Septiembre 23, 2022

Perfil: Antonia Urrejola, la diplomacia invisible. Por Rafael Gumucio

Escritor y columnista
Crédito: Agencia Uno.

La canciller no ha conseguido convencer al presidente que, aunque Pedro Pascal le sonría con todos sus dientes, no puede comportarse en asuntos de relaciones exteriores como lo haría el actor, apoyando causas y firmando manifiestos esperando que su agente le consiga un mejor papel. La pataleta israelí del presidente es otro ejemplo. Todo indica que ella se opuso, pero no pudo nada contra las “convicciones” del presidente. Convicción, esa palabra que la generación de los elegidos usa cuando quieren evitar la palabra “razón”.


Solo he visto a Antonia Urrejola una vez. Fue en una comida el día de la inauguración presidencial. Mostro ahí toda su solidaridad con el pueblo de Nicaragua y su sufrimiento en mano de Daniel Ortega y sus secuaces. Era lo que se sabía de ella antes de ser nombrada ministra. En ese tema era inflexible, valiente, consecuente. Parece que lo era solo en ese tema.

En ninguno otro de los conflictos que Chile atraviesa en el mundo su voz ha sonado con esa claridad. Para ser más exacto, su voz en general ha estado perfectamente ausente del debate político dentro de Chile, pero también fuera de él.

Pareciera que a la jefa de la diplomacia chilena le ha sobrado justamente diplomacia. Es la manera más piadosa de decirlo. Su subsecretario José Miguel Ahumada se ha llevado el triple de titulares que ella. Todos alarmistas o indignados. Aun no queda claro si José Miguel Ahumada trabaja en el gobierno o una ONG empeñada a destruir a este. O si peor aún, está dedicado a ilustrar su tesis en Cambridge con un poco de trabajo de campo en el epicentro de Santiago.

No se sabe a ciencia cierta si la ministra respalda la política de aislamiento económico de su funcionario o si simplemente lo deja hacer a ver si llegan algunos hombres de blanco a sacarlo de ahí. Esta es la política que ha parecido emplear con sus embajadores, elegidos como en los años noventa, entre amigos, conocidos o gente que se prefiere mantener lejos.

A veces, como en el caso del embajador en España, Javier Velasco, no se sabe en qué categoría habría que ponerlo. En apariencia llegó ahí por su amistad con el presidente, pero visto el tenor de su declaración, pareciera que está entre los que se quiere mantener lo más lejos posible. Sus declaraciones, que habrían pasado desapercibidas ante alumnos de primer año de una universidad chilena, resultaban doblemente absurdas ante un público que pudo leer en El País, El Mundo, el ABC, o el Periódico versiones bastante más matizada y menos burdas de lo que vivimos en Chile el 18 de octubre del 2019 en adelante.

Aunque en su mediocre y baladí análisis, algo de verdad se asoma. No es cierto que los 30 años la desigualdad se hizo más alarmante y cotidiana que nunca. Es menos cierto aún que eso llevo a la gente a quemar felices su propio metro. No es cierto siquiera que exista algo así como unos 30 años, de los que es fácil separar los 20 años de la Concertación interrumpida y el bicicleteo infernal entre Piñera y Bachelet de los últimos 10 años. Década en que el Frente Amplio ha sido un actor político de primer orden.

Pero sí se puede decir que la transición dejó tras de sí una clase dirigente demasiado cómoda consigo misma que terminó en sus dos versiones, la de los primos de derecha y la de los de izquierda, cansando a la gente. Una clase a la que se reprochaba cierta desidia, cierta manera de sentirse elegidos del destino y pasar de un ministerio a otro, a una organización internacional o un directorio, sin pagar nunca por ningún plato roto de sus administraciones.

La ministra de relaciones exteriores, educada en la escuela de José Miguel Insulza, quizás la persona que más sabe de política internacional en Chile, no parece que asome en su forma de actuar la gravedad, la urgencia, la responsabilidad de un cargo en que Chile se juega mucho más de lo que los mismos chilenos solemos creer.

Porque migración, narcotráfico, conflictos étnicos, inflación, todos los temas que cruzan la vida cotidiana de esta isla pegoteada a punta de volcanes a Latinoamérica, pasan por relaciones exteriores, ministerio que misteriosamente no está en el gabinete político del presidente.

Sinceramente no creo que alguien con la educación de Antonia Urrejola pueda estar ni por un segundo de acuerdo con la pataleta israelí del presidente. Versiones de prensa dicen que de hecho se opuso a ella, pero no pudo nada contra las “convicciones” del presidente. Convicción, esa palabra que la generación de los elegidos usa cuando quieren evitar la palabra “razón”, demasiado heteropatriarcal.

Esa razón que Mario Marcel parece hasta ahora haber logrado imponer a un presidente, que es cualquier cosa, menos tonto. No se ve que la ministra de relaciones exteriores haya conseguido convencer al presidente que, aunque Pedro Pascal le sonría con todos sus dientes, no puede comportarse en asunto de relaciones exteriores como lo haría el actor, apoyando causas y firmando manifiestos esperando que su agente le consiga un mejor papel.

Nadie está obligado a saber lo que no sabe. El expresidente Piñera nunca entendió eso y le fue como le fue. Pero para eso hay que tener el coraje de explicarle a la gente de poder todo lo que no pueden hacer. Eso es ser ministro de Estado, ayudar al poderoso a conocer y respetar el límite de su poder. Es difícil, por eso siempre he creído que hay que respetar de entrada a quien se arriesga a ello. Pero seis meses es suficiente tiempo para aprender que este oficio también se juega día a día y que un país que está perdido en una esquina al final del mundo no puede permitirse más ausencia que las que ya le obliga su geografía.

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