, sino moral. Fue un aviso claro y sin ambigüedad de que Chile, el Chile periférico y explotado más que ninguno, no creía ni quería creer en nada de lo que creen ellos. Les hizo ver su carácter de elite aislada, de exalumnos de la universidad pontificia (da lo mismo donde hayan estudiado), de privilegiados que tienen el privilegio supremo de hablar por los oprimidos sin darse nunca el trabajo de escucharlos.

Es esa derrota y no los casos de corrupción, desvergonzados pero esperables, lo que tienen contra las cuerdas a RD y al Frente Amplio. Es la convicción cada vez más cierta que no están en la vanguardia de un cambio cultural sino en crepúsculo de una moda, lo que hace que las traiciones se conviertan en un modo como cualquiera de estar juntos.

Giorgio, símbolo de todo lo mejor que esta generación fue capaz, queda ahora como el rostro de este desastre histórico. El hombre del que hasta el pelo ha terminado por huir. La promesa rota de un nuevo pacto, de una nueva política, que no tiene, como la antigua, la pretensión de querer conocernos, de intentar comprendernos, sino solo de aleccionarnos y usarnos lo que pueda.

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